A las barricadas

El Covid ha marcado un antes y un después en muchos aspectos de nuestro devenir diario. Antes del Covid, dábamos dos besos alegremente a cualquier desconocido que nos presentaran. Ahora, hay personas que tienden la mano raudos ante un desconocido para evitar que se acerque a menos de medio metro. Antes, por las tardes, el ambiente en muchos hospitales era más propio de una romería que de un centro de sanitario. Ir a visitar un enfermo era un acto social. Hoy, sólo puedes pasar si dispones de autorización como acompañante y permaneces en el interior el tiempo justo y necesario. Antes, en Madrid, solicitabas cita al médico de atención primaria y había hueco, sino al día siguiente, a los dos días. Después de la covid, tienes suerte si sólo esperas una semana. Médicos y enfermeras están desbordados. Los centros no dan abasto para satisfacer las necesidades de la población. Y, para colmo, a Isabel Díaz Ayuso le da por abrir por la tarde para atender las urgencias leves y, de paso, desatascar la de los grandes hospitales. ¡Qué desfachatez, sólo a ella se le podía ocurrir!

Por eso, los sindicatos han convocado huelga en la sanidad madrileña. Argumentos no les faltan. Tienen cada vez más pacientes y más trabajo y los salarios, sobre todo en la especialidad de atención primaria, han perdido poder adquisitivo ante la exponencial subida de los precios. En Francia, sin ir más lejos, les pagan el doble, cuando no el triple, por una jornada laboral más liviana. Han convocado paros porque se ha recuperado el servicio de urgencias ambulatorias y consideran que la dotación de personal es insuficiente y los contratos serán precarios, aunque la consejería aún los está negociando.

Les asisten las mismas razones que al resto del personal sanitario que trabaja en el resto de España. Si me apuran, las mismas razones, o algunas menos, de las que pueda alegar un empleado cualificado en cualquier otro sector. España se ha empobrecido a pasos agigantados y hasta que llegó la covid no habíamos caído en la cuenta. Sin embargo, sólo han convocado huelga en la Sanidad y sólo en la Comunidad de Madrid. Con el expreso apoyo de Carolina Darias. A la ministra le preocupa el deterioro de las prestaciones que reciben los ciudadanos en la comunidad que preside Ayuso. Le preocupa que, en Madrid –según la información que proporciona el departamento que ella misma dirige– haya que esperar nada menos que 73 días para recibir atención especializada. En cambio, no le quita el sueño que en Cataluña ese retraso se alargue hasta los 156 días o en Aragón, que se lleva la palma, hasta los 183.

La huelga convocada en la Sanidad madrileña es una estrategia ensayada. Con éxito. A fuerza de paros, protestas, manifestaciones y demandas en los tribunales que no fructificaron, se cobraron la dimisión de un consejero y lograron desgastar a una Esperanza Aguirre que parecía imbatible en las urnas. Por más razones que asistieran a los huelguistas, fueron huelgas políticas, como lo es la que hoy está convocada. Obvian, en este caso, un asunto no menor: Ayuso no está acorralada por los casos de corrupción de sus subordinados, como sí lo estuvo en su día su predecesora. Es más, Ayuso no tiene enfrente a su propio partido filtrando papeles desde la Moncloa para desgastarla. Tiene a un presidente con el que le gusta medirse de tú a tú, para desgracia del que tenga despacho en Génova.

La estrategia de los convocantes del paro en la Sanidad podrá tener éxito en la medida en que, con razones fundadas, pueda movilizar a un electorado de izquierda adormecido, cuando no renegado de las políticas del gobierno de coalición que preside Pedro Sánchez. Podrá, incluso, generar ciertas simpatías entre una parte de los ciudadanos. Pero, al mismo tiempo, dará alas a una candidata que busca la mayoría absoluta anulando al rival a su derecha, que entra al barro sin despeinarse y que se crece en las peleas.

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