Sánchez ya no vive aquí

En muchos momentos, el cruce de sables del martes en el Senado, en fondo y forma, se aproximó más a un intercambio de opiniones de bodeguilla que a un debate parlamentario. Pedro Sánchez se parece cada vez más a un tertuliano mejorado de los que en radios y televisiones cubren cuota (de izquierdas). Nos fustigó con un discurso infinito, monocorde y reiterativo, aunque tuvo la habilidad de castigar eficazmente el flanco débil de su oponente, el de la indefinición calculada, y no perdió en ningún momento los nervios, a pesar de que Núñez Feijóo elevó considerablemente, en esta segunda ocasión, el diapasón de sus críticas. Al líder de la Oposición se le vio aún nervioso (sigue sin adaptarse del todo a los tamaños), pero mucho más eficaz que en el duelo anterior; más tranquilo, con ese jactancioso desparpajo que le caracteriza, se vio al jefe de Gobierno. Sánchez se maneja con habilidad a cubierto.

Los problemas le llegan cuando no hay cimborrio ni sumiso grupo parlamentario bajo los que resguardarse. Hasta para un tipo frío, calculador, un “enemigo formidable”, como definen amigos y enemigos al presidente del Gobierno, debe resultar lacerante escuchar un improperio tras otro cada vez que te adentras en territorios de la España real, lejos del confortable contorno del Gobierno o del partido. Pedro Sánchez concibe la política como un apresurado tránsito de pantallas desechables; como un guion que se adapta cada día a las circunstancias y apenas deja rastro. Acierta en lo primero: en la sociedad de la superabundancia informativa, la vida útil de las noticias, sean buenas o malas, verdaderas o falsas, no logra superar en la mayoría de los casos la barrera natural del cambio de día (cuando no del salto de hora). Se equivoca, por el contrario, en lo segundo; en la ausencia de rastro.

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El problema, con el que Sánchez hasta hace poco no contaba, es que lo que ahora tiene enfrente no es un parvulario, sino una Oposición adulta, con Núñez Feijóo convertido en estorbo principal

Sánchez ha infravalorado el efecto corrosivo del engaño, la huella pegajosa que deja en el subconsciente colectivo el uso falaz de la palabra dada; ha subestimado con excesiva ligereza el impacto enojoso que en una porción nada desdeñable de la opinión pública tienen los compromisos incumplidos y que fueron contraídos con aparatosa solemnidad en el pasado. Es ahora, cuando lo que tiene enfrente no es un parvulario sino un líder consistente, una Oposición que ha recuperado cierta armonía interna y alcanzado la edad adulta, el momento en el que sus acuerdos con Unidas Podemos, y las cesiones a independentistas vascos y catalanes, han dejado de salirle gratis. El desgaste es notorio, y Sánchez, cuyo instinto de supervivencia está muy por encima de la media, ya sabe que lo que aquí le queda por gestionar son los minutos de la basura de una legislatura subordinada de nuevo a un largo proceso electoral.

La ida se juega el 28 de mayo de 2023, elecciones municipales y autonómicas, y la aspiración realista de Sánchez es lograr un buen resultado (empate o derrota por la mínima) que le permita tener opciones en la vuelta. Para llegar vivo al 28-M, hay que proteger al líder, evitar el desgaste que provoca el campo abierto y ceder el protagonismo a otros. Si lo consigue, si gracias al riego de los principales semilleros de voto, con abundante dinero público, aguanta con decoro la posición, que nadie lo dude: a pesar de todo habrá partido. Echar el freno cuando vienen curvas no es tirar la toalla. Ahora toca ponerse a salvo, protegerse para llegar en las mejores condiciones a julio de 2023. Esa es la fecha mágica, la que hace tiempo Sánchez se ha implantado en el hipotálamo. Presidencia española de la UE, con Suecia y Bélgica (completando la Troika) de séquito. Seis meses de luz y color, de invitados ilustres y alfombra roja abriendo los telediarios. Y en el centro del escenario, siempre, un gallardo anfitrión.

Sánchez, cuyo instinto de supervivencia es inconmensurable, ya sabe que lo que aquí le queda por gestionar son los minutos de la basura de una legislatura subordinada a un largo proceso electoral

La imagen de Pedro Sánchez en Europa es buena. Nada que ver con la de casa. Europa es su gran apuesta y su tabla de salvación. Y su objetivo es llegar a julio del 23 sin un rasguño que sea exportable. La consigna es no abrir ningún conflicto con Bruselas o, al menos, aplazar la resolución de las discrepancias. Capítulo importante (el más importante): Sánchez sabe que la ortodoxia fiscal no resurgirá de sus cenizas hasta 2024. Lo demás, es secundario. Salvo que afecte a los principios por los que se rige la Unión. Por eso, habrá acuerdo para renovar el CGPJ. Por eso, en este asunto, largamente enquistado, está dispuesto a ceder.

Todo está previsto. El programa de festejos del segundo semestre de 2023 va a ser sensacional. Lo nunca visto. Nadie, eso creen, se acordará de las promesas incumplidas, de los pactos antinatura, de las cesiones vergonzantes. Y quien se acuerde correrá el riesgo de ser tachado de antipatriota. Tezanos se encargará de regar la expectativa, se vigilarán de cerca los editoriales de El País (el medio de mayor influencia fuera de nuestras fronteras; “una fuerza que impresiona”,que diría Chirbes), se tratará con mimo a los corresponsales extranjeros y, si las circunstancias lo aconsejan, se elevará el tono contra la prensa crítica y los secuaces mediáticos de los poderosos.

Pedro Sánchez, como la Alicia de Scorsese, ya no vive aquí. Porque aquí ya no hay apenas karaokes en los que poder cantar; porque a lo de “aquí”, como se puso de manifiesto en el Senado, conviene aplicarle el correspondiente anestésico; porque aburre, y hasta molesta; y porque, ¿qué utilidad tiene airear nuestras miserias y malograr la grandeur que nos espera al otro lado de la frontera?

La postdata: Estado clientelar, manoseo institucional*

“El hecho evidente es que España, con las profundas raíces de un histórico caciquismo hoy día mutado en clientelismo voraz, representa en estos momentos el vivo paradigma de lo que se puede calificar sin ambages como un Estado clientelar de partidos. El manoseo institucional, más o menos grosero, ha formado parte de la política española desde los primeros pasos del Estado Liberal y se ha practicado con empeño creciente desde 1978 a nuestros días, momento en el que el deterioro institucional amenaza ruina. La clave diferencialradica en que antes, por lo común, los nombramientos recaían sobre personas de cierto prestigio académico o profesional, mientras que en los últimos tiempos se buscan perfiles vicarios, fieles o férreos guardianes de la política del partido que se traslada sin rubor a esos espacios institucionales como prolongación de la política partidista. Hablar en este contexto de separación de poderes y de confianza ciudadana en sus instituciones, es una mera ficción de burdos ilusionistas políticos, en los que ya pocos creen. Y no es buena noticia, precisamente. Tampoco para ellos”.

(*) Crisis institucional y separación de poderes en un Estado clientelar de partidos. Rafael Jiménez Asensio, doctor en Derecho por la Universidad del País Vasco. Consultor de Administraciones Públicas.

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