El plan es la república federal

El golpe sedicioso del independentismo catalán se va a quedar en mero desorden, la gamberrada inocente de unos pobres muchachos que jugaban a declarar la independencia de Cataluña y lo hicieron, pero sólo en apariencia, queriendo sin querer, con la candorosa idea de generar cierto barullo, algo de alboroto, un berenjenal menor que nunca debería ser considerado rebelión, ni sedición, ni conspiración, ni nada. Apenas un juego que no ha sabido interpretar el resto de España. Ni siquiera los jueces.

Sus Señorías supremas del Supremo, con Marchena al frente, son los primeros responsables del actual estado de desorden. Pastelearon la sentencia y le llamaron sedición a lo que en realidad es rebelión. Sabiendo lo que fue. Lo dijo la Fiscalía y también Sánchez, aunque ahora no se acuerde. O no se quiera acordar. «Clarísimamente ha habido un delito de rebelión», declaró a la televisión. También remarcó que nunca derogaría la sedición. «Nunca es nunca», le espetó a los esquerros. Y ya vemos qué significa «nunca». Lo ha explicado muy bien Junqueras: «el delito de sedición se deroga, se suprime, desaparece, se desintegra, se pulveriza, no existe, no existirá». Se ríe Junqueras del «nunca-es-nunca» pedriano y se ríe Sánchez de nosotros, de los que le votaron cuando afirmó que «no gobernaré con los independentistas», que traería a Puigdemont a España.

Es verdad, sí, Puigdemont va a volver, pero como un torero, a hombros del separatismo, como un vencedor, por mucho que le metan en la cárcel, y aunque esté en prisión mientras se celebra la próxima campaña electoral. Estará unos meses, quizás unos años, pero saldrá como todos los demás por la puerta grande, riéndose como Junqueras, mofándose de España y de su Justicia y de su Gobierno, choteándose de todos nosotros porque ha vivido como un marqués en Waterloo con el dinero del presupuesto del Estado, porque huyó de la Justicia sin que eso le acarree mayor condena, porque sólo va a poder ser empurado por ser un follonero callejero. Hasta de la malversación se librará Puigdemont.

Te pueden condenar a cinco años por poner la música alta, por delitos informáticos menores, por vender coches trucados. Si eres un ciudadano de a pie cumplirás los años que te caigan. Si eres Junqueras o Puigdemont, no. Serás indultado pese a haber declarado la independencia, estarás el tiempo justo entre rejas gozando de todo tipo de privilegios, volverás a ser reelegido para re-intentarlo una y otra vez como proclaman. Esa es la normalidad de la que se jacta nuestra sanchidad. La normalidad de claudicar, de indultarles primero, de derogar la sedición después, de eximirles de la malversación también. Solo que no se normaliza nada. Se alimenta a la bestia.

La convivencia mejoró porque se les condenó. Cediendo ante ellos como ahora, todo volverá a empeorar, más tarde o más temprano. Porque van a pedir otra vez el referéndum y la independencia, como dijo Aragonés tras remarcar la importancia del «pacto» alcanzado con el Gobierno. Un pacto a cambio de que Sánchez siga gobernando. O como señaló ayer Ayuso, para que se pueda llevar a efecto el auténtico plan: convertir España en una república federal, donde Cataluña sea un estado meramente asociado. Menos mal que Feijóo rompió a tiempo la negociación del PP con el PSOE sobre el Poder Judicial. Menos mal.

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