Vacunas y libertad

Bajo los efectos del combate entablado por los defensores y detractores de la obligatoriedad de vacunarse he constatado que la libertad se defiende mejor en la teoría, en lo abstracto, que en la práctica. El debate refleja aquello que decía Scruton, que el concepto de la libertad del que depende gran parte del pensamiento liberal es demasiado abstracto —«un buen caballo para cabalgar, pero hacia ningún sitio», y muchas veces puede ser difícil concretar a la hora de cristalizar en políticas concretas.

Para los conservadores, el debate sobre los límites de la libertad debe contemplarse aludiendo a los derechos y deberes del individuo, quien no puede desembarazarse de algunas cargas que le impone su participación en la vida social. La esfera no negociable de la libertad se estrecha, porque las personas están sujetas a deberes, obligaciones, costumbres, que tienen un legado de sabiduría y que por ello han resistido al paso del tiempo. A muchas ideas conservadoras el paso del tiempo les va dando la razón y siguen teniendo fuerza intelectual y espiritual porque son altamente intuitivas. Hay otras ideas, que siéndolo, resisten peor al paso del tiempo y a la contracultura, como por ejemplo, la idea de Ortega del hombre masa como aquel que «tiene solo apetitos, cree que tiene solo derechos y no cree que tiene obligaciones: el hombre sin la nobleza que obliga, sine nobilitate, snob».

Hoy muchos miran a Ortega como un elitista por su concepto de hombre masa, aunque en realidad no apela a la clase social sino a la responsabilidad: «Vivir es sentirse limitado y, por lo mismo, tener que contar con lo que nos limita». Ortega defendía la libertad individual, si, pero limitada por las actitudes y acciones que forman un ciudadano responsable y que posibilitan la vida en comunidad. Sus ideas remiten, seamos quienes seamos, a nuestros límites. Estamos condenados a vivir en el mundo real, no en el de las grandes ideas. «Dijeron: «¡Hágase la luz!» y se hizo el Terror», exclaman con espanto algunos contemporáneos al observar el rumbo que toma la Revolución Francesa, declarando su rechazo a la visión extrema que considera que la libertad es el valor absoluto. También, en sentido contrario, vemos que este debate divide hoy a los liberales, quienes rivalizan echando un pulso por ver quién es más o menos liberal a la hora de cristalizar los principios en políticas.

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Stuart Mill, que no era ni fascista ni conservador, hizo una interesante aportación al debate sobre los límites de la libertad en su obra On liberty: el «principio de daño», que afirma que el único fin por el que está justificado que la humanidad, individual o colectivamente, interfiera en la libertad de acción de cualquiera de sus miembros es su protección. Para Mill, impedir el daño a otros es el único principio que justifica una coacción de la libre voluntad. Este argumento, lejos de ser una idea fascista, demuestra que hay buenos motivos para decir sí a la obligatoriedad del pinchazo.

Por debajo del debate sobre la libertad de vacunación hay un debate soterrado pero más importante, sobre el que es muy difícil posicionarse, el debate de los límites de la libertad. El hormiguero de Twitter se ha convertido en ágora donde muchas veces resolvemos debates sin percatarnos en la importancia de los matices. El debate sobre los límites de la libertad individual o el equilibrio entre la libertad y la responsabilidad, ha mantenido a liberales y conservadores, así como a los propios liberales, divididos durante los últimos doscientos años. No será tirándonos de los pelos en este ágora de la convivencia como podremos empezar a debatir con matices. Al final, la teoría sirve también para lidiar con los problemas, y una acaba por recurrir a Barrès cuando la libertad de no vacunarse pone a un familiar en riesgo: «Defiendo mi cementerio. He abandonado todas las demás posiciones».