Vox y la estrategia Anguita

El puente ha sido un aperitivo del día de los Inocentes: Pedro Sánchez llamando a cumplir la Constitución «de pe a pa» y Macarena Olona reivindicando a Julio Anguita en un mitin en Lepe. Al humor del presidente estamos más acostumbrados; lo de Vox abrazando a la figura más carismática que ha tenido el Partido Comunista desde Jorge Semprún no lo vimos venir. Vox había amagado antes con un giro obrerista, alentando el miedo a la inmigración y haciendo una crítica poco original de la casta, pero esto ha sido un volantazo que revela abruptamente sus carencias.

Porque los obreros en España -por más que insistan algunos- no están en Vox. En España no podemos aplicar el marco de una clase obrera (¡los perdedores de la globalización!) que busca refugio en la derecha radical tras el abandono de la izquierda identitaria. Extremadura, afortunadamente, no es Kansas. Pero que los obreros no se hayan ido a Vox no implica que se sientan representados por la izquierda que tenemos.

Por eso, lo interesante del gesto de Olona no es qué pretende, que es evidente, sino por qué lo cree posible. Quizá porque no hay distrito en el que Podemos superara a Díaz Ayuso en las elecciones madrileñas. Quizá porque Monasterio le sacó 70.000 votos a Iglesias. Quizá porque tenemos una izquierda intelectualmente desarmada, que no solo carece de un discurso nacional, sino que carece de un discurso de Estado. O quizá porque la izquierda oficial hace méritos diarios por alejar a su votante natural.

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«La izquierda debería asumir que no representa al hipster que compra el Manifiesto Comunista por Amazon, sino al repartidor que se lo entrega»

Habrán observado que existe un porcentaje no menor de autodenominados progresistas que aprecian mucho a la clase obrera hasta que sospecha que vota mal. La directora de Público (y casi presidenta de RTVE), Ana Pardo de Vera, respondió a Olona con el siguiente mensaje: «Esta mujer cree que Anguita era uno de esos desgraciados que los jalean y votan desde el andamio». Pablo Iglesias hablaba hace dos días del «patético ejército de encargados que sueñan con ser Amancio Ortega y que seguirán viajando en metro, ganando menos de 1.000 euros al mes y preocupándose porque España no se convierta en Venezuela». Y Manuela Carmena, al ser preguntada en una entrevista por el éxito de Ayuso en barrios que fueron feudos progresistas, contestaba que «el mayor voto que tuvimos nosotros no vino de Vallecas, creo que fue más de toda la zona más intelectual, como Malasaña». La izquierda debería asumir que no representa al hipster que compra el Manifiesto Comunista por Amazon, sino al repartidor que se lo entrega.

Anguita, en uno de sus últimos libros, se quejaba de que la izquierda no entendía a su adversario y cometía el error de «despachar al mundo de la Falange y de la derecha de un plumazo». Su estrategia no era enfrentarse con la base social de la derecha, sino atraerla. «Hay que quitarle a la derecha su base social. Quitársela y volverla contra ella». Y esta estrategia es exactamente lo que está copiando Vox.

Vox y la estrategia Anguita