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En un artículo publicado hace unos días por Manuel Arias Maldonado en THE OBJECTIVE, titulado Contar resfriados y magistral como todos los suyos, el pensador malagueño se preguntaba si no había llegado ya el día de dar por terminada esta pandemia.

Probablemente estemos ya en ese momento, pero resulta que no podemos dar por finiquitada esta locura porque somos víctimas de nuestro propio progreso. Si esto nos hubiera pillado hace cien años, ya se habría dado por terminado. Sin embargo, la pandemia sigue entre nosotros porque somos capaces de hacer millones de pruebas a diario, aunque no se tengan síntomas, y eso da como resultado espectaculares cifras de ‘contagiados’ que están sirviendo como excusa perfecta para mantener vivas restricciones de todo tipo, decisiones políticas absurdas y tensión máxima en los medios de comunicación.

Si no tuviéramos manera de saber fácilmente si estamos infectados y si no pudiéramos encontrar a la vuelta de la esquina un test, hace ya semanas que estaríamos en una situación completamente diferente. Estamos en un momento crítico, pues corremos el riesgo de entrar en una paranoia permanente si se instala en la sociedad la idea de que hay que seguir así hasta que haya cero casos.

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Actualmente la tensión pandémica se sostiene sobre una sola cifra, la de contagios. Un dato que desde hace meses sirve para muy poco, pues como hemos repetido hasta la saciedad y no nos cansaremos de reiterar «ser positivo no significa estar enfermo». En estos momentos, en España no hay saturación en los hospitales. De hecho, se está ingresando a los pacientes ante la más mínima duda, y eso es gracias a que hay camas disponibles y capacidad suficiente para atender a todo el mundo como merece. Las UCIs más colapsadas, que ahora mismo son las de Cataluña, tienen entre un 30% y un 40% de pacientes covid.

¿Y los muertos? Los muertos varían según el día de la semana en que estemos, pues España es incapaz de contar cuánta gente fallece exactamente cada jornada. A pesar de ello, las cifras medias están ya donde siempre han estado cuando hay, por ejemplo, una epidemia de gripe. Si miramos los años anteriores a la covid, en España morían anualmente unas 8.400 personas, y los decesos solían concentrarse durante las ocho semanas pico del invierno, con entre 100 y 150 muertos por día. Esto ha pasado durante años, y a nadie se le ocurría hacer obligatoria la mascarilla o dedicar un telediario a ello.

Por supuesto que cualquier muerte es lamentable y que tenemos que intentar evitar todas las que se puedan, pero dentro de un orden y buscando un equilibrio. Ya sabemos que si nos quedamos todos encerrados en casa las posibilidades de reducir drásticamente los contagios se multiplican, pero hasta los políticos más cortos de miras ya han aprendido que ese no puede ser el camino.

¿Hay que popularizar los test?

Ahora el Gobierno acaba de regular el precio de los test y, con ello, lamentablemente está trasladando a la sociedad un mensaje equivocado. Si hace unos meses era necesario popularizarlos para conocer con rapidez quién tenía el virus y debía aislarse, en esta fase de la pandemia saber si uno es positivo, aunque no tenga síntomas, sólo sirve para engordar la cifra de contagiados y reforzar la idea de que esto está fatal, cuando las cifras que importan, las del colapso hospitalario y la de los muertos, ya se están acercando a niveles similares a una epidemia de gripe.

Sé que es muy impopular lo que voy a decir, pero seguramente ha llegado el momento de que, en vez de vender los test a 2,94 euros en cualquier farmacia, como acaba de aprobar el Gobierno, se retiren del mercado y sólo sean usados por profesionales sanitarios en los casos en que ellos consideren relevante obtener esa información.

¿Tiene sentido seguir haciendo test indiscriminadamente a gente sin síntomas por el simple hecho de haber tenido contacto con un contagiado?

Dado que ahora mismo sólo el 1,3% de los contagiados entran en el hospital y la mortalidad está en el 0,1%, ¿tiene sentido seguir haciendo test indiscriminadamente a gente sin síntomas por el simple hecho de haber tenido un contacto con un afectado? La detección de los positivos era clave hace meses, cuando sin vacunas y con una altísima mortalidad nos exponíamos a un virus completamente desconocido. Ahora la situación ha cambiado, por mucho que a algunos les interese mantener viva la llama de la pandemia.

De hecho, esa proliferación de test está paralizando la actividad cotidiana, debido a las cuarentenas obligatorias de todos los positivos. Administración, empresas y colegios están ya a medio gas, y los centros de atención primaria colapsados por las tareas burocráticas de tener que gestionar altas y bajas de una enfermedad que la mitad de los afectados ni siquiera llega a desarrollar, como confirman las cifras oficiales.

Antes de la pandemia, las bajas laborales por enfermedad duraban mientras teníamos síntomas que nos impedían hacer nuestra vida normal. Ahora las bajas duran lo que decide el político de turno en lo que no deja de ser un confinamiento ‘light’ y dudosamente justificado en términos de emergencia sanitaria.

Las cifras que nos faltan

Para colmo, nos atiborran a diario con cifras y gráficos de todo tipo, casi exclusivamente relacionados con el número total de positivos y con la incidencia acumulada. Pero hay cifras que nadie nos da y que son enormemente pertinentes para saber en qué punto nos encontramos de la pandemia.

A mí gustaría saber, por ejemplo, cuántos de los que están muriendo están vacunados y cuántos no. Si como muchos sospechamos los muertos mayoritariamente no están vacunados, conocer ese dato sería la mejor forma de incentivar la vacunación, en vez de exigir pasaportes covid y demás zarandajas burocráticas. Ocultar esa cifra lo único que hace es dar alas a las teorías de la conspiración. 

También me gustaría saber cuántos de los que mueren, y de los que están en la UCI, tienen la variante Delta y cuántos son de Ómicron, porque así podríamos ver con más claridad si los millones de contagiados de estos días tienen de qué preocuparse o si, como indican algunas fuentes sanitarias, los muertos de hoy son en realidad los Delta de ayer. Y es que en los partes diarios de la pandemia se habla de contagios y de muertos, como si todos fueran de la misma variante del virus. De esa forma, se traslada la idea de que si te contagias todavía tienes altas probabilidades de morir. Sin embargo, si nos diferenciaran las cifras por variantes podríamos saber si, en efecto, los muertos de ahora nada tienen que ver con este pico de contagios de Ómicron que estamos viviendo.

Y, ya que estamos, sería de agradecer también que se nos informase sobre cuánta gente está muriendo DE covid y cuánta gente muere CON covid. Es un matiz importante, porque se puede estar infectado de hepatitis y morir de un infarto por otra causa completamente diferente. El muerto, en ese caso, no podría ser imputado a la hepatitis.

En resumen, se está sosteniendo una falsa alarma tomando como base datos irrelevantes a estas alturas de la película y, al mismo tiempo, se nos están ocultando cifras importantes que nos ayudarían a entender mejor lo que realmente está pasando. O recuperamos la cordura de inmediato o nos iremos por el sumidero más pronto que tarde.

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