el Rasputín de Sánchez

Félix Bolaños (Madrid, 17 de diciembre de 1975) querría ser Robin para su Batman Sánchez, pero los últimos acontecimientos le han puesto un poco cara de Jóker, el malo de una película donde todos parecen villanos.

Aunque estudió Derecho, la especialidad del ministro de Presidencia es la fontanería desde que en 2014 conoció al actual presidente en las fiestas de Aluche y surgió un flechazo interesado: más que Harry encontrando a Sally, aquello se pareció a los inicios del matrimonio de conveniencia de Depardieu y MacDowell en la gran pantalla.

Uno necesitaba intendencia y al otro le encantaba darla, y ahí surgió una amistad interesada con la que Sánchez brillaba en el centro de la pista y Bolaños se encargaba de que no le faltaran los focos, siempre desde la penumbra.La crisis de Pegasus y su enfrentamiento con Margarita Robles, a quien ha pretendido encasquetarle los supuestos fallos en la seguridad de Sánchez ante el espionaje marroquí que en realidad son suyos, le han sacado de ese espacio de confort que es la retaguardia para ponerle en el centro de la diana con varias preguntas que no ha sabido responder:

¿Qué hizo para evitar ese asalto externo de Mohamed VI, un suponer? ¿Por qué dijo que se enteraron el pasado fin de semana si lo saben desde hace casi un año? ¿Qué le robaron a Sánchez de ese teléfono móvil donde guardaba mucho más que su eterna colección de selfies?

Tras ocho años entre bambalinas, Bolaños ha salido a empujones al escenario para llevarse una lluvia de tomates de inciertas consecuencias para su vida política, corta en el tiempo, pero intensa en el contenido.

Él formó parte, con Iván Redondo, del núcleo duro del sanchismo, en un dúo al que conocían por Oliver y Benji, que siempre ganaba los partidos hasta que la magia se quebró: el consultor salió por piernas, o a patadas, según la versión; y el hijo de inmigrantes a Alemania, árbitro y repartidor de pizzas para pagarse los estudios, le tocó saltar de una Secretaría de Estado a un Ministerio para hacerse definitivamente con el control total del búnker monclovita. Pero también para poner su cara a todos los problemas.

Del poder de «Superbolaños», como le bautizó Zapatero, da cuenta la acumulación de funciones en el partido y en el Gobierno; la caída de todos sus rivales (de Redondo Ábalos Calvo) y la naturaleza de sus misiones: él se encargó de la operación de exhumación de Franco; de los controvertidos coqueteos del PSOE con la reforma de la Constitución; del asalto al Poder Judicial y ahora de gestionar el infierno en el que Sánchez se ha empadronado voluntariamente por encamarse con todo el separatismo.

Hijo único, padre de una hija y emparejado con una asesora del Ministerio de Educación, a Bolaños no le ha sentado nada bien dejar de ser el chico discreto que prestaba sus apuntes en el instituto y trabajaba contento en el Banco de España para ejercer de Rasputín de su Zar.

De repente, todos sus conocimientos han quedado sepultados por todas sus lagunas y todos los enemigos generados en el camino que aguardan un desenlace similar al del célebre consiglieri de los Románov.

Pero quien conozca la historia del peculiar monje ruso, sabrá que no bastó con envenenarle y dispararle para acabar con él: tuvieron que arrojarlo al río Neva y solo allí consiguieron que muriera ahogado. Y Bolaños, al menos de momento, tiene flotador.

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