De superhombres

Es cada vez más frecuente el espectáculo de un personaje muy puesto en su supremacía que desacata las leyes, no por las viejas causas de rebeldía, sublevación, insurrección o revolución, sino, sencillamente, porque le da la real gana. Vuelve el chulo barroco, para entendernos, escupiendo por el colmillo.

El caso de Boris Johnson es de manual. Este desequilibrado ha aislado en una burbuja a su país porque le parece más elegante la vieja Inglaterra victoriana que el sindiós moderno. Sabe muy bien que eso supone un descalabro económico notable, pero no para los de su clase, sino sólo para los pobres y los inmigrantes. El tipo de ciudadano al que representa es el que organiza jolgorios y botellones, aunque estén prohibidos, porque le da la real gana. Él no pertenece al depósito social terreno, ni siquiera a la estúpida clase media que le votó, él está por encima de todo eso y brilla como el lucero del alba mirándose el ombligo.

El segundo espécimen es del mismo palo: ese tenista que no tiene por qué comportarse como los demás mortales, en primer lugar, porque es una gloria nacional en un país sin mucha gloria, y en segundo lugar porque su nación es la Serbia y los serbios ya dieron ejemplo de espíritu nacional durante la guerra de los Balcanes. Entonces se distinguieron como los más crueles, carniceros y brutales durante una contienda en la que Croacia también luchaba por el primer puesto en la lista de los genocidas. Ha sido escalofriante ver de nuevo a las masas nacionalistas serbias envueltas en banderas y gritando agravios nacionales, conducidos al ridículo por el padre del tenista.

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Este comportamiento es representativo de los nacionalistas. Johnson y Djokovic lo son. Y la conciencia de superioridad que infecta el alma de los nacionalistas los conduce sin remedio a exhibir rasgos de chulería barroca, conductas de aquí estoy yo y usted no sabe con quién está hablando.

Así, por ejemplo, acabamos de recibir a otro ministro nacionalista catalán (otro más del semillero barcelonés) y lo primero que ha hecho es negar que en las universidades catalanas haya un conflicto lingüístico. Él lo sabe, entre otras cosas porque tipos como él son quienes han tolerado el apartheid lingüístico de Cataluña. De modo que las leyes son, a su modo de ver, ornamentos para la gente inferior. Los chulos barrocos están por encima de los tontos que respetan la constitución, ese capricho de mediocres.

Entre todos estos personajes, sin embargo, sólo los españoles dicen ser de izquierdas, avergonzados por su derechismo nacional. Si la izquierda española está formada por tal clase de elementos, hora es ya de pensar que estos reaccionarios son una excepción hispánica, como el flamenco, el jamón de bellota o el íbice ibérico, que no tienen otro lugar donde prosperar por mucho que ellos pretendan ser extranjeros.