Hacia la gran protesta nacional

Aumenta la tensión en la vida pública. Esto se manifiesta, semana tras semana, con creciente virulencia, en las sesiones parlamentarias. Los representantes del pueblo están perdiéndose el respeto, lo que conduce al descrédito general de la política y de las instituciones. Luego, las trifulcas de los políticos incendian las redes sociales y los comentarios de los medios. Cualquier ocurrencia desafortunada o cualquier maledicencia encuentran eco desproporcionado. En el desarrollo de este ambiente enrarecido, que amenaza seriamente la convivencia democrática, hay responsabilidades compartidas –aquí no se libra nadie–, pero existen algunas causas mayores. Como escribió Josep Pla, «en España nunca se gobierna por alguna cosa, sino que se gobierna siempre contra alguna cosa». Es nuestra fatalidad. Si se aplaude al toro en el arrastre es para criticar al torero.

La tremenda experiencia de la Guerra Civil facilitó la moderación en la Transición; pero aquel espíritu de concordia ha desaparecido de la memoria colectiva, suplantado por la memoria selectiva impuesta por los actuales detentadores del poder. Es natural que haya resistencias. La crispación de la política no ha llegado aún, afortunadamente, a la calle, al menos con la virulencia de las bancadas de las Cortes, aunque ya ha habido esporádicas muestras de enfrentamiento. Esto se ve fomentado por el surgimiento de partidos extremistas, a un lado y otro del tablero ideológico, bravucones y altisonantes, que acostumbran a ejercer la sistemática descalificación del adversario, convertido en enemigo, con el abuso de expresiones como «fascista», «filoetarra» u otras parecidas. Los extremismos se retroalimentan y, de paso, contagian, más o menos visiblemente, a las fuerzas moderadas de centro-derecha y de centro-izquierda. Algunas de sus figuras más populares y emblemáticas colaboran activamente a la trifulca. Y la presión de las urnas influye lo suyo. No se libran tampoco de la distorsión crítica los medios de comunicación aparentemente respetables.

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La mayor responsabilidad en el aumento del frentismo corresponde, sin embargo, según opina un amplio sector de la opinión pública, al actual presidente del Gobierno por su altiva y prepotente actitud y su desprecio sistemático al adversario ideológico. Da la impresión de que gobierna sectariamente, sólo para él y para los suyos: la izquierda radical. En resumidas cuentas, la gran protesta nacional que se avecina tiene que ver con la evidente radicalización personal de Pedro Sánchez, que ha contradicho sus propósitos iniciales, influido por sus socios de Gobierno y sus aliados periféricos. Esto, unido a su descarado afán de controlar todas las instituciones y de perpetuarse en el poder, tiene mucho que ver con la crispación y el ambiente viciado que se respira hoy en España.

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