Esposas y parejas en política

La sobreactuación es una estrategia política muy habitual. Es una línea de actuación característica de los dirigentes de Podemos. Desde el primer momento se dedicaron a descalificar a sus adversarios. Lo hacían como auténticos patanes. Su llegada representó, para mal, un antes y un después. No fue un cambio, sino «un quítate tú, que me pongo yo». Eran jóvenes airados a la busca de un puesto de trabajo, porque, ni por formación ni por trayectoria, eran capaces de conseguirlo. Lo suyo era el activismo, como se ha demostrado, y el populismo comunista. Todavía recuerdo cuando Pablo Iglesias afirmó que Ana Botella «encarna ser “esposa de”, “nombrada por”, sin preparación. “Relaxing cup of café con leche” y, además, belicista. Una mujer cuya única fuerza proviene de ser esposa de su marido y amiga de los amigos de su marido. Y en un día como hoy, 8 de marzo, a mi me gustaría felicitar a las mujeres de mi país y agradecerles que no se parecen a Ana Botella».

Fue un comentario de un machismo repugnante, que expresaba, además, su absoluta ignorancia. Nada que ver con la figura y personalidad de Botella, que superó muy joven la dura oposición de Técnico de la Administración Civil (TAC), uno de los cuerpos de funcionarios más prestigiosos de nuestro país. Me pareció un ataque impresentable, pero también lo es ahora atacar a Irene Montero por su relación de pareja. Otra cuestión distinta es que la diputada Carla Toscano la hubiera descalificado glosando el currículum y experiencia de la ministra de Igualdad. Luego se disculpó con ironía: «tiene una excelente preparación en su defensa de la pederastia y excarcelación de violadores». No me sorprende la cínica reacción de Montero haciéndose la víctima, porque debe recordar la grosería consustancial que acompaña a los exabruptos del líder de su partido. Por supuesto, también los comportamientos reprobables de algunos de sus compañeros. Entonces no se quejó del zafio ataque contra Botella. Esa doble vara de medir es impresentable, aunque intente enmascararla envuelta en el feminismo y descalificando a Toscana llamándola fascista. Es un error victimizar a Montero, porque es darle la oportunidad que busca de desviar la atención sobre lo que es realmente importante: la pertinaz ineficacia de su ministerio.

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Francisco Marhuenda es catedrático de Derecho Público e Historia de las Instituciones (UNIE).

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