La batalla de Chile

Solo hay un planeta Tierra. Los recursos que pueden extraerse de la Tierra son finitos.

Basándose en estas aseveraciones lógicas, Thomas Robert Malthus publicó en 1798 su famoso Ensayo sobre el Principio de la Población. En él advertía de que la producción de alimentos y materias primas podría crecer como mucho en forma de progresión aritmética (linealmente), mientras la población lo haría siempre de manera geométrica. Ello condenaría sin remedio a la mayor parte de la población a la miseria y el hambre. 170 años después la población mundial era de unos 3.500 millones de seres humanos y se había multiplicado por cuatro desde la publicación de su ensayo. La pobreza extrema se había reducido a la mitad en términos porcentuales y paralelamente se habían reducido de manera similar el hambre y la desnutrición.

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Pese a la evidencia de la profecía incumplida de Ehrlich, La Unión de Científicos Preocupados escribió en 1992 una «Carta de Advertencia a la Humanidad». Firmada por 1700 científicos, incluyendo más de 100 Premios Nobel vivos, la «carta» advertía de nuevo del hecho de que la Tierra es finita y de que estábamos agotando sus recursos. Y de que era necesario estabilizar la población de manera urgente. La producción de pescado había tocado máximo, indicaban, y la productividad agrícola se estaba degradando. «No quedan más de una o unas pocas décadas antes de que perdamos la oportunidad de evitar las amenazas a las que nos enfrentamos y para que las perspectivas para la Humanidad disminuyan dramáticamente».

Tres décadas más tarde casi 7800 millones de personas habitamos la Tierra. La pobreza extrema ha descendido de manera espectacular, pasando del 35% en 1990 a menos del 10% hoy, y disminuyendo también en términos absolutos: hoy hay 1000 millones de pobres menos que en 1992.

¿Cómo es posible que científicos y economistas tan preparados como Malthus, Ehrlich o cientos de Premios Nobel hayan errado tanto en sus predicciones? En mi opinión, sencillamente porque han cometido la soberbia de subestimar sistemáticamente el ingenio y la tecnología humanos para enfrentarse a los problemas que surgen en cada época. Pensaron en modo estático y no dinámico. Por ejemplo, y tal y como advertían los científicos en 1992, las capturas de pescado salvaje estaban llegando a su límite… pero la solución no fue estabilizar la población, sino cultivar pescado en piscisfactorías. Hoy, con 2.300 millones de habitantes más en nuestro planeta que en 1992, el consumo per cápita de pescado no solo se mantiene sino que ha aumentado.

Son hechos que solo hay un planeta Tierra y que sus recursos son finitos. También lo son que utilizamos esos recursos solo parcialmente, que somos capaces de reciclar muchos de ellos, que los usamos cada vez de manera más eficiente y que quedan muchos otros por descubrir como posibles alternativas a los que puedan en efecto agotarse. Como lo es también que el ritmo de crecimiento porcentual de la población disminuye de manera espectacular desde hace casi seis décadas, y que si no se producen cambios importantes la población se estabilizará con alta probabilidad en torno a los 10.000 millones de seres humanos (lo que traerá aparejado otros desafíos, como el envejecimiento poblacional, que requerirán del ingenio y la tecnología humanos para su superación). Por último también es probablemente cierto que, al igual que había más valles que aquel en el que surgieron los primitivos seres humanos y que se descubrieron e hicieron habitables casi todos los rincones del planeta durante los siguientes miles de años, existen recursos en muchos otros planetas de nuestra galaxia, explotables en el futuro con la tecnología adecuada.

El Acuerdo de París y las Leyes Nacionales contra el Cambio Climático, con sus planes nacionales de reducción de emisiones correspondientes, han supuesto un cambio de dimensión en la escalada del pensamiento malthusiano. Hasta ahora eran supuestas élites intelectuales las que advertían de los males que le esperaban al mundo si no se seguían las visiones de sus líderes iluminados en cada momento. Afortunadamente, durante más de 200 años, nadie hizo caso a las advertencias de los catastrofistas apocalípticos.Afortunadamente porque, de habérseles escuchado, miles de millones de individuos no habrían nacido o habrían vivido vidas mucho más cortas y miserables que las que el desarrollo económico que se inició con la Revolución Industrial les permitió y nos ha permitido vivir. Por desgracia, ahora, líderes políticos mediocres cuya visión no pasa del presente ciclo electoral firman alegremente acuerdos legalmente vinculantes y aprueban leyes cuyo cumplimiento traerá probablemente aparejados recesión o menor crecimiento económico del potencial, empeorando así las vidas futuras de los ciudadanos de los países que gobiernan. 

En estos días se está produciendo en Chile una vuelta de tuerca adicional. Ya no se trata de que exista un Tratado Internacional del que un país pueda descolgarse si sus futuros dirigentes dejan de creer en él como algo conveniente para sus ciudadanos, o de una Ley nacional derogable con una mayoría política en un Parlamento. Pendiente de conocerse los detalles del texto, parece que como poco se tratará de plasmar por escrito en la Ley de Leyes, la Constitución chilena a redactar próximamente, la existencia de una crisis climática y ecológica. Y con ello, supeditar la autorización/prohibición de determinadas actividades a que no agraven o a que alivien dichas supuestas crisis. A estas horas, una de las candidatas a presidir la Comisión Constitucional encargada de redactar el texto final es la Doctora en Ciencias Naturales Cristina Dorador. Dorador defiende que no puede existir el «crecimiento sostenible», y que es necesario que se sustituya el término por «decrecimiento» para proteger la Naturaleza. Por desgracia no encontrará la Dra. Dorador ni un solo ejemplo en la Historia donde una recesión económica (el decrecimiento que ella propone) no lleve aparejada la entrada en la pobreza y la muerte prematura de millones de seres humanos. Por tanto, y aunque es probable que finalmente no salga elegida como presidenta de la comisión constitucional (necesita el apoyo de parte de la derecha política), empiezan a estar en la mesa de discusión, en los más altos foros de países occidentales democráticos, ideas y propuestas que, de aprobarse, supondrán un drama humano de proporciones inimaginables. El hecho de que este debate se esté produciendo en Chile, país que ha disfrutado de una mejora de sus niveles de vida espectacular gracias a la extracción y venta del cobre procedente de sus minas, y que dispone de enormes reservas de litio, el material que hoy por hoy supone la base de la mayor parte de las baterías que, se supone, nos ayudarán a llevar a cabo la soñada transición energética, resulta sencillamente estupefaciente. Y el riesgo de que se pueda plasmar en una Constitución cuya modificación futura probablemente sea muy complicada, aterrador.

La guerra continúa. El enfrentamiento entre los que creemos que hay que defender los derechos y libertades de los individuos, el pensamiento racional y el desarrollo económico como principios éticos fundamentales frente a aquellos que se creen en posesión de una visión certera sobre lo que conviene a miles de millones de congéneres libra ahora una nueva batalla, esta vez en Chile. Bueno será que algunos intelectuales, organizaciones empresariales y políticos menos preocupados de la próxima encuesta y más del futuro del ser humano se den cuenta de que vamos perdiendo por goleada, y de que el próximo gol está al caer. Hay que cambiar de entrenador, de preparador físico, de plantilla y hasta de afición.