La vaca que nos parió

«Ha parido una vaca», anunció Pablo Casado en un acto electoral en una ganadería de Las Navas del Marqués, y parecía una «boutade», pero no lo era. Andamos tan acostumbrados a que en campaña se discuta sobre la posición relativa de nuestros abuelos respecto a lo de 1936 que supone una propuesta provocadora hablar de la vaca que nos parió. Pertenecemos a una generación de españoles urbanitas que parecemos andar por el campo llevados por la zozobra excepcional de la excursión, siempre a punto de pisar una caca, de engancharnos el pantalón vaquero con el espino de la alambrada y de quedar atrapados por una zarza.

Los pijos de ciudad tenemos esa facilidad para quedar como tontos en el pueblo y no pasa nada. Tenemos el deber de aceptarlo y enseñar a nuestros hijos que ahí fuera hay un mundo fértil y terrible donde no valemos mucho. Cuando mi padre tenía quince años y era un chico bien del Boulevard de San Sebastián, mi abuelo lo enroló a la merluza. Años después, mi padre me quitó a mí las tonterías y me mandó con José Antonio Goñi y su querida Felisa a la Navarra recóndita a buscar las yeguas perdidas más allá de las cumbres y del resuello, a hacer las yerbas, a cortar montañas de leña, a limpiar la cuadra vieja y a amanecer antes del sol. José Antonio cruzaba los zarzales como un rompehielos y a sus más de sesenta años me reventaba en los repechos. Aprendí la costumbre del jabalí, la forma de la cama de la liebre, la huella del zorro, la dormida de la paloma, el vuelo de la becada que cada día es el mismo, y también lo que vale un peine. Al llegar a los altos, José Antonio, que siempre sacaba una ventaja insultante, me recibía riéndose con la navaja Opinel en la mano y la bota de clarete, y decía riéndose de mí con su acento socarrón y vasco: «Mira, una patata de ‘siudad’».

El nacimiento de una ternera tiene algo de fundacional de todos nosotros. Todos los niños deberían ver nacer una. Yo lo recuerdo en el caserío de Abaltzisketa en Guipúzcoa, en el calor fecundo de la cuadra por la noche. El vaquero tiraba de las patas del animal, que parecían de cartílago, y después la becerra se escupía de golpe al suelo, y había que frotarla y ponérsela a la madre a que le lamiera las sangres, las babas y los velos de un azul transparente en que yacía envuelta. La humedad, el olor y el calor de aquel animal palpitante de ojos desorbitados resultaron para mí algo inolvidable. Hablo de la magia del descubrimiento del niño que toca al animal, que es el encuentro entre la ciudad y el agro, y que tuvo un eco posterior y siempre emotivo en el calor blando de la pieza de caza recién cobrada, en el hocico caliente y húmedo del perro y la durísima testuz de toro cuando el golpe en el encierro. El campo me enseñó algo tan grande que aún no consigo saber qué es, pero sobre las tribunas más honorables o pisando las suntuosas moquetas del poder, recuerdo el tacto de la becerra parida –mugía como una niña– y me remite a un mundo inalcanzable al que se le debe admiración y sobre todo, respeto. Se ríen porque un político anuncie que ha nacido una vaca, pues les resulta insignificante y ridículo, y ese es su problema. Se extrañan de que en Castilla y León se hable del campo; a ver de qué quieren que se hable.

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