Sidney Poitier

Guapo, inteligente y con cara de buena persona, Sidney Poitier, que falleció ayer a los 94 años, fue el actor afroamericano que, en los cincuenta y sesenta, cambió las reglas del juego en Hollywood. Eran los años del movimiento por los derechos civiles, de Rosa Parks y de Martin Luther King, y Poitier personificó todo aquello. De repente, en un país que había abrazado el cine sonoro con un blanco con la cara pintada (Al Jolson, en El cantor de jazz , 1927), la gran pantalla normalizó, o intentó normalizar, que un afroamericano pudiera ser algo más que un esclavo o un marginal.

Poitier, que nació en Miami, pero creció en las Bahamas, aterrizó en Estados Unidos a los 15 años, y a pesar del sentir el violento rechazo de la sociedad, se metió en la cabeza que quería ser actor. Tuvo su gran oportunidad en el cine gracias a Un rayo de luz (Joseph Leo Mankiewicz, 1950), donde era el médico negro que trataba de salvar a un delincuente racista encarnado por el sardónico Richard Widmark. Las buenas intenciones de la película todavía chocaban con la realidad: los extras negros protestaron cuando descubrieron que cobraban menos que los blancos.

La carrera de Poitier tardó en despegar, pero en los papeles que fue escogiendo se refleja el despertar de una sociedad: si en Semilla de maldad (Richard Brooks, 1955) era uno de los conflictivos alumnos de Glenn Ford, en Rebelión en las aulas (James Clavell, 1967) ya era profesor; si en Fugitivos (Stanley Kramer, 1958) era un convicto a la fuga encadenado a Tony Curtis, en El calor de la noche (Norman Jewison, 1967) ya era detective de policía; si en Un lunar en el sol (Daniel Petrie, 1961), irrumpía con su pobre familia en el sueño suburbial americano, ya sólo le quedaba convencer a la popular pareja formada por Spencer Tracy y Katharine Hepburn, en Adivina quien viene esta noche (Stanley Kramer, 1967), de que podía ser el yerno ideal.

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Tras alcanzar la cima de su popularidad en 1967, Poitier, que también protagonizó Porgy y Bess (Otto Preminger, 1959) y un par de secuelas de En el calor de la noche, fue espaciando sus apariciones. También dirigió una decena de películas no demasiado trascendentes, como Hanky Panky (1982). Gracias a la mentada Fugitivos logró su primera nominación al Oscar al mejor actor, estatuilla que coronó con su papel en Los lirios del valle (Ralph Nelson, 1963), donde daba vida a un regalo caído del cielo para un grupo de ufanas monjas. Lee también Redacción

Así se convirtió en el primer afroamericano que se alzaba con la estatuilla al mejor actor. Las cosas empezaron a cambiar, pero muy lentamente. No fue hasta 2001 que Denzel Washington igualó la gesta gracias a Día de entrenamiento (2001). Esa misma noche Halle Berry también levantó estatuilla y, Washington, el más claro sucesor de Poitier, fue quien le entregó un merecido Oscar honorífico al primer gran astro del cine afroamericano.

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