desengaño tecnológico

El caso del espionaje con el programa Pegasus, de la empresa israelí NSO Group, ha generado una controversia que se ha analizado con profusión en los últimos días. Dada la liberalidad con la que parece haberse usado esta herramienta en todo el mundo, es previsible que se continúe hablando de ella en las próximas semanas o meses. Y está bien que así sea, pues si bien es grave el hecho en sí, lo sería todavía más si además, asumiendo el cinismo de los propios fabricantes del programa –«no hombre, no, no sea usted mal pensado, esto es solo para perseguir a malos malísimos»–, renunciáramos a preocuparnos o a fingir indignación. Sabemos que el espionaje existe, pero normalizarlo en nuestras manifestaciones contribuiría a ampliar no ya la impunidad de quienes lo comenten, sino el perímetro de sus acciones. Equilibrios precarios. 

Hasta ahora, los comentarios han ido enfocándose desde los asuntos más inmediatos y coyunturales hasta los más generales: primero se habló de cómo podría afectar el supuesto espionaje a los implicados y a la estabilidad del Gobierno. Después, de cómo hechos como los denunciados ponen en peligro las libertades y la misma democracia si no se establecen controles efectivos a su venta y uso. En el debate nacional han primado los comentarios sobre los efectos inmediatos, mientras que en el Parlamento Europeo tuvo lugar una discusión de fondo sobre la necesidad de legislación nueva y específica.

Más allá del debate cotidiano sobre posibles impactos en la gobernabilidad, u otros más de fondo como la debilidad de las instituciones frente a empresas tecnológicas grandes o pequeñas, el episodio Pegasus y su recepción pública es otra muestra del desengaño tecnológico extendido entre muchos ciudadanos. La sospecha general está instalada desde hace tiempo, y escándalos como estos apuntalan la percepción de que la tecnología juega en nuestra contra en ámbitos clave de nuestra vida. Ya sea en la merma de nuestra capacidad de atención, en la vulneración de nuestra intimidad o en la degradación de nuestros derechos laborales. No es que la tecnología no nos provea ventajas evidentes, tanto logísticas y organizativas como de fondo en diversos campos de la industria o la medicina. Pero lejos queda el pensamiento tecnooptimista, horizontal y democrático con el que los primeros valedores de la red creyeron estar cambiando el mundo para siempre. 

Un discurso que Thomas Mann ponía en boca del positivista Settembrini de La montaña mágica, publicada en 1924: «La raza humana había salido de la sombra, del miedo y el odio, pero ahora progresaba hacia un estadio último de simpatía, luz interior, bondad y felicidad; y en ese camino la técnica era el vehículo útil». Desde ahí, hasta Cambridge Analytica o Pegasus, y, antes, los instrumentos financieros complejos o la elusión fiscal. Un desengaño tecnológico que ha sido tan habitual en la historia como su contrario, el entusiasmo con las máquinas. El filósofo argentino Dardo Scavino acaba de publicar un libro que arroja luz sobre la relación ciclotímica que hemos mantenido con la tecnología a lo largo de veinte siglos. En Máquinas filosóficas(Anagrama) aparece el entusiasmo o la esperanza de Descartes o Marx, o el escepticismo contemporáneo de Carr o Byung Chul Han. Dice Scavino que «la técnica no es solo un asunto de cables, engranajes o circuitos integrados sino también de poder en el seno de una sociedad», y recuerda qué nos decía de la actual revolución industrial Norbert Weiner, fundador de la teoría de la cibernética, en una fecha tan temprana como 1950: «Es un arma de doble filo» que los gobiernos deberían «orientar en beneficio del hombre, para el ensanchamiento de su ocio y el enriquecimiento de su vida espiritual», y no para el enriquecimiento económico de una minoría y la adoración de la máquina «como el nuevo becerro de oro». 

Más de siete décadas después, parecemos haber caído en todas las trampas.

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