Marta Ortega

La economía hace extraños compañeros de cama y el martes Íñigo Errejón se sumó al ejército de especuladores histéricos por que la hija de Amancio Ortega sustituya a Pablo Isla al frente de Inditex. «La meritocracia son los padres», tuiteó sarcástico el líder de Más País, y hay que reconocer que existen razones de peso para criticar ese relevo concreto, pero no el principio general que lo ampara. Impedir que los negocios se hereden atenta contra la propiedad privada, una institución decisiva para mantener en marcha la maquinaria de la prosperidad. La perspectiva de que el fruto de una vida de esfuerzo revierta en el Estado (o sea, en algún amiguete del gobernante de turno) no es muy estimulante. En la China de Mao nadie era dueño de nada y aquello funcionaba fatal. «Si nada es tuyo, ¿para qué molestarte en cuidarlo?», se pregunta Tim Harford, y cuenta cómo en 1978, hartos de pasar hambre, unos campesinos de Xiaogang pactaron a espaldas de las autoridades repartirse las tierras y quedarse con el excedente obtenido. La cosecha se quintuplicó: aquella mera titularidad informal se reveló un incentivo «increíblemente poderoso».

No es por ello casual que el grueso del tejido productivo del mundo desarrollado esté integrado por compañías familiares. En España suponen el 90% y en Alemania, Francia, Italia y el Reino Unido rondan el 75%. Hasta en Estados Unidos aportan el 57% del PIB. No son quizás tan meritocráticas como la Universidad Complutense, donde enseña Errejón, pero presentan otras características que un marxista como él seguramente apreciará. En primer lugar, son más resistentes. «Entre 2013 y 2015», se lee en el informe Factores de competitividad, «la tasa de mortalidad de las empresas familiares ascendió al 8,5%, 1,6 puntos porcentuales menos que la de las no familiares (10,1%)». Además, generan más puestos de trabajo para el mismo nivel de facturación y, cuando las cosas vienen mal dadas, son menos proclives a ajustar costes mediante expedientes de regulación: su «comportamiento [durante la Gran Recesión]», señalan los autores del informe, «puso de manifiesto un mantenimiento del empleo incluso en un entorno de reducción de los ingresos». Finalmente, lejos de gastarse los beneficios en juergas y lujos, «el 58,7% […] opta por su reinversión directa en la propia empresa».

Un calabozo de aire

Es verdad que son menos productivas, pero porque su umbral para cerrar es más bajo también. El directivo de una gran multinacional tiene un cuadro de mando integral en el que hay marcados unos resultados determinados y, si no los alcanza, la bolsa es inmisericorde. Este presión no se da cuando más del 90% de la propiedad está en manos de una familia. Sus gestores no tienen en mente maximizar la rentabilidad únicamente, ni siquiera principalmente. Entre el millar de responsables entrevistados en Factores de competitividad, el interés por «garantizar la continuidad de la empresa (69,1%) supera en relevancia a los objetivos económicos (48,7%)».

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Hace unos meses, a propósito de la galletera Gullón, recordaba yo en Actualidad Económica un pasaje de las Historias de cronopios y de famas. «Piensa en esto», escribe Julio Cortázar: «Cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj […]. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, […] el miedo de perderlo, de que te lo roben, de quesete caiga al suelo y se rompa. […] No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen».

Un negocio familiar no es muy diferente. Sus gestores son solo los encargados de darle cuerda y custodiarlo hasta la siguiente generación, como reza el eslogan de Patek Philippe. Esta clase de compromisos sentimentales no vamos a pretender que los entiendan esos chacales sedientos de dividendos que merodean Wall Street, pero cabría esperar un poco más de sensibilidad por parte de alguien como Errejón, que aboga por un sistema «menos depredador que el capitalismo» y defiende «el modelo de la empatía frente al del egoísmo».