El juego ha cambiado

Pregunta fácil: ¿qué es más importante, el admirado periódico The Washington Post o el videojuego Candy Crash? Por edad y romanticismo, la respuesta espontánea de muchos de nosotros sería decir que el «Post». Pero no tengo claro que acertásemos.

En agosto de 2013, Jeff Bezos, el creador de Amazon, se dio el lujo de comprar el famoso rotativo que prejubiló al presidente Nixon. Pagó 250 millones de dólares. ¿Mucho? Este martes, Bill Gates ha abonado la friolera de 69.000 millones de dólares por Activision Blizzard, una empresa californiana de videojuegos, la dueña de Candy Crush Call of Duty. Esta operación, que supera el presupuesto anual de algunos países, ha sido la mayor de la historia de Microsoft. Pero tal vez resulte una buena inversión: 400 millones de seres humanos de 190 países se entretienen con los videojuegos de esa compañía.

Microsoft aporta un argumento más: con su adquisición dicen que construirán «ladrillos para el metaverso». ¿Y qué es el metaverso? Dicho rápido y mal, la forma más avanzada de realidad virtual, que permitirá que personas ubicadas en lugares distintos compartan un espacio inexistente con la sensación vivencial de estar allí. Facebook ha decidido centrar sus esfuerzos en ese metaverso. Todo tiene un aire de inquietante distopía: un mundo con millones de seres humanos con sus gafas digitales bien caladas, extraviados en sus paraísos artificiales, con la consiguiente incomunicación en el ámbito real (y la evidente amenaza de violencia y pornografía virtuales a una escala que hoy todavía cuesta imaginar, con la consiguiente alienación de muchas psiques).

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El mundo ha experimentado una mutación alucinante desde que comenzó este siglo. El juego ha cambiado. Pero en la soñolienta Europa hemos perdido comba y seguimos anclados en la mentalidad analógica del siglo XX. El fenómeno se exacerba en España, con un Gobierno de ideología casposa, anacrónica, que se extravía en minucias bizantinas y nada aporta ante un revolcón tecnológico que nos afecta a todos (querámoslo o no).

El empresario indio Naval Ravikant, de 48 años, un sagaz inversor y gurú tecnológico afincando en Estados Unidos, ha hecho un resumen de cómo ha cambiado el mundo que me encanta por su sucinta e irónica agudeza: «El bitcoin es una forma de fugarse de la FED. DeFi [el mercado descentralizado de finanzas asociado a las criptomonedas] es una forma de fugarse de Wall Street. Las redes sociales son una forma de fugarse de los medios. La moda del aprendizaje en casa es una forma de fugarse de la industria educativa. El trabajo en remoto es una fuga del curro de 9 a 5». Algo de eso hay.

Esta revolución trae un poco de todo: oportunidades, amenazas y desgracias. Es evidente que la economía digital, el imperio de los llamados GAFAM estadounidenses, ha provocado más desigualdad: un modelo de triunfadores riquísimos que crea poca mano de obra. Bezos es el hombre más rico del mundo. Pero los sueldos en una nave de Amazon son muchísimo más bajos que los estupendos salarios que cobraba un obrero en un astillero o en una cadena de coches del siglo pasado. Esas firmas burlan además la fiscalidad de los estados. En paralelo, la Inteligencia Artificial trae avances portentosos, que nos beneficiarán a todos –los algoritmos ya aciertan más que los oncólogos en sus diagnósticos–, pero la ola de automatización provocará en su primera fase una tremenda resaca en forma de paro. 

En el mundo de la medicina y la biotecnología se vive también una revolución agridulce. Llegará la cura de muchos males que creíamos invencibles, sí. Pero también espantos como intentar crear vida humana en laboratorio, o la bioprogramación de los embriones, que hará que los hijos de los poderosos sean más inteligentes y atractivos que los de los menos pudientes (rompiéndose así por vez primera la maravilla igualatoria de la lotería de la cuna).

Estados Unidos, con todos sus problemas, se ha reinventado y domina el mundo con Alphabet, Meta, Apple, Microsoft y Amazon. China se ha reconvertido aceleradamente en una potencia tecnológica y militar (hasta está creando su propia criptomoneda, el CBDC, con la que aspira a pinchar el imperio del dólar). Europa en cambio está estancada, resistiendo artificialmente a base de que el BCE le dé a la maquinilla de hacer dinero.  Va camino de ser un grato parque temático para turistas chinos. 

En España, los grandes empresarios, en lugar de brillar por su creatividad, pasan por el juzgado por posibles chanchullos con el caco Villarejo y achantan silentes ante las ocurrencias rencorosas del Ejecutivo social-comunista, que van directamente contra la línea de flotación de sus empresas. En cuanto al Gobierno, no está ni se le espera. Se ocupa más del movimiento LGTB y de reescribir la Guerra Civil de nuestros abuelos que de tomar medidas para hacer que España resulte un país atractivo para el capital mundial, que está buscando plazas donde colocarse. De propina, una reforma educativa que debilita el esfuerzo y prima la burramia, perfecta garantía de un pésimo futuro.

El mundo cambia y no parece que seamos capaces de subirnos a los nuevos trenes. Intentemos entonces, al menos, no perder también nuestras agarraderas morales.

Disculpen que me haya extendido, porque la brevedad es la primera cortesía de todo escribiente. Pero todo esto es muy importante, aunque no le hagamos ni caso, porque tenemos otras prioridades: Rociíto, «el finde» y los chuletones de Garzón.

El juego ha cambiado