Irene Villa

¿Y si en lugar de vivir dañados, decepcionados por nuestros padres o hijos o pareja quizá, les pidiéramos perdón?

Como mi querida Laura Rojas Marcos defiende en su último libro “Convivir y compartir”, todos podemos ser tóxicos en algún momento, como seres imperfectos que somos. Hacer autocrítica, reconocer nuestra responsabilidad y tener la valentía de perdonar o pedir perdón, simplifica y facilita nuestra vida sorprendentemente.

Por ello, ese primer paso de perdonar o disculparse, es vital y mágico. Porque a partir de ahí, nuestra vida cobra una nueva dimensión cuya principal recompensa es desechar el dolor y liberarnos de una pesada y dañina carga.

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La otra gran acción que transforma nuestra vida es agradecer. Demos las gracias a esas personas con las que nos cuesta más convivir. Las consecuencias son absolutamente reveladoras.

Con el perdón se consigue la calma y la gratitud es el imán de todos los milagros.

Es cierto que la decepción y las expectativas no cumplidas forman parte de la vida pero hemos de ser conscientes de que la mayoría de las veces, esas expectativas son demasiado rígidas o poco realistas.

Soltar ese plan de vida inflexible o irreal, significa abrirnos a una incertidumbre llena de oportunidades y posibilidades.

Jamás hemos de olvidar que todos los problemas que surgen en la vida, vienen para que seamos conscientes de algo importante, nunca se nos planteará algo que no podamos solucionar. Los problemas vienen para que, en cierta forma, despertemos.

Por todo esto quiero recomendaros la película: “Tengamos la fiesta en paz”.

Una película optimista que habla de problemas familiares reales, que tienen solución. Además es un musical muy divertido que demuestra que tanto el humor como la música son muy terapéuticos.

Una película esencial en estas Navidades porque también la Sagrada Familia tiene mucho que ver en ella, y porque, en definitiva, todos somos familia, en las buenas y en las malas, y… ¡ hemos de aprender a convivir!