catalanismo

Toda la fuerza exhibida por el supremacismo independentista actual se sustenta en la hegemonía moral que el catalanismo nos coló a principios de la Transición a cuenta de una supuesta persecución específicamente anticatalana llevada a cabo por el franquismo. No es motivo de este artículo indagar cómo logró engatusar a toda la sociedad española con el cuento de ser la única sociedad agraviada. Como si el resto de los españoles no hubieran padecido los rigores de la dictadura. Incluso más. Basta fijarse en los millones de gallegos, castellanos, extremeños, andaluces… que tuvieron que dejar su tierra para buscarse la vida y mejorar la de otros. La alta renta per cápita de Cataluña durante la dictadura no es ajena a ello.

Desde entonces, y a lomos de esa hegemonía moral, el catalanismo pasó de los agravios a los abusos. Y así llegamos a la limpieza lingüística en toda la Administración, a la eliminación del español como lengua docente, al intento frustrado de secesión de 2017 y al supremacismo moral de los actuales dirigentes nacionalistas sin distinción de ideologías. Primero fue a la chita callando, ahora con el descaro de la xenofobia y el desprecio al Estado de Derecho. Empiezan a existir demasiados damnificados, y la fealdad y chulería de sus métodos ofenden y excluyen a todos. Incluso a muchos de sus equidistantes exquisitos que jugaron con Dios y el Diablo para vivir de ambos.

Están perdiendo a marchas forzadas su halo de víctimas para adquirir sin transición el de verdugos. Y lo peor, de mano de personajes zafios, groseros, intratables, a veces esperpénticos, encaramados a los puestos más relevantes del proceso. Como Laura Borràs, Quim Torra, Toni Albà, Núria Gispert, Rafael Ribó, Aragonés, Santiago Spot, Pilar Rahola, Puigdemont, Jair Domínguez, Meritxell Borràs…

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Ya no hay ni estética en la tierra de Gaudí, de Pau Casals, de Mariano Fortuny, de Joan Miró, de Josep Pla o Dalí. De su supuesto espíritu europeo como adalides de la democracia, han pasado a la xenofobia y al desprecio de la Ley. Lo más parecido a los fascismos que recorrieron Europa en los años veinte y treinta. Hasta les han copiado su manía por las antorchas y el odio al judío interno, en este caso, a los españoles.

Sin darse cuenta han acabado por olvidar el origen de su fortuna. En este caso, su hegemonía moral, merecida o atribuida por el complejo del resto, pero al fin y al cabo, la fuente de su autoridad moral, que les ha servido para saquearnos durante cuarenta años. Pero quién no cuida la empresa heredada de sus abuelos, y abusa de sus beneficios sin prever amortizaciones y gastos de capital, acaba arruinando la fortuna heredada.

No se han ido más de 7.000 empresas por casualidad; no se fueron a principios de los ochenta 14.000 maestros por gusto; no se levantan cada vez más padrescontra el despotismo y el adoctrinamiento escolar por manía al catalán; no se pierde por capricho a marchas forzadas el uso a la lengua catalana que tantos apoyamos en el pasado; no se sienten extranjeros en su país jueces y policías, ni se resisten a venir desde el resto de España nuevas promociones, por manía a los catalanes, sino por sentirse señalados, insultados, despreciados por tanto cafre –ni los albañiles y lampistas castellanohablantes, desdeñados como charnegos, se sienten ciudadanos de segunda por nada–. La consecuencia de todo ello es el desplazamiento de la hegemonía moral del catalanismo a la supremacía moral del nacionalismo. Desmoronada esa fuente de legitimidad, solo les espera la ruina.

Como persona que ha vivido todo este proceso histórico desde los años sesenta, por primera vez estoy viendo cómo su fuente de legitimidad se está agotando por momentos. Podría enumerar mil datos. Basten dos: un niño de cinco años los está dejando en evidencia (link en inglés). Barcelona era la patria de la Libertad en los años setenta y Madrid la ciudad gris de la dictadura. Hoy, Madrid es la ciudad de la España libre y Barcelona, un muladar del populismo nacionalista.