Nisman no es un juego

Hay un juego de moda en el kirchnerismo duro, incluido en el cotillón del emblema “No toquen a Cristina” que este martes mutó -tras la exposición mediática de la vicepresidenta- a “No me toquen a mí”. El juego es agitar el fantasma de Nisman.

Empezó con frases sueltas de periodistas oficialistas, siguió en alguna oración al pasar de algún personaje del gobierno y continuó en boca del juez ultra K Juan Ramos Padilla, que sobreactuó su indignación contra el fiscal Luciani diciendo por radio: “Que le pongan un psicólogo para que no se suicide”.

La legitimación de esa locura al galope llegó este miércoles a la noche, de boca del propio Presidente: «Nisman se suicidó, y espero que Luciani no haga algo así».

Alberto Fernández invocó que hasta ahora no se pudo probar otra cosa que el suicidio de Nisman.

Fue exactamente al revés: lo que no se pudo probar -ni siquiera manipulando la escena del crimen como lo hicieron- fue que se suicidó.

Es una provocación peligrosa.

Hace casi 8 años, Nisman había acusado a Cristina de encubrir a los iraníes que volaron la AMIA y el kirchnerismo sobreactuó: “Vamos a ir con los tapones de punta contra este fiscal, para correr el velo de la mentira”.

Exaltada, la diputada Diana Conti completó: “Le decimos a la hija de Nisman que se quede tranquila, que no vamos a agredir ni a insultar a su papá”.

Fue un viernes. El domingo, Nisman tenía un tiro en la cabeza.

Es seguro que Conti nunca imaginó ese final, pero ella representó entonces la sobredimensión irresponsable de los ataques verbales sin filtro.

El caso Nisman mostró hasta dónde ese juego de aprietes que cierta política naturalizó se puede volver una amenaza real.

Aquella muestra se extendió hasta límites macabros: la campaña para ensuciar a Nisman como sea -su vida, su persona- siguió e incluso se incrementó después de su muerte.

Tras años de maniobras para hacer pasar el episodio como un suicidio inverosímil -la hipótesis de Nisman suicidado la trató de imponer la propia Cristina a menos de 24 horas de que hallaran el cuerpo del fiscal-, la Justicia sigue investigando el caso como un asesinato a sangre fría, planificado y ejecutado por una razón: haber denunciado a Cristina Kirchner.

Una de las hipótesis sobre el motivo probable de sus ejecutores es que hubo una interna feroz en los servicios de inteligencia -Nisman hizo la denuncia un miércoles pero llegó al fin de semana sin que el Gobierno supiera qué pruebas iba a presentar el lunes-, y que en ese contexto alguno de los bandos lo asesinó para sumar puntos propios o para perjudicar al enemigo.

En aquel fin de semana de enero de 2015, la SIDE puso a 89 espías a trabajar sábado y domingo al mismo tiempo en que un incendio en la Casa Rosada destruía miles de registros de entradas y salidas a la Casa de Gobierno justo en los años en que se preparaba el Pacto con Irán.

Los nombres de quienes figuraban allí no se recuperaron nunca más.

El incendio no se denunció a la Justicia. El jefe de la Seguridad en la Casa Rosada era Aníbal Fernández.

La trama siguió con la SIDE que respondía a Cristina a través de Parrilli mandando espías a vigilar la fiscalía donde se investigaba la muerte del fiscal que la había denunciado.

Esto es ilegal y recién se conoció este año, tras una revelación de Clarín.

Ninguna de estas acciones fue casual, ni aislada.

¿Qué hace el kirchnerismo volviendo a agitar esa bandera, casi en paralelo a la orden de la Corte de reforzar la seguridad de los jueces que ahora juzgan a Cristina por corrupción?

¿Qué hace Alberto Fernández diciéndole por televisión a todo el país que espera que el fiscal Luciani no se suicide?

Alberto Fernández en A DOS VOCES: «Realmente, ¿alentar la idea de que…

Sucede mientras se lanzan temerarias consignas en las redes acerca de que si condenan a Cristina se acaba el país, que se acaba la democracia (y por eso Alberto Fernández debería indultarla, dice Zaffaroni) y empleados públicos del Congreso son enviados a buscar “mugre” contra los nuevos fiscales que la acusan.

En este escenario del vale todo al que ahora se trepa el Presidente, ¿alguien puede garantizar no estar estimulando a una acción demente, individual o sectaria, para “defender” la ficción que fabrican?

Cuando la máquina de la lógica mafiosa se enciende, nadie sabe bien cómo puede terminar.

Alberto Fernández fue a la marcha bajo la lluvia a pedir justicia por Alberto Nisman, escribió en La Nación que sólo un necio podría ignorar cómo Cristina encubrió a los iraníes que volaron la AMIA y dijo en un documental de Netflix que tenía serias dudas acerca de que Nisman se hubiera suicidado.

El que cambió fue Fernández, no el crimen de Nisman.

Aquel asesinato aún está impune. Se sigue investigando. Y no es un juego.

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