Animalia

Fue (una vez más) Malraux quien alertó mi curiosidad sobre la fascinación de los antiguos por la fuerza y la gracia de los animales. Pero no los completamente antiguos, porque en las cuevas paleolíticas no hay enfrentamientos con grandes bestias prehistóricas, sólo persecuciones, carreras y (por decirlo de algún modo) retratos sin idealización: había demasiado respeto y una profunda sumisión a la presa. Fue más tarde, en Babilonia, con los Caldeos, en Egipto, y sobre todo en la Edad Media, cuando proliferaron las imágenes embellecidas de fieras en lucha, en reposo o en ataque. Bronces escitas con tigres, toros babilonios, cocodrilos egipcios hasta llegar al águila y la serpiente aztecas, los antiguos estaban muy interesados por los poderosos, aunque desconocidos animales.

Malraux lo ve como un asunto de estilo, de diferencias formales evidentes que delatan el espíritu de cada cultura. No obstante, lo que a mí me inquieta es la escena en sí. ¿Por qué, justo cuando los humanos acceden a cierto bienestar agrario, cuando han abandonado la caza y la dependencia de sus presas, cuando han construido las primeras ciudades, les impresiona tanto la diversidad zoológica? Pues será quizás por eso, porque la han superado.  El táurido alado de Babilonia, como la esfinge egipcia, aun es un pariente del humano, una bestia terrible de enormes alas y cabeza humana que unifica la fuerza, la ligereza aérea y la inteligencia. 

La proximidad de nuestra especie al estado de naturaleza aún pesaba sobre nosotros, la distancia no era infinita. Así también, de la leona que ennoblece a la esfinge egipcia sobresale una cabecita que ya se arranca al mundo animal como si quisiera hablar. En cambio, las imágenes de animales se generalizan en el medievo y se les da una nobleza artística hasta entonces desconocida en pintura y en escultura. Ahora ya no produce vergüenza compararse con los hermanos zoológicos, son animales, como nosotros, pero infinitamente lejanos y ahora salvados por nuestro arte.

«Los animales ya no son símbolos que el arte debe interpretar y dar sentido, sino mercancías que se exponen en el escaparate»

Frente a la nobleza que les concedió el pasado, la actitud actual es la de una derrota aberrante al valor sólo sentimental del reino zoológico. Los animales han perdido toda dignidad. Este contraste con los antiguos me parece a mí muy definitorio de nuestra vanidad. Los animales están ahora sólo para decorar nuestra admirable existencia y darle un toque elegante y cariñoso, sea en forma de mascotas domésticos o bajo la excusa del estudio biológico como personajes de las «maravillas de la naturaleza». Los animales ya no son símbolos que el arte debe interpretar y dar sentido, sino mercancías que se exponen en el escaparate. La infame labor de Walt Disney es la más exacta figuración de lo que para los modernos representan los animales. Su herencia inmediata son los prohibicionistas taurinos, hijos directos de Bambi. Sin saberlo, estas almas de cántaro han puesto a los animales en el peldaño previo a su extinción. O lo que es igual, su desaparición les parece más progresista que su existencia en este mundo

Para ellos los animales pertenecen al orden de las sandalias de verano, los aceites antisolares o los calcetines multicolores, elementos decorativos, números de colección, ejemplo de nuestros elevados sentimientos. Su desaparición significaría, tan sólo, un desarrollo lógico del capitalismo y su constante transformación de las mercancías para mantener su precio. Un punto, por cierto, con el que ignoran que están de acuerdo.

Animalia

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