Reflexión sobre el papa

En el año 2006 di una conferencia titulada 10 tesis sobre la modernidad, cuyo contenido, en resumen, era el siguiente:

La modernidad, en su núcleo ontológico, es una toma de partido por el tiempo, relegando el espacio a una condición subsidiaria. Ser moderno significa tener voluntad de vivir en la vanguardia del tiempo y entender las diferencias entre los hombres como relativas a su posición en el tiempo. Es tener más fe en la historia que en la moral.

Tomar partido por el tiempo significa creerse con derecho a sobrepasar cualquier límite, porque, supuestamente, todo límite es una construcción social, y creerse con derecho a alejarse de las ataduras de la fidelidad.

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Solo se puede optar por el tiempo si lo que se tiene envejece pronto y, por lo tanto, se puede lanzar sin dolor al vertedero de la historia.

Relegar el espacio es despreciar los conceptos de frontera, límite o término y, por lo tanto, despreciar la forma, la delimitación, la determinación. Es creer que las fronteras solo son horizontes arbitrarios que han de ser superados.

Despreciar la frontera y el límite es despreciar el concepto de impunidad (como -añado ahora- la pandemia de la COVID-19 se ha encargado de recordarnos).

Para la modernidad la excepción posee más dignidad que la regla.

El que, descontento con su forma aspira siempre a ser disímil de sí mismo, es un adolescente, tenga la edad que tenga.

El adolescente siempre necesita un malo para explicar la maldad de la historia.

El radicalismo no es el sistema nervioso central de ninguna moralidad superior. Más bien el radicalismo tiende a manifestarse como una mitología del perdedor. El radical acostumbra a creer que tiene más razón cuanto más pierde.

Tomar partido por el tiempo es culpar a la realidad de que aún no haya llegado lo imaginado como posible.

Han pasado los años y, hasta hoy, no había tocado ni una coma de esta conferencia. Incluso estaba convencido (seguramente por ingenuidad teológica) que el paulino «tiempo de ahora» (el «ho nyn kairós»: el entre tanto o el entrambos), que es el tiempo que hay que vivir mientras se espera el final de los tiempos, es un principio conservador porque la condición de la espera necesita hacer habitable un espacio para mantenerse expectante. Creía de buena fe que no es inteligente dejar deshabitada la propia casa, abandonándola a los caprichos de la intemperie. Incluso he sostenido alguna vez que el fundamento de la vida política es la masía, pues no en vano su nombre deriva del «manere» latino, permanecer, quedarse, instalarse… De «manere» proceden también inmanente, remanente o remanso, palabras propias de la conservadora Penélope. Ulises es un héroe arrastrado por el tiempo y el capricho de los dioses, es el que abandona, mientras que Penélope es la que echa raíces para mantener vivo el fuego del hogar e intacto el patrimonio familiar. Gracias a ella el tiempo de Ítaca es la actualidad de la transmisión.

He recordado en multitud de ocasiones aquel verso de Horacio, «natura expellas furca, tamen usque recurret», porque, si la naturaleza siempre vuelve, hay que esforzarse por mantenerla a raya, más allá de las lindes. La Antigüedad representó este esfuerzo con la imagen de Ocnos el Soguero, un anciano afanoso concentrado en el trenzado de una soga de esparto, mientras su burra, a su lado, se iba comiendo el fruto de su trabajo. En mi opinión, Ocnos sabía muy bien lo que ocurría, pero mientras trenzaba, mantenía una distancia con la devoradora, que es la distancia del leve tránsito de una vida humana que no se rinde.

El hispanista John Brande Trend, ascendiendo un día por un camino pedregoso de Mallorca, se encontró con los límites de una viña en pérgola. Se detuvo y exclamó: «¡He aquí la civilización!» Efectivamente, la tarea humana se resume en la protección insistentemente remodeladora de los umbrales.

Todo esto viene a cuento del papa Francisco y de mi conferencia. El papa lleva años insistiendo en que el tiempo es superior al espacio y no seré yo el que le quite la razón, pero no sé por dónde corregir mi conferencia.

He aquí algunas solemnes declaraciones papales:

«El tiempo es siempre superior al espacio. El espacio cristaliza los procesos; el tiempo, en cambio, proyecta hacia el futuro e impulsa a caminar con esperanza» (Lumen fidei, 29 de junio de 2013)

«Un primer principio para avanzar en la construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio» (Evangelii Gaudium, 24 de noviembre de 2013). En esta exhortación apostólica afirma cuatro principios que a mí me resulta difícil armonizar entre sí: «El tiempo es superior al espacio», «la unidad prevalece sobre el conflicto», «la realidad es más importante que la idea» y «el todo es superior a la parte».

«El tiempo es superior al espacio» (Laudato si24 de mayo de 2015).

«Recordando que el tiempo es superior al espacio» (Amoris Laetitia, 19 de marzo de 2016).

Posiblemente mi perplejidad se deba a que tengo un alma ligeramente pagana y tiendo a pensar que, para la mirada humana, la forma es el tiempo delimitado por un sentido. Que quede claro que no estoy defendiendo la prioridad del espacio sobre el tiempo, sino, en todo caso, la del ser humano como el ser en el que las dos cosas, tiempo y espacio, se encuentran para dar forma a un relato biográfico.