economía española

n los inicios de un nuevo año, es obligado plantearse qué perspectivas nos depara, y por desgracia parece que no son muy halagüeñas. La pandemia y las posibles restricciones a la actividad económica supondrán un condicionante, pero no serán el único.

La economía española no disfrutará este año del efecto reapertura del curso pasado. Crecimientos como el del 17,7 % del PIB interanual del segundo trimestre no volverán a producirse. Tampoco los estímulos monetarios y fiscales serán los mismos de 2021. El Banco Central Europeo (BCE) comenzará en marzo su progresiva reducción de compra de deuda iniciado tras la pandemia hasta su eliminación definitiva, que precederá a una subida de tipos de interés aún sin fecha. No hay que olvidar que el BCE tiene en sus manos más del 50 % de la deuda española, y que la deuda pública supera el 121 % de su PIB. Habría que preguntarse  qué pasará con la independencia de España si sigue creciendo la deuda y cada vez aumenta más el poder en nuestro país de otros que no son España; cómo se incrementará el importe de la deuda que tendremos que devolver cuando se produzca la anunciada subida de tipos de interés del BCE, o qué ocurrirá si empieza a subir la prima de riesgo, aquello que en la anterior crisis acabó con el rescate de Grecia y reducciones de un 40 % a las pensiones más altas, entre otras medidas. El rescate es lo que puede llegar cuando un país gasta considerablemente más de lo que ingresa y deja maltrechas las cuentas del país, como está haciendo España. En 2021, hasta el tercer trimestre, llevamos más de 80.000 millones gastados por encima de lo que ingresamos; en 2020 fueron más de 280.000 y en 2019, antes de la pandemia y ya con Sánchez, eran más de 80.000. En medio de este panorama, y pensando en el crecimiento de nuestro PIB, si el año pasado ha sido más pobre de lo previsto (la ministra Nadia Calviño anunció un 6,5 % y será en torno a un 4,5 %), la inexistencia de los factores de ayuda del curso pasado no hacen prever un futuro mejor.

La inflación

Sobre el horizonte se cierne además la persistencia de una inflación que en España es mayor que en otros países (6,7 % en diciembre vs 5,5 % de media en la eurozona en noviembre). La permanencia de la inflación y la caída por primera vez en nuestro país de la productividad tras una crisis plantean un panorama difícil en el que el economista Daniel Lacalle piensa que el Gobierno podría hacer más: «Lo primero que hay que hacer para que no suba la inflación es no incentivarla. No es una casualidad que suban todos los productos a la vez». La clave está en el aumento de la masa monetaria, en el incremento de dinero en el mercado que hace que suban los precios de los productos. «Lo que hay que hacer es parar la máquina de imprimir dinero. Se está destruyendo el poder adquisitivo de la moneda», sostiene Lacalle. En Estados Unidos ya están retirando la inyección de ese dinero en el mercado que les ha disparado la inflación, y Europa no tardará mucho en hacerlo.Nuestro país tiene, además, algunos males endémicos que le hacen más vulnerable de cara al futuro: «En España hay muchos factores indexados a la inflación; en otros países no», añade Lacalle, y por ese motivo los problemas ligados a la inflación no tienen en ellos ese efecto permanente. La nueva indexación de las pensiones al IPC supondrá unos 39.000 millones de aumento del gasto. 

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Al no tener mecanismos mitigadores de la inflación, en España sube más que en Francia o Italia, que sí los tienen y consiguen sortear mejor que nosotros los mismos obstáculos internacionales. Por ejemplo, mientras nuestra tarifa regulada de la luz está sujeta a la tremenda volatilidad del precio diario, la suya no lo está. «Por eso aquí estamos todo el día hablando del precio diario de la luz y en otros países europeos no lo hacen», explica Lacalle.

La inflación puede ser un gran problema. Quizá sea cada vez mayor, hasta que los precios de la energía bajen en primavera, si se confirman las previsiones; o puede ser peor si los productores incorporan a los precios la subida de sus costes. En muchos sectores no lo han hecho, pero habrá que ver hasta cuándo pueden aguantar. A ello hay que unir el temor a un incremento en los salarios, algo que también se traduciría en un incremento de los precios de los productos y, por tanto, de la inflación. Por eso en Estados Unidos están insistiendo tanto en que la inflación es temporal: para que no suban los sueldos.

Empleo público

Volviendo a nuestro país, además del reto de la inflación, y sobre todo de los costes asociados a la subida de la inflación (las pensiones, por ejemplo), está el problema del empleo. El incremento de empleados públicos creado para disfrazar las cifras de paro se traducirá con el tiempo en mayores impuestos para intentar conseguir ingresos con los que pagar a ese creciente sector público, mayores recortes y mayor caída de la productividad. El 60 % del nuevo empleo creado en 2021 fue público. «Es algo letal para la economía española, y la legislación hace imposible que se corrija», admite Lacalle.

Como concluía un estudio exhaustivo de BBVA hace un tiempo, la productividad del sector privado español está en la media de la UE, pero la del sector público está muy lejos. «Si se dividen los salarios del sector público por el PIB el resultado es mayor en España que en Alemania, y además aquí hay más funcionarios que allí. Indica que aquí hay muchos más mandos que cuadros», explica Lacalle.

Cada vez más empleados públicos, que son menos productivos para la economía. Si la productividad no crece, y con ello tampoco lo hace la riqueza de la economía, no habrá aumento de la economía que repercutir en un incremento de los salarios. Al mismo tiempo la inflación crece y nuestra renta disponible disminuye. Tremendo cóctel el que se está formando. Pero la estrategia del Gobierno va por ahí: más empleo público, más factores ligados a la inflación (las pensiones, el último), y un sistema con cada vez peores implicaciones, como resaltaba el Banco de España en un informe reciente: «Estoy de acuerdo con él. Estamos recuperando la tendencia de los años 2018-19. Vamos más hacia una ralentización-estancamiento de nuestra economía que hacia un crecimiento de nuestro potencial, o hacia una mayor productividad. La pandemia ha acelerado la estatización de la economía española, con más empleo público, más control del Gobierno sobre la economía y un mayor riesgo regulatorio», señala Lacalle.

Las previsiones del Banco de España son que el crecimiento de nuestro PIB irá bajando en los próximos años: crecería un 4,5 % en 2021, un 5,4 % en 2022, un 3,9 % en 2023 y un 1,8 % en 2024. «El gran problema es que el panorama es el mismo de los años 2009-2011. Quedará una herencia que será muy difícil de reorientar; en primer lugar, porque el agujero en paro, déficit y deuda será mucho mayor. No envidio nada al próximo Gobierno», asegura Lacalle. Y cuando intenten reorientarlo, llegarán las manifestaciones si no les gustan las medidas que han de tomarse.

Sobre todo este panorama, queda la incertidumbre de lo que ocurrirá con los fondos europeos. De momento, no se tienen noticias de avances en su efecto sobre la economía real. Buscando algún rayo de esperanza, Lacalle apuesta por las exportaciones. Nos salvaron en la crisis anterior y ya nos están ayudando. Y destaca otra gran noticia: el ahorro acumulado por empresas y familias, fruto de una visión más prudente. 

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