El gran pulso

Mientras los combates se suceden en Ucrania, otra pugna, de no menor trascendencia, se desarrolla en los terrenos de la economía, la que Estados Unidos, con el respaldo de sus aliados occidentales, ha desatado contra Rusia para garantizar que pagará un alto precio por la invasión de su Estado vecino. La campaña tiene múltiples facetas. Está el precio que nosotros tenemos que pagar por ello, que se traduce en inflación. También debemos considerar la reacción rusa, exigiendo el pago de sus productos en rublos y amenazando con reducir o poner fin al suministro de gas y petróleo a algunos Estados. Sin embargo, siendo todo ello interesante, quisiera referirme a un tercer aspecto, quizás el más importante.

La guerra económica, como la campaña militar en Ucrania, ha sido planteada por Estados Unidos como una operación de desgaste. Por razones obvias, ha habido mucha improvisación en su diseño y ejecución. Ya no hay marcha atrás posible sin dejarse girones de dignidad, lo que no debe impedirnos señalar con preocupación los efectos a medio plazo. Consideremos algunos.

El Gobierno alemán se ha visto desbordado por la presión internacional y por su propia opinión pública, lo que le ha forzado a renunciar a su política tradicional de entendimiento con Rusia. Una relación enraizada en la historia. El coste para su economía de renunciar al gas ruso es sencillamente inasumible, de ahí que sectores políticos e industriales exijan una reconsideración lo antes posible. Por ahora el sentimiento de culpa, otra vez, y la arrogancia rusa impiden ese nuevo giro.

Las elecciones presidenciales francesas han evidenciado el peso de las fuerzas políticas más comprensivas con la posición rusa. La victoria de Macron puede resultar engañosa. Francia puede entender la reacción de Estados Unidos y condenar sin paliativos la invasión rusa, pero a la postre la incesante búsqueda del equilibrio en el Viejo Continente llevará a sus dirigentes a trabar un nuevo entendimiento con el Kremlin. Mientras Estados Unidos insista en el foco estratégico chino, resultará cada vez más necesario para Francia y Alemania, las dos potencias de referencia de la Unión Europea, establecer un nuevo equilibrio en el continente.

El alza de los precios derivado parcialmente de la guerra económica contra Rusia va a tener consecuencias políticas. Con el nivel de deuda acumulado los márgenes de maniobra son escasos y el estado de bienestar va a comenzar a manifestar grietas, en particular en aquellos países en los que los electores no hayan tenido buen juicio a la hora de elegir a sus gobernantes. La presión popular por mantener su nivel de vida va a ir en aumento, en beneficio de los intereses de Rusia.

Putin invadió Ucrania cuando consideró que disponía de los medios suficientes para impedir una contraofensiva económica. Seguro que se equivocó en la valoración de daños, pero en lo fundamental Europa, y en especial Alemania, sigue teniendo hoy una dependencia crítica del gas ruso. Para los dirigentes de Moscú se ha iniciado un pulso que están seguros de ganar. En su perspectiva nuestras sociedades son quebradizas, nuestros valores escasos, el vínculo trasatlántico está en «muerte cerebral», nuestra dependencia del mercado chino es enorme, nuestra confianza en el imprevisible liderazgo norteamericano endeble, por lo que al final seremos nosotros los que acabaremos cediendo, llevándonos por delante a la propia OTAN.

La cumbre de la Alianza Atlántica se acerca y con ella la inquietud por saber en qué medida la cohesión de la Alianza, tan ensalzada en los últimos meses, se mantiene en pie, reforzándose y adaptándose a un tiempo nuevo. Es una necesidad. Hoy, como en la postguerra mundial, Europa necesita del vínculo trasatlántico para hacer frente a los nuevos, o no tan nuevos, retos de seguridad.

La guerra económica

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