El CGPSOE

Si alguien tenía verdaderamente bloqueada la Justicia, no sólo unos nombramientos sino la esencia misma, era el PSOE desde hace más de 35 años. Pero la derecha, que se siente obligada a apellidarse «democrática» o «moderna» o «liberal», vuelve a sentir remordimientos después de tanta acusación política y mediática: «El PP lleva años incumpliendo la ley», «El PP bloquea las instituciones», «El PP viola todas las leyes en beneficio propio»…

Y ahora, mientras pasan por el aro por enésima vez, seguirán tragándose los memes políticos del propio Sánchez que presumirá, ajustándose los puños de la camisa, de haber domesticado a la derecha sin despeinarse demasiado.

Todo puede ser incluso peor: se comenta que Sánchez dice que el Parlamento —Podemos, Bildu, ERC— no quiere «el modelo del PP», que es —o era— el que contempla la Constitución, lo que lleva a pensar sin temor a equivocarse que la Constitución ya sólo es modelo del PP y esperemos que también de Vox. Como siga la presión de la izquierda corremos el serio riesgo de que también abjure de ella el PP.

Para el PSOE la Justicia es De Prada, Garzón, Delgado, Fernández Bermejo, Bacigalupo, Conde Pumpido. Es decir, la comunión absoluta político-judicial que bien podríamos representar en la versión caricaturizada de la diosa Iustitia sin venda en los ojos, empuñando la rosa en vez de la balanza y blandiendo la espada (dura lex, sed lex) que cortará las cabezas tibias de la derecha.

Y, cómo olvidarlo, para el PSOE la Justicia también es acabar con Javier Gómez de Liaño, Marino Barbero, Eduardo Fungairiño, María Dolores Márquez de Prado, Jesús Cardenal o Mercedes Alaya… por poner ejemplos conocidos de indomables, molestos o, simplemente, desafectos a la corte, entre jueces y fiscales. Hoy hay menos, por desgracia. Pero si son dignos de elogio García Castellón, Llarena o Piñar… mírense las campañas de acoso de la izquierda para comprobar que el objetivo sigue intacto.

Todo tiene una posible explicación. Después de cuarenta años de dictadura y de una complejísima y brillante Transición, el PSOE necesitaba todos los bagajes posibles. Haciendo algunas cosas bien —o simplemente mejor que los sucesores Zapatero y Sánchez— Felipe González trazó su mandato a muy largo plazo. Y en tanto tiempo habría que cruzar líneas y cubrir los descuidos con un buen asesoramiento jurídico pero también, y sobre todo, con un inequívoco respaldo judicial. Por eso el franquismo acaba en 1983 según la nueva Ley de Memoria Democrática. Para que con el PSOE empiece la democracia, la suya, la intransferible.

Prevaricar ya no está mal visto si está respaldado por una mayoría parlamentaria. No en vano, dichas mayorías están excarcelando terroristas, indultando golpistas o negando la biología. Con todo el aparato no vinculante en contra pero sin trabas reales. Legalmente, claro. Y cuando la legalidad cambia bruscamente es porque ya ha cambiado el régimen y no hemos querido darnos cuenta. Con el debido apoyo parlamentario, sí. De hecho, en el caso del literalmente puñetero CGPJ, el Gobierno de Sánchez va reformando, prohibiendo o permitiendo según sus necesidades.

El verdadero problema para este presidente es que la no renovación mantiene un CGPJ de la época del PP que no le resulta favorable, que no le sirve para pagar del todo la hipoteca a sus socios, para avanzar completamente en su proyecto personal.

Qué decía la UE, qué dice Feijóo y el fatal mensaje de Pons

Didier Reynders, comisario europeo de Justicia, está convencido de que primero hay que renovar, dando la razón al PSOE, y después cambiar el sistema, dando la razón al PP. O sea, hacerlo mal primero, y después bien pero sin pelearse con nadie porque todos veneran al que viene de visita con pinganillo. Insiste el comisario en la compatibilidad de su modelo: que renovamos con la vieja ley, la del zoco y el precio del kilo de vocal, pero con la condición de que antes de julio del 2023 ha de estar reformada la ley con el espíritu anterior.

Se enfanga Didier: «Podemos hablar sobre si se debería hacer primero la reforma del modelo y luego la renovación, o al revés, pero la preocupación principal es la renovación». Falso, no se habla en los autobuses y en los bares de esto de la renovación, pero sí se abuchea a Sánchez en cuanto asoma la gaita. Añade Reynders que si no propone hacerlo correctamente, es decir primero la reforma y luego los nombramientos con las reglas ya acordes a la Constitución, es porque «de momento es demasiado pronto» y nadie le ha enseñado «textos sobre la reforma». Uf, habrá que ponerse a escribir, qué pereza… Europa.

