fin de mes

Allá por 2014, cuando Mariano Rajoy aún era el Mariano Rajoy de la supermayoría absoluta, la izquierda política y mediática armó la de Dios es Cristo a cuenta de la subida de la tarifa de la luz. Ese megavatio/hora que antes ni sabíamos que existía pasó de 54 a 58 euros –esta semana ha superado los 300– en pocos meses. PSOE y Podemos pusieron el grito en el cielo. Aún recuerdo cómo se le llenaba la boca del palabro «pobreza energética» al por lo menos educado podemita Rafa Mayoral en La Sexta Noche. Sábado que venía, sábado que ejercía de desaliñado Robin Hood. Cualquiera colegiría al escucharle que los españoles vivían a oscuras, muriéndose de frío en invierno y achicharrándose en verano. Tres cuartos de lo mismo hizo su archimillonario jefe, Pablo Iglesias: «Rajoy tampoco sabrá que pagar las facturas de la luz es una auténtica misión imposible para muchas familias». La performance del cínico Sánchez fue para mear y no echar gota: «La subida de la luz del 8% prueba el fracaso de la reforma eléctrica de Rajoy y alerta del riesgo de pobreza energética». Y sus periodistas de cámara se pusieron todos a uno a crucificar por enésima vez al presidente y al ministro Soria. Lo de montar campañas goebbelsianas se les da francamente bien, al César lo que es del César. 

Aquel encarecimiento fue un pico en el tiempo. Porque luego, con algunas excepciones coyunturales, la electricidad volvió a situarse en parámetros razonables… hasta que llegaron los socialcomunistas. Siete años después, no escucho hablar a nadie de «pobreza energética». Si te he visto, Doña Pobreza Energética, no me acuerdo. Callan como putos. Curioso, ¿no? Más teniendo en cuenta que aquel mini-roto a nuestras finanzas es un juego de niños al lado del 60% que se ha disparado la factura en el último año a las familias con contrato fijo. Sesenta por ciento de media que se antoja un regalo si lo comparamos con el 101% más que los hogares con contratos vinculados a la oscilación del mercado astillan en estos momentos. El doble que en 2021 y siete veces más que antes de la pandemia, que se dice pronto. Y, mientras, Sánchez tocando la lira y reaccionando tarde y mal. 

Lo de los carburantes es algo menos escalofriante pero no por ello deja de acongojar al más pintado: el diésel estaba en 1,235 euros el litro en 2019 y en 1,871 ahora; la gasolina ha pasado de 1,327 a 1,715. Uno puede prescindir del coche, salvo que lo emplee para trabajar obviamente, reducir hasta el paroxismo el consumo eléctrico, pero lo que no puede hacer es quedarse sin comer. Hay productos básicos que están en la estratosfera: el aceite ha pegado un estirón del 71%, la pasta un 30% y numerosas frutas y hortalizas valen el doble o más que hace 12 meses. La cesta de la compra se ha disparado un promedio del 30% según denuncian vendedores y restauradores, que son los que están a pie de obra. 

Éramos pocos y parió la abuela: el euríbor estaba en tipos negativos a principios de año y en estos momentos sobrepasa el 2%. El arriba firmante pensaba que moriría sin aclarar un misterio: el de la Santísima Trinidad. Pero estos días está cayendo en la cuenta de que pueden acabar siendo dos. Que alguien me explique cómo núcleos familiares en los que entran 1.200 ó 1.300 euros pueden llegar a fin de mes. Y cómo esta tragedia no degenera en revueltas sociales. Creo que antes resolveré lo del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

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