En apenas dos semanas, Alberto Núñez Feijóo ha logrado darle la vuelta a la situación del estado de opinión pública española, aplicando, básicamente, tres elementos: serenidad, trabajo y sentido común. Este último, dado el nivel de los que nos gobiernan, es ahora mismo revolucionario. Feijóo logró poner en el centro del debate la bajada de impuestos y un problema grave de los españoles: la carestía de la vida. Lo que Fraga llamaba «hablar de las lentejas». Eso lo entiende perfectamente la gente normal, que es la mayoría. Lo que ya no comprenden muy bien es que este Gobierno quiera sacar adelante una ley según la cual por la mañana puedes ser hombre, a mediodía mujer y por la noche binario, con solo de decirlo. Por eso, cuando los políticos se centran en los problemas que de verdad afectan a la mayoría de los ciudadanos, el liderazgo aflora de manera natural. Y es justamente eso lo que está poniendo de los nervios a los actuales habitantes del complejo monclovita, que ahora tiene enfrente a un opositor con musculatura política y con una idea de España homologable al resto de los países de nuestro entorno. Las encuestas ya recogen ese vuelco. Un cambio de situación que se agrava más cuando se comprueba que esta legislatura ya está agotada. A partir de ahora, cada mes que Sánchez se empeñe en estar en la Moncloa, dos escaños que pierde y gana el PP. Ahora toca la economía de los más afectados, clases bajas y medias. Más adelante llegará el turno de otras cuestiones. Como bien dijo Feijóo al llegar a Génova: «No vengo a insultar a Sánchez, vengo a ganarle». Pues va por ese camino.

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