marcha en Emiratos

Zarzuela y Zaya Nurai empiezan por zeta. Arroz es la palabra más larga del abecedario, va de la a la zeta, piensa X. Otras Navidades en esta isla, ¿paradisíaca? a 15 km en barco de Abu Dabi. Su idea del paraíso era otro. Un paraíso no tiene límites, entiende X, que a menudo se acuerda de una de sus pelis favoritas, El show de Truman, con la que siempre se identificó. Su vida como un triste espectáculo —escribe en un diario con el que mata los ratos—, pero sin cámaras. Apenas sale ya en la prensa. La última vez, en su terraza, con dos gerifaltes emiratís. Ni siquiera llegan drones a tan apartada orilla para fotografiarle mientras hace gimnasia en el jardín. Echa de menos los flases. Un show sin audiencia, escribe también en su diario, en la entrada del 25 de diciembre de 2021.

Es Navidad y el turrón que le han enviado sus hijas se ha derretido. Su otro hijo estuvo bien. Tiene que pulir algún gallo que otro, pero emociona cuando logra que se le humedezcan ligeramente los ojos. Le preocupa el avance de sus entradas. No todas las cabezas aguantan bien la alopecia. Sean Connery bien, pero el príncipe Guillermo de Inglaterra mal, muy mal. Él, bien, también. Todavía le impresiona la salida por la puerta falsa del otro, ¿Harry?, ¿Henry?, Enrique. Ya nada es como era. Quizá cuando muera la madre, Isabel, acabe todo. Lo que era sólido, líquido, gaseoso. Quedará el petróleo. Los Emiratos. Árabes. Unidos. Jamás serán vencidos. Los rascacielos. Ay, los rascacielos. A diferencia de los cipreses, quieren llegar a lo más alto, pero sin las raíces necesarias.

se siente inspirado. Es el café torrefacto que le envían sus hijas, que le da un punto de excitación especial. Anoche se portó bien. Apenas un par de viñatondonias que descorchó justo cuando el discurso. El príncipe heredero no bebe, así que prefiere cenar solo. Sin escoltas. Escolti. La soledad era esto. Debería leer más. El principito. Por ejemplo. El capítulo del rey sin súbditos, en el asteroide solitario, en el que a pesar de todo vestía de púrpura y armiño.

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No hay marcha en Zaya Nurai. ¿Y en la Zarzuela? Za, Za, emperador de Ibiza escribió un autor maldito. Maldito bypass. Al menos está vivo. No como ese filósofo apologista de las drogas que fundó una discoteca, en dicha isla, cuyo nombre no recuerda. Al menos ese corazón late, haciendo circular la sangre azul, dinástica, a borbotones borbónicos, durante más de trescientos años en España.

Tiene antojo de canelones, de pronto. Celebrar Sant Esteve en esa microínsula Barataria se le antoja divertido. Le dirá a la cocinera. Pero no hay restos con los que prepararlos. Los súbditos quizá sean más felices. Recuerda una frase de Moe, el barman de los Simpson’s: «Los ricos no son felices, créeme. Se creen que lo son, pero no lo son».

Él fue feliz, escribe en el diario. Al menos, durante algunos días, creyó serlo. A pesar de estar en el centro de ese show de Truman regio que por linaje le tocó en suerte. Hubo un tiempo en que, además, se creyó su papel. ¿Y ahora? No hay marcha en Zaya Nurai, y los jamones no son de York, porque el cerdo está prohibido. También por prescripción médica.

Se prometió no permanecer más de un año y lleva casi año y medio. A veces desea que caigan los títulos de crédito. Un discreto fundido a negro. Solo pide, al menos, llegar a la zeta de su vida en esa otra Za. Zarzuela empieza por zeta pero acaba por a. De la a la zeta, ay qué diver es leer. Quizá todo sea circular. Como la pastilla que toma, esa noche también, para conciliar el sueño.