Mascarillas

La mascarilla en exteriores, la gran medida promovida por el presidente a dos días de la Navidad con la amenaza de omicron al acecho, era la medida previsible de quien no quiere tomar medidas. Marca de la casa.

Sánchez ya había anunciado en la sesión de control de la mañana, con paternalismo pulpitero, que los padres y los hijos, los abuelos y los nietos, se reunirán en Navidad. Lleva dos años evitando legislar, y rehúye las medidas impopulares de aforos, horarios, eventos, transporte público o teletrabajo. Mascarilla en exteriores es sencillamente un paripé. Sólo le ha faltado recomendar que se impregnen de nuevo las alfombras de lejía y que se den friegas con gel hidroalcohólico a las cosas del supermercado. O mejor, con un hisopo lleno de agua bendita de Lourdes.

En fin, a falta de medidas, se regresa a la mascarillas en exteriores. Claro que afortunadamente al ciudadano siempre le quedará el interior de un bar atestado y sin apenas ventilación para entrar y, con la coartada del trago, quitarse la mascarilla mientras le sirve un camarero sin pasaporte covid.

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¿Hay alguien a los mandos del país?

No se confunda convocar una conferencia con estar a los mandos. De hecho, la convocatoria es en sí misma un paripé, después de seis meses, hablando de cogobernanza mientras se practicaba la singobernanza. Convocar una conferencia a dos días de la Nochebuena, sin contenido promovido por expertos, y hacerlo 72 horas antes, en domingo, con una homilía hueca… es hacer ruido para no hacer nada. Buscar titulares, no soluciones.

¿Los expertos? Ah, este es el punto clave. Eduardo Suárez, director editorial del Instituto Reuters en la Universidad de Oxford, mencionaba estos días un hecho diferencial en Reino Unido respecto a España, al margen de aciertos y errores políticos: un comité de expertos de máximo prestigio capaz de producir un informe exhaustivo de lo que sabemos sobre ómicron y de lo que no sabemos aún.

En España se han hecho cosas bien –sobre todo la ciudadanía al vacunarse, aunque está por relanzarse la tercera dosis– y cosas mal, pero efectivamente ese es un hecho diferencial no sólo con Reino Unido sino también con otros países: la ausencia de un comité de expertos. Parafraseando aquello de Jardiel de ¿pero hubo alguna vez once mil vírgenes?, a propósito de la hagiografía de Santa Úrsula & Cía, aquí habría que preguntarse ¿pero hubo alguna vez comité de expertos? En realidad desde el Día de los Inocentes de 2020 se conoce el camelo.

Lo sucedido con el comité de expertos es de los episodios más reveladoras de la gestión de la pandemia en España. En la primera ola, Sánchez invocaba «el comité de expertos…» en sus homilías. «El comité de expertos…», insistía Illa. «El comité de expertos», percutía Simón. «Estamos siendo asesorados por expertos de una extraordinaria calidad desde el punto de vista científico…» explicaba Sánchez. «El comité de expertos…» decía la ministra portavoz. Ese comité, omnipresente en la desescalada, comenzó a resultar sospechoso al impedir que Madrid avanzara sin criterio claro, pero también otros territorios como Málaga y Granada, arbitrariamente…. y a falta de criterio, prosperó una queja al Defensor del Pueblo, que destapó el fraude.

El ministro Illa, acusado de incumplir las normas de transparencia, acabó admitiendo ante la Comisión de Sanidad del Congreso que nunca se creó un comité de expertos; y confesó que se trataba de un grupo de funcionarios del Ministerio, cuya identidad se intentó ocultar, con la coartada de la ley de protección de datos y el derecho a la intimidad, hasta que el Consejo de Transparencia y Buen Gobierno, a solicitud de Maldita, ordenó acabar con el cuento de los expertos.

O sea, se afrontó la primera ola sin comité de expertos; y la segunda ola; y la tercera… y la sexta ola también. Es nuestro hecho diferencial. Mientras otros gobiernos gestionan asesorados, aunque después acierten o yerren, en España se ha apostado por la gestión política. Es un modo eficaz, desde luego, de evitar que la ciencia te pueda estropear la estrategia. Para un presidente tiene un valor añadido: generar la ficción de que el experto es él. Y así va esto.