Yolanda Díaz y Piketty

Desde antes de la caída del Muro, la Izquierda patológica, inconsútil, inasequible al desaliento que debería producirle cien millones de muertos y una ruina interminable para todos los países que padecieron el socialismo, se afana en encontrar una forma de imponer el comunismo sin pobreza y en deshacer el capitalismo y el Estado de Derecho sin que se quejen mucho las víctimas de lo que en Argentina llaman pobrismo, ese régimen de mafias sindicales que ayunta el estatalismo fascistoide y la demagogia comunista.

La casta roja universitaria

La casta política roja y la subcasta académica producen cada pocos años fórmulas alternativas de calentamiento y deshielo, de estalinización y liberalización. Vaivén que los regímenes leninistas han alternado siempre para seguir en el poder, pero cambiando la política económica y fusilando a los que la habían defendido hasta entonces. Lenin no podía fusilarse a sí mismo, pero la NEP (Nueva Política Económica) era una rectificación del fin del mercado, que se hizo eliminando del dinero mediante la inflación. Eso condenó al inflacionista Bujarin. Sentencia que ejecutó el ‘gran’ Stalin. 

En Memoria del Comunismo cuento que Bujarin se jactaba de haber ido mucho más lejos que los jacobinos franceses con los asignados, pagarés a cuenta del dinero robado a la Iglesia y la Corona cuyo valor se quedó en nada. Como le pasó al rublo, al que los campesinos bautizaron “papel pintado”. Su primitivo entusiasmo anticapitalista no lo salvó, pero los comunistas del deshielo, seguidores del Dubcek de la Primavera de Praga, inventaron que quiso liberalizar la economía y dulcificar la política. Falso. Todos los bolcheviques querían lo mismo: robar y matar, matar y robar. El comunismo sólo conjugó otro verbo: disimular. Lo que roba y lo que mata.

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Más de un siglo después del golpe de Estado de Lenin, del cierre a punta de bayoneta de la Duma, de la masacre de los obreros de Kronstadt, de la liquidación física de todos los partidos excepto el bolchevique, de la primera gran hambruna provocada por su política agraria -cinco millones de muertos-, de la apertura de inmensos campos de trabajos forzados y de exterminio, de la violación de todos los derechos humanos, del derroche en propaganda para encubrir sus crímenes, las estrellas de las universidades europeas y americanas, siguen alimentando la necesidad de la izquierda de sentirse moralmente superior. La última, Piketty, que ha presentado en España, junto a Yolanda Díaz, su último invento: “la cogestión empresarial“.

Como acabó la primera cogestión 

Como todo lo nuevo en los economistas de izquierdas, también esto es viejo. La dirección política de las empresas, los consejeros políticos para una correcta gestión socialista, la implantaron Lenin y Trotsky en 1917. Eran pocas las empresas industriales en Rusia, y el proletariado era el 1’5 % de los trabajadores, el 10% en las zonas ocupadas del Báltico y Polonia. En dos años de régimen comunista, el 1´5% bajó al 0´7%. Y fue entonces cuando Bujarin hizo méritos para ir al paredón. En una reunión del Comité Central, que era el nuevo Gobierno, que era el partido, que era Lenin, dijo que era asombroso que el régimen marxista de “dictadura del proletariado” estuviera haciendo desaparecer al proletariado mismo. Aquella ironía fue apreciada en lo que valía por Stalin, que, naturalmente, lo mató, mandó a su mujer a un campo de concentración, y, en fin, lo hermanó con los gusanos. 

También en Memoria del Comunismo cuento el trágico final de la primera experiencia de cogestión empresarial. Los bolcheviques enviaron comisarios rojos para controlar las fábricas, pero allí había sindicalistas anarquistas, mencheviques y social-revolucionarios, partido vencedor en las elecciones a la Duma, que Lenin, el gran perdedor, cerró el mismo día en que abrió. Ni los bolcheviques tenían la veteranía sindical de los de izquierdas ni la capacidad de los propietarios y gestores de las fábricas. Tenían la Cheka, pero anarquistas y mencheviques también tenían armas.