Quede claro lo que vino a resolver el comisario: «No estoy aquí para negociar ni para hacer el trabajo de los políticos españoles (…) Es una tarea del pueblo español, de los grupos parlamentarios y del Gobierno organizar esa reforma y aprobar la Ley. La comisión no está para eso, sino para promover el Estado de Derecho«. Todo esto y poco más lo dijo el 30 de septiembre en un desayuno informativo de Nueva Economía Fórum.

Y ya está, el comisario experto consultivo no vinculante hasta que no se transponga o transfigure, se marchó a casa satisfecho por la relación esfuerzo-precio de su faena. Y desayunado. En todo caso, y en el orden que se quiera, Sánchez ya ha dicho no al «modelo del PP», no quiere reforma alguna, y eso debe apuntarlo Reynders para que la visita (y Europa) sirva de algo.

Alberto Núñez Feijóo corre el riesgo innecesario de gallardonear: diagnosticar bien el problema, anunciar su solución y aplicar la contraria. En este terreno ya no hay buena voluntad de la que presumir: es hacer o rendirse, se agotaron los términos medios ¿Los políticos del PP están buscando perfiles despolitizados? Feijóo debería evitarnos esa burla. O la de los documentos firmados como compromiso fiable. ¿Con el PSOE? ¿El del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo de diciembre de 2000 violado de la mano de la propia ETA antes de firmarlo?

Los políticos sólo tienen que favorecer la independencia permitiendo legislativamente que sean los jueces los que se elijan. Hay que cortar los hilos que unen los poderes del Estado, hacer la Ley, apartarse y temerla. Sería, de paso, una promesa creíble contra la corrupción: no tenemos jueces en nómina.

Esteban González Pons quiso ser original y llevó la cosa al mundo de la pareja. Pero la Justicia no es asunto de parejas, ni de bromas, porque afecta a la democracia, a todos los ciudadanos, no sólo al PP y PSOE. Ni siquiera en términos de negociación, que se supone que era lo que pretendía Pons con Bolaños como si fueran Pimpinela entrados en (más) años.

«Nos hemos dado una última oportunidad. Todo aquel que en esta vida haya tenido una pareja y se haya dado una última oportunidad, sabe de lo que estamos hablando. Jugar al todo o nada».

Pues todo. O nada. Pero si te das la última oportunidad con quien presume de ponerte los cuernos es evidente que vas de perdedor en una negociación que ni siquiera debería producirse. En todo caso, Pons nos propuso el «vamos a llevarnos bien», el mal menor, como solución. Y, sobre todo, nos dejó la peor imagen posible: PP y PSOE son pareja, idea insoportable y peligrosa estando a meses de unas elecciones regionales y locales que desembocan en generales el año que viene.

Pablo Casado y Teodoro García Egea presumieron de revolucionarios después de haber abogado directamente por el modelo socialista y de aquel escándalo en el que se vio involucrado Ignacio Cosidó. Pero la aparente dureza fue una simple pose porque después se supo que pactaban en secreto con el PSOE, como parece que siempre les gustó, jugando a fontaneros de los de antes.

Los paparajotes, dulces tradicionales y rústicos de la huerta murciana con los que el secretario general se perdía en mitad de las campañas para exhibir liderazgo, rodearse de pueblo y alimentar la vanidad eran, en realidad, los peperejotas: cloaquillas en las que repartirse jueces con los socialistas sin que lo pareciera. Aún está esperando a que los tontos le aplaudan. Riquísimos, con moderación, los paparajotes auténticos, pero siempre hay que recordar a los incautos que la hoja del limón sobre la que se vierte el dulce no se come por mucha mistela que lleves encima. Es un postre-trampa y estuvieron a punto de servírnoslo. 

El partido que preside ahora Núñez Feijóo no ha querido esforzarse demasiado en explicar por qué no tiene culpa del bloqueo y, sobre todo, por qué no pasa nada si no se renueva el CGPJ cuando se está persiguiendo una vuelta al modelo constitucional, único posible en una democracia.

Antes de caer en la tentación murciana, ¿qué debería hacer el PP? Sin duda, forzar la situación hasta el final y venderlo como lo que es: un esfuerzo positivo, llevado a un modo de protesta si fuera necesario. ¿Es la ley la que obliga y el PP la incumple? Pues es injusta a todas luces: lo dice, aunque confunda el orden de los factores, hasta la carísima burocracia europea que tanto frecuenta Pons, el pretendiente de Bolaños.

Y, por enésima vez, la cansina queja, el manido lamento: ¿quieren los jueces? Pues que ayuden. Si son los políticos los únicos que buscan la independencia judicial, es evidente que jamás llegará.

La revolución todavía es posible. Queda poco tiempo para unas elecciones que desalojarán al bicho multicolor. Aguanten políticos, jueces, fiscales, vocales y consonantes. De todas formas les van a insultar. Merezcan al menos el honor.

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