Boris Johnson

Hay bastante de categoría en el anecdotario que nos está dejando Boris Johnson, el primer ministro británico, en las últimas semanas. Sus fiestas o encuentros privados durante los días de confinamiento más duro de 2020, así como algunos escándalos crematísticos, como la polémica reforma de su apartamento personal en Downing Street, han minado su autoridad, tanto en el Partido Conservador y su grupo parlamentario, como entre parte del electorado que le era fiel. Que una circunscripción como la de North Shropshire, que era conservadora desde mediados del siglo XIX, haya pasado de forma contundente a manos de los Liberal-Demócratas da una idea del estado de ánimo de un Reino Unido que parece haber dicho basta, no tanto al fondo de las políticas –Brexit incluido–, como a las formas de quien las encabeza. La frivolidad quizá sea tolerable en tiempos boyantes y estables, pero no en medio del resurgir de la pandemia con la variante ómicron, con todas las dudas y miedos que genera por su posible contagio, también, a la economía y el bolsillo.

La lectura de la historia suele privilegiar, con razón, los movimientos de fondo, las condiciones estructurales, sobre aquellas de naturaleza más caprichosa y coyuntural. De ahí que el conocimiento haya progresado desde el relato histórico basado en las biografías de los grandes personajes y las gestas épicas, hacia un enfoque científico-social que pone la mirada en interrelaciones mucho más complejas. De la longue durée de la Escuela de los Annales hasta la conocida como Trampa de Tucídides, nuestra forma de entender la realidad tiende a rebajar el papel de las personas y los sucesos aislados. Pero, entre otros, el caso de Johnson, quien partía con un enorme crédito político y parlamentario, y que había liderado el movimiento más drástico de su país en décadas –la salida de la UE– fuerza a recuperar la Trampa de Pericles, idea planteada por Esteban Hernández en su libro Así empieza todo. La guerra oculta del siglo XXI, y que habla de la necesidad de ponderar al alza el peso de los actores en los acontecimientos.

Johnson se ha convertido en el peor enemigo de sí mismo y de su partido, algo que solo parece explicable desde el análisis de su propio carácter excesivo, incapaz de apartar la mirada de asombro ante su propio reflejo excéntrico. El primer ministro se resiste a asumir que su puesta en escena ya no es percibida como la de un heterodoxo capaz de genialidades al que hay que perdonarle algunos excesos, sino como las de una persona insensible que causa bochorno cuando balbucea incoherencias sobre Peppa Pig ante la cúpula de los empresarios o cuando justifica los conflictos de intereses de algunos compañeros de partido. Si alguna vez lo hicieron, esos momentos ya no recuerdan a Churchill, ni a Hugh Grant en Love Actually: el público parece haber desconectado de la función y mira el reloj impaciente.

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No hay nada raro en ello. Lo excepcional ha sido, más bien, lo contrario. El auge de los histriones políticos conoce el mismo destino que cualquier exceso: el de producir cansancio y hartazgo. Incluso del producto más atractivo nos cansamos, más aún en un momento de sobreexposición en los medios y en las redes sociales. Administrar el carácter siempre ha sido un eje esencial de la vida y de la imagen pública, pero ahora, si cabe, aún más. Y en política, todavía mucho más, especialmente en aquellos líderes con tendencia a la sobreactuación en la interpretación de su personaje. Se entiende así mejor el elogio que ha conseguido Angela Merkel en su despedida, mucho más reconocida por las formas de su liderazgo que por el fondo de sus acciones políticas. Una despedida entre aplausos que contrasta, además de con la suerte del propio Johnson, con la de otros histriones de estos años como el brasileño Jair Bolsonaro o el italiano Matteo Salvini, a la baja en las encuestas. Trump, por desgracia, parece resistir, aunque fuera del Gobierno –o, precisamente, por eso–.

La nueva realidad, condicionada por la pandemia, pero definida por las tecnologías de comunicación, obliga a los líderes, políticos o empresariales, a hacer una conversión similar a la que debieron hacer los actores y las actrices cuando pasaron del teatro al cine. Cuando el espectador estaba lejos, en el patio de butacas, estaban justificadas las actuaciones en voz más alta y a través de gestos más sobreactuados. Pero la intermediación de las cámaras y la producción hizo que muchos de esos intérpretes resultaran excesivos en la pantalla y los obligó a reciclarse, so pena de provocar empacho y nula credibilidad ante el espectador. Tendrá que ponerse Johnson a ello, aunque seguramente ya sea tarde.   

Boris Johnson