Los amigos de Pablo Casado

El año que termina debía ser el año de la consagración de Pablo Casado y ya puede calificarse como un ‘annus horribilis’. Frenado en las encuestas en los últimos meses por su absurda guerra con Isabel Díaz Ayuso tras dilapidar los réditos del 4-M sobre los que pensaba edificar su asalto a la Moncloa, y con Vox robándole votos por su derecha y apareciendo como indispensable para gobernar mientras mantiene rota su relación con Santiago Abascal.

Para terminar este 2021, a Casado solo le faltaba enfrentarse con los empresarios y los autónomos, y va camino de ello. Como últimamente viene sucediendo en Génova 13 –la sede nacional del partido que iba a ser vendida y que ahí sigue, como mascarón de proa del pasado con el que Casado prometió romper amarras-, la estrategia nacional de la cúpula ha pecado de precipitación y ya ha confirmado que votará en contra de la reforma laboral parida por Yolanda Díaz como “hito planetario”.

En vez de seguir el consejo de Alberto Núñez Feijóo -el único que verbalizó un sentir que comparten otros líderes del PP- de ver el texto de la reforma y luego decidir el sentido del voto del PP, Casado y su núcleo duro decidieron gritar a los cuatro vientos que no apoyarían “nunca” la “contrarreforma” de Pedro Sánchez y Yolanda Díaz porque, adujo, “importantes empresarios” le habían pedido que no cediera.

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Casado vs Garamendi

Se lo dejó bien claro a Antonio Garamendi, el representante de los empresarios, cuando éste le llamó por teléfono para comunicarle el apoyo de la CEOE al texto -Sánchez no se dignó a llamar al líder de la oposición para informarle del acuerdo-: el PP no apoyaría ese texto.

Si hubiera aguardado a airear su oposición para ver cómo jugar sus bazas, el líder del PP habría entendido que la lucha en el seno del Gobierno entre Nadia Calviño y Yolanda Díaz, la nueva esperanza ‘a la izquierda de la izquierda’ –Iván Redondo dixit-, se había saldado con un clamoroso triunfo de la primera: no hay derogación de la reforma laboral del PP y el espíritu de la norma de 2012 con el Gobierno de Mariano Rajoy se mantiene en el texto porque son muchos los aspectos que no se tocan. Eso es lo que muchos en el PP piden reivindicar y no oponerse.

La bronca en el seno del Gobierno de coalición ha sido tal que Yolanda Díaz tuvo que ceder y ‘parir’ un texto muy rebajado con la esperanza de que fueran los socios del Gobierno –ERC y Bildu, principalmente- quienes la acabaran radicalizando en su paso por el Congreso. El PNV –que no debe nada a los sindicatos de clase, CCOO y UGT, firmantes del acuerdo, sino que está condicionado por las centrales sindicales nacionalistas de su territorio que se oponen al acuerdo por ‘blando’- también amenaza con votar en contra.

Con este panorama, Sánchez intentará que la norma no sea endurecida en su paso por la Cámara Baja, pero necesitaría no solo los votos de Cs sino, al menos, la abstención del PP. Y Pablo Casado tendría la ocasión para hacer valer su apoyo, como garante ante los empresarios de que la reforma –que muchos en el PP ven cómo una versión light de la que aprobó el Gobierno de Rajoy- no será endurecida. Los autónomos –por boca de su presidente, Lorenzo Amor- así se lo han pedido también al líder popular.

En vez de eso, sin embargo, Casado no ha tardado en situarse en el bando del ‘no’ y puede perder una gran oportunidad de hacer llevar a Sánchez a su terreno: el PP se comportaría como un partido ‘de Estado’ en un tema tan sensible para Europa como la reforma laboral y dejaría de paso a Vox en el bando de los que se oponen a la reforma, con ERC y Bildu nada menos.

Así, el PP abre una vía de escape a Sánchez que, ya verán, pronto venderá que a él le gustaría sacar adelante la reforma tal cual ha sido redactada y aprobada por empresarios y sindicatos, pero que “la cerrazón de esta oposición instalada en el no permanente” va a obligarle a endurecerla para sacarla adelante con los votos de republicanos y proetarras…

Luego, deberá tragarse otro sapo: Ayuso –nadie en el PP lo duda salvo el entorno de Casado- presidirá el partido en Madrid. De la propia cúpula dependerá cuánta sangre llegue al río en esa batalla que Génova tiene perdida desde la misma noche del 4-M

A Casado, este año que se acaba parece que las únicas alegrías se las dan sus enemigos. El error de bulto de una moción de censura en Murcia por parte del PSOE que acabó con un terremoto en Madrid el 4-M y la retirada de la política de Pablo Iglesias. Y hasta ese triunfo arrollador ha acabado siendo uno de los mayores problemas para Génova.

En 2022, Casado tendrá que arreglar muchos de los rotos de este 2021. El primero, intentará no depender de Vox en las elecciones de Castilla y León, algo a lo que los de Abascal no están dispuestos: si el PP de Mañueco necesita aunque sea un escaño de Vox para gobernar –y ninguna encuesta da mayoría absoluta al PP en las elecciones del 13 de febrero- exigirán estar en el Gobierno por primera vez. Y Casado deberá volver a hablar con Abascal, con quién dinamitó puentes y una relación personal tras su discurso de la moción de censura.

Luego, deberá tragarse otro sapo: Ayuso –nadie en el PP lo duda salvo el entorno de Casado- será la presidenta del partido en Madrid por mucho que se retrase el congreso regional. De la propia cúpula del partido dependerá cuánta sangre llegue al río en esa batalla que Génova tiene perdida desde la misma noche del 4-M.

Finalmente, otro ‘enemigo’ –sorayista de primera hora que no le apoyó en las primarias- Juanma Moreno Bonilla deberá darle otra alegría en las elecciones andaluzas y revalidar Gobierno en Andalucía aunque, otra vez, cambiando de socio a Vox por un Ciudadanos que se hunde sin remisión. La negociación en Castilla y León debería servir de ensayo.

De cómo gestione todo esto dependerá el asalto de Casado a la Moncloa. De momento, lo que se ha visto en 2021 no ha sido un buen precedente. Tiene aún tiempo para enderezar el rumbo. Saber jugar sus bazas con la reforma laboral podría haber sido un buen comienzo. De momento, y como dijo el filósofo francés, solo tiene que cuidarse de sus amigos…