Para evitar el baño de sangre, que finalmente ejecutó el siniestro Trotsky, se había llegado a un acuerdo por el que los gestores capitalistas, dueños o técnicos, seguían dirigiendo la fábrica y los comisarios opinaban sobre lo mejorable de la gestión. Pero junto a los problemas técnicos que provocaban los caprichos o la ignorancia de los comisarios se produjo, al desaparecer el dinero, un problema irresoluble: el “papel pintado” del sueldo no daba para comer. Y las cartillas de racionamiento del gobierno soviético se las quedaban los bolcheviques, que además produjeron algo típicamente suyo: una maraña burocrática que tenía hasta veintisiete clases de cartillas.

La devaluación programada del rublo supuso la desaparición del dinero, el colapso del comercio, el acaparamiento, el desabastecimiento y el mercado negro. Cuando los bolcheviques lo asaltaban, decían que tomaban las mercancías para repartirlas, pero se las quedaban o las revendían. Y al final, la lucha sindical por un salario que permitiera comer -antes de Lenin, los proletarios ganaban mucho más que los campesinos- se convirtió en una lucha moral. Como escribió en el periódico de la fábrica uno de los últimos resistentes, lo que realmente querían los comunistas era “robarles el alma”.

Ese sigue siendo su propósito. Pero, muerta el alma, ¿qué se hace con el cuerpo muerto? ¿Puede funcionar la economía real sin una gestión capitalista? No. Lo que sueñan estos ilustres majaderos, Piketty y Díaz, es que los comunistas, o sea, ellos, adquieran por arte de birlibirloque político la capacidad de crear empleos, cobrar latisueldos y mantener un alto nivel de ingresos del Estado para que financie los chiringuitos ideológicos con los que pueden cambiar nuestra mentalidad, es decir, robarnos el alma. Un dinero abundante para esos miles de piojos intelectuales llamados ‘asesores’. Cuando hablan de co-gestión, ellos se quedan la gestión, y los demás, el co, o sea, los impuestos. Ellos impiden que los demás nos extraviemos en la selva capitalista, pero, por supuesto, se quedan el monopolio del plátano.

El misionero Piketty y el “buen salvaje” español 

Piketty hablaba como un antiguo explorador blanco en el África negra, emocionadísimo al ver que, mientras sus ideas retrocomunistas no superan las bardas de la universidad, ni tiene eco en la economía real, España, un país perdido al sur, quiere hacerle una enmienda al capitalismo. Ve a Yolanda y se licúa, como Iglesias ante Varoufakis o Sartre ante el Che, que, tomemos nota, al que no aceptó la cogestión, lo fusiló. Véase Rangel: “Del buen salvaje al buen revolucionario”. Claro que el moderno misionero ideológico blanco le cobra al salvaje rojo en dólares y en negro. 

El comunista yugoslavo Tito bautizó como autogestión lo que ahora presenta Piketty como idea original suya, este “socialismo de cogestión”. El problema, en Lenin, en Tito, en Piketty y hasta en la cursi ‘Yoli Tenacillas’, es siempre el mismo: la propiedad, inseparable de la libertad y del derecho. No pueden ser socialistas si creyeran en la propiedad, tan injusta y que crea desigualdad. También riqueza, sí, pero repartida sin criterio progresista. ¿Y cómo unos socialistas inútiles pueden robar la riqueza que no producen? Repartiéndola. Salvo su parte, la que corresponde al know how, a la técnica del timo colectivista, igualitario, además de ecosostenible, naturalmente de género, por supuesto multirracial e inclusivo y ahíto de sensibilidad social. 

Lo malo de los comunistas es que, no conformes con robarnos, además quieren salvarnos. Y nunca cambiarán. ¿Quién cerraría semejante negocio?