el paro

España tiene, evidentemente, rasgos diferenciales importantes con respecto a las naciones grandes y medianas que conforman su entorno natural (UE y mundo occidental democrático). Algunos geoestratégicos, otros socioculturales, otros políticos y otros económicos. Algunos son favorables, otros necesitan de una política honesta e inteligente para convertirlos en favorables para el bien común, y otros son indeseables y destructivos. En este breve artículo solamente querríamos reflexionar sobre una situación económica intolerable que debe ser reconducida con la mayor urgencia. Nos estamos refiriendo al hecho de que la tasa de paro estructural en España, en toda España, que es la que importa, es la mayor de las naciones grandes o medianas, democráticas, del mundo libre. Y no un poco mayor, sino, como poco, el doble. Y diremos algo más terrible; tal parece que los españoles se hayan acomodado a vivir con esa tasa de paro deletérea, despreciando las gravísimas consecuencias para nuestra convivencia, pervivencia incluso, que acarrea inevitablemente un nivel de desempleo intolerable unido a una fuerte economía sumergida. 

Tal vez, para corregir lo expuesto, convenga recordar algunas verdades sobre lo que supone un paro estructural prolongado de intolerable magnitud. Por ejemplo, el paro, y no digamos el juvenil, es el mayor factor desigualitario en nuestras sociedades. Con eso ya es intolerable. Pero combatirlo con economía sumergida es doblemente desigualitario, al sumar pobreza a desprotección de los ciudadanos afectados, que, en España, son muchísimos. Por cierto, el paro prolongado, que se suele dar, lógicamente, en las franjas más frágiles de la sociedad, es también el mayor factor de pobreza y gran pobreza de las familias, exceptuando los casos, mucho más escasos, de la súbita irrupción de accidentes, graves quebrantos de salud, y desgracias brutales sobrevenidas. El paro, tan alto, puede llegar a histéresis (¿Ha llegado ya en España?) lo que significa que va a mantenerse en el tiempo, retroalimentándose, aunque se logren cambiar los factores que lo llevaron a cotas altísimas. Esto condena a sociedades enteras a la miseria económica, financiera y… moral, y, por ende, a desestabilizaciones muy dolorosas. Las consecuencias psicológicas, humanas, sociales y hasta sanitarias que provocan un desempleo prolongado han sido suficientemente estudiadas y son terribles. Desde un punto de vista estrictamente económico, un paro intolerable acarrea una espiral de crecimiento inevitable de la deuda, privada y pública, ya que en nuestras sociedades, afortunadamente, existe un principio de solidaridad frente a la indigencia y la marginación social que se traduce en un Estado de bienestar… ¡mientras sea financiable! También se sabe que otro grave problema de occidente, que es atender dignamente al número creciente de pensionistas, depende directamente del aumento de empleo declarado, y esencialmente en el sector privado. Nuestras pensiones dependen, en primer lugar, de que trabaje mucha más gente con contratos legales. Finalmente, y seguro que olvidamos algún rasgo destructivo importante, diremos que la demanda interna, motor del crecimiento importante, se ve mermada por tasas insoportables de desempleo.

Conviene tener esto presente a la hora de convivir con una alta tasa de paro, en resumidas cuentas , el paro «gigantesco» es un terrible Leviatán que corroe, mina y destroza las sociedades en su momento y se «agiganta» con el tiempo. Digamos, por citar un caso conocido, que la conciencia de esta catástrofe potencial es la que hizo que el excanciller alemán Schröder, por ejemplo, creara los mini-jobs que lograron evitar la expulsión del mercado de trabajo a decenas de miles de jóvenes alemanes.

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Y aquí es donde este artículo quiere manifestar una gran preocupación. Entendemos que nuestro Gobierno (y alguno del pasado), no se ocupa a fondo de la lucha contra el desempleo, ni mucho menos a niveles de obsesión, priorización indiscutible y concentración de energías y sacrificios que requiere la situación de grave emergencia socioeconómica que vivimos. Tal parece que no fuera sensible a los peligros que enumeramos previamente y priorice otros objetivos a corto plazo. Es más, no duda en tomar medidas que van claramente en dirección contraria. Consciente o no.

Cierto es que el ministerio más involucrado debe ser el de Economía, con varios cuerpos de delantera, seguido por el de Trabajo y el de Educación, a la par. Pero la situación es tan alarmante que entendemos que todas las políticas, todas, deben tener, por lo menos en el próximo lustro, un ojo puesto en su repercusión en la tasa de paro. Tanto las de agricultura como las de medio ambiente, las de cultura como las de sanidad, y así… Para nada observamos esa preocupación. Y, sin embargo, nos encontramos ante medidas muy lesivas. La más grave, de las muchas erróneas de orden político, es la que incide en otro rasgo diferencial de España. Nuestra nación es la única de nuestro entorno europeo que ha destrozado su unidad de mercado, creando una barbaridad de barreras administrativas, lingüísticas, fiscales, normativas a la libre circulación de los factores, en particular el capital humano. Su incidencia sobre el paro y la escasez de empleo es brutal, lo que incluso ha denunciado la Comisión Europea. Sin embargo no pasa una semana que no se dicte algo, a nivel nacional o regional, que no deteriore la ya fenecida unidad de mercado (estúdiense bien los Presupuestos…). Y a esto hay que añadir un último estrambote, a nivel económico y a nuestro juicio, que consiste en… ¡encarecer el precio del trabajo y desanimar la contratación subiendo las cotizaciones sociales! ¡Por favor! Hubo un tiempo en que se analizaba rebajar las cotizaciones a cambio de un aumento solidario del IVA, por ejemplo, porque preocupara ante todo la tasa de desempleo. Ahora más bien parezca que estemos sentados en un polvorín que el Gobierno ignora, pero sigue instalando mechas dispuestas a prender…