El espía que me indultó

Esta misma semana, en plena escandalera política por las escuchas del CNI, El Debate publicaba –gracias a la perseverancia de Antonio Naranjo– la exclusiva de los expedientes de los indultos concedidos por Pedro Sánchez a los condenados del procés. El propio Gobierno reconocía que estaba retorciendo al máximo las previsiones legales para ejercer el derecho de gracia al ignorar los principios de equidad y justicia. La argumentación es la misma para cada uno de los nueve condenados, a pesar de que los indultos han de ser individuales, y las condiciones objetivas de arrepentimiento y aceptación de la ley fueron obviadas en favor de algo tan subjetivo como el concepto de interés público. Ese supuesto interés público resultaba a todas luces muy privado. Como señaló la Fiscalía en su informe contrario a los indultos, el Gobierno estaba indultando a sus socios que le permiten mantenerse en el poder. En ese obsceno do ut des, el interés público no se ve por ningún lado.

Pere Aragonès está indignado por haber sido objeto de escuchas. Es lo natural; a nadie le gusta ser espiado por más justificado y legal que resulte. A los delincuentes tampoco les gusta que la Policía tenga el mal gusto de interrumpir sus actividades. Lo que no es natural ni lógico ni tiene justificación alguna es dejar la gobernabilidad del país en manos de alguien que constituye una amenaza para ese país. Tampoco tiene mucho sentido indultar a quien luego tienes que vigilar para que no vuelvan a delinquir.

Todos los gobiernos sufren el desgaste de la gestión y más en unos años tan duros como los que hemos vivido con la pandemia. Pero más allá de sus evidentes torpezas e ineficacias, este gobierno de Sánchez nació desgastado desde el inicio de su andadura por la naturaleza de sus pactos. Todo el andamiaje de poder que le ha permitido a Sánchez ser presidente con apenas 120 escaños está colapsando no por el desgaste sino por un fallo de estructura original. Cada vibración de la actualidad provoca la caída de nuevos cascotes.

Cuentan las crónicas que Pedro Sánchez y Pere Aragonès se han dicho en Barcelona lo que se dicen todas las parejas cuando su convivencia ha tocado fondo. Ese «tenemos que hablar» suele ser el punto final, el reconocimiento del fracaso de la relación y, en la mayoría de casos, el paso previo al reparto de los bienes de la pareja. No será en esta ocasión.

Sánchez y Aragonès hablarán de lo suyo pero probablemente sigan juntos porque no pueden hacer otra cosa. Dentro de unas semanas asistiremos a otra crisis y luego a otra más. Cada una más grave que la anterior y así hasta el final agónico de esta legislatura que ya solo puede ofrecer a los españoles inestabilidad y pobreza.

Con este matrimonio de conveniencia entre el PSOE y el peor independentismo pasa lo mismo que con el de Johny Depp y Amber Head. El espectáculo está garantizado, aunque a veces resulta difícil adivinar cuál de los dos miembros de la pareja es el más tramposo.

El espía que me indultó

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