El periodista y el político

Entre determinada prensa y la mayoría de los políticos hay la misma promiscuidad que se da entre los poderes Ejecutivo y Judicial. Confusión, compadreo, puerta giratoria y ventaja mutua contra los intereses del ciudadano.

Está el periodista que se desvive y disfruta rodeándose de los miembros del gobierno —y hasta de sus cónyuges— y está el político que se levanta y se va cuando llega el periodista incómodo. Un ejemplo de lo último —no conozco más— es lo sucedido en la concesión a Federico Jiménez Losantos del Premio Heraldo de Periodismo Antonio Mompeón Motos. 

La primera noticia destacable es la valentía del Heraldo de Aragón al premiar a un periodista enemigo del compadreo y que además no pertenece a su grupo editorial —Henneo—, simplemente porque le consideran merecedor de un reconocimiento. Así deberían ser siempre los premios, por mérito. Pero la nota discordante, distinción añadida para el premiado, fue el desplante del presidente de la Comunidad de Aragón en el momento en el que Federico subía al escenario a recoger el galardón y pronunciar un breve discurso.

Volvió Javier Lambán, convertido en paréntesis, al terminar la intervención que pretendía boicotear pero no tardaron en mentarle el «dime con quien gobiernas…» ya con Federico sentado, premiado y el público a favor. Calculó mal. Y peor o fatal van las cosas cuando es el político el que protesta, el gobernante el que hace el aspaviento, el poderoso el que se manifiesta, el que lleva las camisetas reivindicativas que prohíben en los campos de fútbol. Es el mundo, no del revés, sino el mundo del compadreo político periodístico. Un peligro de inmensas proporciones.

Como siempre, en esto también hay diferencias. En la izquierda, Lambán se va con la dignidad de cartón piedra cuando premian a un comunicador crítico. En la derecha, Íñigo Méndez de Vigo se pone de esmoquin para escuchar, en los Goya de 2016, las burlas en su contra y carcajearlas —su esposa no, de ninguna manera— para conservar el derecho de admisión en las fiestas de la izquierda. Ninguno de los dos merece demasiado respeto pero caramba con el eterno complejo de culpa o inferioridad.

El periodista tiene el deber de relacionarse con el político como informador y el político tiene el deber de atenderlo para que exista información libre. De esta premisa saludable salen sobremesas, que no son malas si son pocas, que acaban en brindis, siempre letales. Demasiadas veces ya no se distingue al periodista del político —y viceversa— y eso tiene una fatal traducción en términos de libertades: de ahí vienen los favores que salvan oligopolios insostenibles, que conceden o deniegan televisiones y radios, que alfombran el camino de grupos enteros de comunicación porque, quizá en una sobremesa, se ha fulminado la posibilidad de competencia con un brindis.

No pasará porque la prensa, salvo excepciones, tiende a la admiración al poder, pero Lambán bien se merece una espantada en su próxima rueda de prensa. Eso sí, primero que se le pregunte qué hay de los fondos Covid en Aragón y luego que se quede bien solo con su propio titular, si es capaz de ofrecer alguno.

Lambán, solista de Los Panchos

Las reacciones airadas y los despechos suceden, sobre todo, con los políticos que se dicen más próximos al periodismo crítico, los que a veces buscan eso que llaman «aproximaciones», los que quieren distinguirse de la matriz cuando la matriz zozobra, siempre sin arriesgar un pelo. Son los políticos que no han llegado a convencer al periodista crítico porque no compadrea y que cuando ven ya agotadas las oportunidades se inflaman, se indignan y hasta se querellan. Por lo visto, no les va molestia alguna en el sueldo.

Entre ellos está Lambán el Airado, pero también Emiliano García PageGuillermo Fernández Vara y antaño José Bono o Alfonso Guerra, expertos en nadar y guardar la ropa, españoles de pro que no han hecho más que votar contra los intereses más importantes de los ciudadanos y de España. Total, sólo es apretar un botón y a veces hasta se equivocan con tanto «sí es sí» o «no es no», estupideces reiterativas vigentes desde que volvió el comunismo. Pues no cabe escudarse en disciplinas de voto. Y si no, que tengan esa misma disciplina después de apretar el botón y no llamen a los periodistas para lamentarse o lavar su imagen.

Pintan mal los augurios electorales para el socialismo con el mayo florido y electoral a la vuelta de la esquina, así que los Lambán, Page y Vara, antaño los tres mosqueteros, hoy los Panchos, vuelven a entonar boleros plañideros de España. ¡Ay las horrendas compañías! Con lo hermosa que es la patria («madre y no madrajtra», que decía Bono) y lo mal que la tratan estos de Bildu, los de la Esquerra o los bolivarianos…

Uno de ellos, el manchego, pidió «vaselina» a los Reyes Magos cuando Sánchez buscaba el favor de ERC; el otro, el extremeño, dijo usar «antieméticos» para soportar el trago. Y el cuadro dantesco terminaba mostrando algo así como a un mamporrero resignado y a un tipo con la cabeza metida en el retrete, ambos presidentes socialistas de comunidades autónomas aparentemente disidentes. Ahora, el manchego vuelve a sacar la cabeza en una entrevista con Jorge Bustos en El Mundo: malas compañías, dice otra vez. Pero pasa lo que pasaba con Bono y Guerra, que gemían y luego en el Congreso votaban contra su gemido. Por ejemplo, Guerra a favor del Estatuto de Cataluña, que no era más que el guion de un golpe de Estado permanente.

Se echa de menos algo de sinceridad. Por empezar con algún ejemplo: García Page es secretario general de los socialistas castellanomanchegos y de él dependen de alguna forma los diputados nacionales Sergio Gutiérrez y Esther Padilla, por Toledo; Manuel González Ramos y María Luisa Vilches, por Albacete; Miguel Ángel González Caballero y Cristina López, por Ciudad Real; Luis Carlos Sahuquillo y Mariana de Gracia Canales, por Cuenca; y Magdalena Valerio, ex ministra de Trabajo, por Guadalajara. Once diputados socialistas. ¿Han votado alguna vez junto a Bildu, Podemos y ERC como bloque gobernante en el Congreso? Siempre. García Page no, porque no puede, al ser senador. Pero los suyos, siempre. ¿Entonces? La pulserita rojigualda, cuatro titulares, dos halagos y poco más.

Pero él insiste en aparecer como definitivamente discordante: «No comparto que Feijóo sea un insolvente ni es acertado decirlo». Bien está, pese al riesgo de que el PP acepte el elogio del adversario para acabar como Méndez de Vigo. Pero ¿y de Ayuso qué opina el que acusaba a Madrid de infectar a toda España con el coronavirus? ¿Es acertado sostenerlo teniendo hospitales nuevos vacíos?

Veremos más golpes de pecho, desplantes y eternas sobremesas de los socialistas que temen el efecto Despeñapedros. Menudos son, tan simpáticos con la prensa, salvo que sea inexpugnable. Entonces es cuando se levantan y se van… como Lambán. Pues así entrenan. Que les queda bien poco para hacerlo de verdad.

javier lamban aragon.jpg

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