Diada más crispada

Una década después del inicio del movimiento insurreccional del procés, cuando la multitudinaria manifestación de 2012 desbordó a los organizadores y embriagó a una parte de la sociedad catalana con la posibilidad de una independencia rápida e indolora, el nacionalismo afronta la Diada atrapado por la nostalgia de la oportunidad perdida y dividido por la pugna entre ERC y JxCat para controlar en exclusiva la Generalitat.

La anunciada ausencia del presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, de la manifestación del 11-S organizada por la ANC, a la que acusa de haberla diseñado para ir en contra de ERC y no «del Estado», retrata sin filtros embellecedores la hoy imposible unidad independentista. Así como el rechazo republicano a mantener vivo el movimiento populista que durante los años previos al 1-O, con las grandes exhibiciones de apoyo popular de 2012 a 2017, impuso la doctrina de la masa, trasladó el debate político de las instituciones a la calle y revistió de «legitimidad popular» el asalto al orden constitucional.

Una vez recuperada la presidencia de la Generalitat, de la que ERC siempre se ha considerado legítima depositaria por ser la formación de MaciàCompanys y Tarradellas, a los republicanos no les interesa el ruido en la calle ni un choque institucional descontrolado que pongan en riesgo el camino para convertirse en el partido hegemónico del nacionalismo catalán. Gracias, en buena medida, a la estrategia compartida con el Gobierno de Pedro Sánchez en la mesa de negociación bilateral.

Los republicanos se mantuvieron agarrados a este foro, incluso, cuando estalló la polémica por el espionaje del CNI, al considerar que representa «una oportunidad única» para seguir ahondando en el autogobierno. Garantizándose blindajes competenciales en materia económica, cultural y judicial, mientras se consolida la relación de «Estado a Estado» con el Ejecutivo de Pedro Sánchez.

Los sondeos y ERC

Los buenos sondeos que maneja ERC, donde en las próximas municipales podría hacerse por primera vez con la Alcaldía de Barcelona y tener el control de las cuatro capitales de provincia, avalan esta apuesta por colaborar con el PSOE, así como de aguantar los insultos de los sectores más radicales del separatismo.

En este clima de hostilidades, la dirección de ERC ordenó a sus cuadros ningunear los actos que estuvieran al margen de la agenda institucional de la Diada. Una directriz que ha aplicado incluso TV3, que en años anteriores llamaba a participar en la manifestación independentista, siendo, de hecho, uno de los principales artífices de su multitudinario éxito, y que esta vez ha diluido prudentemente su entusiasmo. Para evitarse profundizar en lo obvio: el conflicto en el seno del nacionalismo entre los autodenominados «pragmáticos» (ERC y Òmnium) y los «irredentos» (JxCat, la CUP y la ANC). Así como el principal problema que comparten unos y otros: su falta de credibilidad entre el votante nacionalista que todavía no se ha olvidado de las prometida República Catalana.

Con el decisivo apoyo del establishment empresarial y periodístico, que tras el fracaso de la Operación Illa se ha encomendado temporalmente a Aragonès -«el niño de la barba»- desde la lógica del mal menor, los republicanos dicen ser el partido que garantiza el retorno a la estabilidad institucional mediante un independentismo «gradualista». Que en el fondo es la actualización del viejo pragmatismo pujolista, aprovechando la impunidad que le garantiza el Gobierno -la libre imposición del monolingüismo en la escuela es, seguramente, su mayor ejemplo-, para construir una mayoría social favorable al referéndum de autodeterminación que acabe desbordando al Estado y le obligue a poner fecha. ERC habla de otoño del 2024. «Cataluña volverá a votar», fue el compromiso de Aragonès en el discurso institucional de la Diada.

A diferencia de la desnortada JxCat, que se resiste a asumir que la vía unilateral de 2017 ya no es posible, porque ni tiene el mismo apoyo social ni ningún dirigente está dispuesto a pisar la cárcel, el espejo internacional en el que se mira Aragonès es el del Partido Nacionalista Escocés (PNB) de Nicola Sturgeon, que vuelve a exigir a Londres la convocatoria de nuevo referéndum.

¿Romper el Govern?

La ruptura de ERC con la ANC ha provocado que los principales dirigentes de JxCat y el ex presidente Carles Puigdemont elevaran el tono de sus críticas a Aragonès, acusándole de ser un traidor que prioriza su consolidación en el cargo de una institución autonómica a la secesión. Incluso el secretario general de JxCat, Jordi Turull, planteó la posibilidad de romper la alianza de gobierno. «Firmamos un acuerdo de legislatura para acercarnos a la independencia, si nos alejamos deberemos tomar una decisión», dijo Turull, lamentando que la negociación de ERC con el Gobierno para conseguir la amnistía y la autodeterminación «no avance».

16628334069084.jpg

La tentación del divorcio existe en ambas partes, porque si JxCat no soporta estar bajo las órdenes republicanas -partido al que Pujol consideraba una simple muleta-, ERC conserva la vieja aspiración de matar algún día a los herederos de Convergència. Pero el pragmatismo se impone en uno y otro partido, que no están dispuestos a poner en riesgo su situación privilegiada. Muchos son los cargos que se reparten entre los dos, con sus sueldos, primas y prebendas. «Ni Aragonès los echará del Govern, aunque no le falten ganas, ni JxCat se irá», apunta una fuente del Govern, que asegura que las municipales de 2023 decidirán la suerte de la mal avenida coalición.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí