Bolaños acabará con Sánchez

Dado que es de los pocos miembros del Gabinete con estudios y bien ganada oposición, se tenía a Félix Bolaños por un fontanero eficaz y prudente, discreto y leal como el mayordomo supremo de Buckingham Palace. Pese a su relevante función en la cocina de la Moncloa, apenas se conocía su voz o su rostro. No salía en fotos ni se acercaba a un micro. Pasaba por el utillero de Iván Redondo, aquel gurú necio y prepo, aunque resultó ser el auténtico poder en la sombra. Lo de Teo con Casado, pongamos por caso. 

Esa acertada fórmula de oculto contramaestre se evaporó con la ‘operación Caudillo’, esto es, la exhumación y traslado de los restos de Franco desde el Valle de los Caídos hasta el Pardo. Una superproducción televisiva, tan tediosa e interminable como una serie de Netflix, con un despliegue de medios sin precedentes. Helicópteros, decenas de cámaras, unidades móviles, efectivos de seguridad y algunos extras con cara de fascistas. Allí estaba él, embutido en un abrigo tres tallas mayor de lo necesario, junto a la vicepresidenta Carmen Calvo, por entonces máxima responsable del apartado de la memoria republicana, los huesos y las cunetas, desbordados ambos de orgullo democrático bajo la sombra inabarcable de la cruz de Juan de Ávalos (el escultor, no confundir).

Los Migueles que todo lo mandan (Barroso y Contreras) lo adoptaron de recadero pero, dada su altura, no logró incorporarse a los partidos de basquet que disputa el presidente en los jardines del Palacio

Ahí empezó su ascenso y ahí arrancó su autovía hacia el desastre. Bolaños, el cerebrín de la Moncloa, hombre de leyes y de números, ejecutor de operaciones más que muñidor de estrategias, concretó un par de aciertos que le agrandaron el ego. Tras el Valle, la montaña, esto es, la concreción del acuerdo vertiginoso con Podemos para formar un improvisado Gobierno tras el trastazo electoral socialista del 20-N. Ya en la cumbre, se sumó a la animosa campaña de demolición de Redondo, jefe y amigo, ocupó su cargo y hasta consiguió una cartera como capataz de Moncloa y alrededores. Los Miguelesque todo lo mandan (Barroso y Contreras) lo adoptaron de recadero pero, dada su altura, no logró incorporarse a los partidos de basquet que disputa el presidente en los jardines del Palacio. 

Tarde o temprano tenía que ocurrir. No podía ser que el gobierno más tóxico e incompetente de nuestra democracia tuviera como coordinador ejecutivo a un tipo honesto, brillante y responsable. La película de los espías han desvelado su auténtica faz, su torpeza sin límites, su inabarcable incapacidad. Tras su imagen de finísimo ejecutor monclovita, imprescindible e insustituible, emergió la figura de un Forrest Gump deslavazado, a mitad de camino entre zoquete y zopenco. El número de desastres cometido en estos últimos quince días ha alcanzado tal dimensión que resulta imposible no ya hacer un cómputo que se aproxime a la realidad, sino incluso un balance de los estragos registrados. Por no hablar de sus consecuencias. 

No se esperaba menos de quien es investido mano derecha de Sánchez por su tendencia a la farsa y la trampa y por su escaso apego a una cierta actitud ética

La quincena loca de los espías ha destrozado su imagen y ha provocado molestias enormes al aventurero de la Moncloa. Para calmar una avería con los separatistas montó contra Rabat otra de mayores dimensiones, mientras que por el camino, ha laminado los servicios de Inteligencia, ha dado armas a los socios comunistas de Gabinete, se ha humillado ante los nacionalistas sediciosos, ha convertido en una bayeta (con la colaboración de Meritxel Batet) la Comisión de Secretos Oficiales del Congreso, ha arrastrado por el lodo a la diplomacia española, ha alimentado recelos insuperables en la UE y en la OTAN y, para más inri, ha sufrido una derrota cruel en su pulso imposible con la ministra de Defensa del que no saldrá con bien. En suma, un encadenado de cráteres que ha convertido el mapa político nacional en un desierto lunar, gélido e inhóspito. No se esperaba menos de quien es investido mano derecha de Sánchez por su tendencia a la farsa y la trampa y por su escaso apego a una cierta actitud ética. O sea, por ser miembro destacado del club de sanchismo destroyer

Su nivel de ineptitud alcanzó el momento cumbre al lanzarse a la yugular de Margarita Robles, contra quien arrojó a la banda trapera de Frankenstein con un éxito más bien grimoso. Este Forrest Gump de pacotilla sucumbió en el primer intercambio de golpes con su homóloga de Defensa, la auténtica Bette Davis del Gabinete, fría e implacable en la pelea, maniobrera e intrigante en la refriega, con esa despiadada inteligencia de quien que se desayuna a catorce de listillos sin pestañear antes de que se haya escuchado el toque de diana. «Tonto es el que dice tonterías», se puede aplicar el cuento Forrest Bolaños. «En este negocio, no eres nadie hasta que no hayas conseguido ser un monsturo», decía Bette Robles. 

La hora de cambiar el fusible

Una lucha desigual, con un fracasado a punto de caer en la lona. Intentó Bolaños, este jueves, dar marcha atrás en la refriega, tras el paseo de la directora del CNI por la absurda comisión de los secretos a voces. Demasiado tarde. El sitio más peligroso del Gobierno se sitúa en el entrecejo de Miss Robles. Y ahí está el pequeño Bolaños, el hombre de las chapuzas y los velorios, pendiente de la hora en la que su jefe, virtuoso fanático del yo, considere que ha llegado el momento de cambiar el fusible para evitar que le achicharre la descarga y le electrocute el apagón. Sánchez tardará mucho tiempo en sobreponerse a las turbulencias del cimbronazo de los espías. 

Siempre es más tarde de lo que piensas. Ahora todos miran a Feijóo: «Cuando en el Gobierno hay partidos que no protegen al Estado, son los partidos democráticos quienes tendrán que hacerlo». A ver si esta vez llega a tiempo.

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