Apología de la izquierda divertida

Por el Real de la Feria iba Yolanda Díaz en trance y proceso de escucha de la ciudadanía de mi Españita y de lo último en sevillanas, naturalmente. Por allí andaba Alberto Garzón y lo han puesto como hoja de perejil por tomarse en una caseta una cerveza y un platito de jamón que debía estar como para publicar en «The Guardian» una entrevista al cochino. Ojalá el ministro contándole a la prensa británica cómo estaba ese jamón y no echando pestes de la carne española. El Nutriscore de Garzón que te dice lo que es bueno, malo y regulín, le pone mala nota a lo de Guijuelo y advierte de que si comes un poco de jamón al día, te mueres antes sin duda de una muerte dulce. Si lo piensas bien, para comerse esta lonchita ha muerto un cerdo con su futuro por delante y su derecho a la vida, y alguien vendrá con el cuento de que los animales no humanos son «explotades» por el capitalismo salvaje.

Para derecho a vivir, el de uno. Derecho a estar ahí en la caseta, y venga otra de montaditos. Alberto Garzón no es Konrad Adenauer pero tendrá derecho a pegarse un día de feria y que lo dejen en paz. Y tomarse una cervecita y luego otra, y a la cuarta ronda, en ese momento preciso en el que el sol se ha descolgado del cénit y se templa la primavera florecida en mil colores, ser consciente del momento exacto en que se pasa la resaca y uno se dice por los adentros: «Joé, qué bonita es la vida».

Y derecho a estar ahí viendo pasar el tiempo y los platos de ortiguillas con su lechuguita en medio, los flamenquines, los langostinos de Sanlúcar de bigotes interminables y los pavías de bacalao. Me contaba el gran Braulio Bastilippo que a Santa Teresa la habían curado de lo suyo dándole de comer «un pavía de bacalao así de grande y perdón por señalar». Y esas gambas de Huelva, qué, si les brilla el ojo más que a María Jesús Montero en la rueda de prensa del Consejo de Ministros.

Hay que entender que el ministro se tome una cerveza en la feria. Yo entendería hasta que se tomara tres o cuatro. La feria está hecha para disfrutar y hasta para eso hay que valer. También los sindicalistas están en su derecho –si no en su deber– de comerse una fuente de cigalas. De todas las trampas morales que se hacen en el juego entre izquierda y derecha, la más miserable es la de la comida, como si alguien de izquierda debiera alimentarse de algarrobos, de boniatos y de melón con pan y en definitiva de lo que encontraran por ahí que no quisieran los demás. No se puede concebir el mundo sin acariciar la gloria de sus manjares. Mi padre defendía que a los niños había que darles jamón del bueno para que así supieran que en la vida hay cosas por las que merece la pena luchar.

Defiendo desde aquí esta izquierda trocotró que pide otra ronda para el ministro de Consumo y no a la que estamos acostumbrados que es un híbrido entre el médico que te quita la sal y el cura que vigila dónde se pone la mano en la cintura mientras se baila. España necesita una izquierda que vuelva a ser divertida y cachonda y no puritana, censora y coñazo. A ver si así pasándolo bien, dejan de dar la matraca.

8761e738 9d76 496b 9e13 7c8f7106cf80

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí