La Unión Europea puede respirar tranquila. No habrá un brexit a la francesa, ni París intentará pasar por encima de los postulados de Bruselas. Los rebeldes seguirán siendo Polonia y Hungría, pero no la segunda economía de Europa.

La victoria de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales garantiza que, más o menos, todo seguirá igual. Al menos, en lo que se refiere a la unidad del bloque.

Los franceses, al final, demostraron que prefieren lo malo conocido que lo bueno por conocer. Cambiar de montura en plena carrera de obstáculos resultaba demasiado arriesgado para un electorado desencantado y, vistos los resultados, más bien y pese a todo, conservador.

Macron puede celebrar su victoria, pero no debe olvidar que la reelección no es fruto del amor que despierta entre los votantes. Por el contrario, es el efecto del rechazo que producía en la mayoría la imagen de una Marine Le Pen instalada en el Palacio del Eliseo.

La candidata de Agrupamiento Nacional también tiene motivos para estar contenta. Su progresión en las urnas es el resultado de un trabajo de fondo y forma prometedor.

El siguiente desafío, -u oportunidad-, lo tiene en las legislativas del próximo mes de junio donde, si sigue por este camino, puede ocupar, para desgracia de Macron, los principales espacios de la Asamblea.

La hija menor de Jean Marie Le Pen también tiene derecho a clavar la vista en el 2027, fecha de caducidad ineludible de la Presidencia de Emmanuel Macron que no podrá acceder a otra reelección.

Le Pen, sin adversario de peso conocido, si sabe aprovechar este tiempo de última Legislatura de su adversario, tiene derecho a soñarse como la décima presidente de la República francesa.

Hasta entonces el peso de la responsabilidad se mantendrá sobre las espaldas del hombre que, con 44 años, intentará en este segundo Gobierno consolidar un liderazgo perdido que le permita pasar a la historia con buena nota.

Emmanuel Macron tiene a su favor el terreno despejado con el fin de la batalla contra la Covid 19. En contra, una Francia en crisis y polarizada en tres frentes (no olvidar el papel del izquierdista Jean-Luc Mélenchon).

La inflación y la promesa de ejecutar el programa de reformas prometido a la Comisión europea no le auguran buenos tiempos.

A sus antiguos votantes les embarga la decepción, a los que ven que se acerca su jubilación la amenaza de retrasarla les aleja aún más del presidente. Por si fuera poco, Francia, como todos, deberá afrontar las consecuencias de la guerra de Putin. Y de lo que venga, que nunca se sabe.

Marine Le Pen, sin adversario de peso conocido, si sabe aprovechar este tiempo de última Legislatura de su adversario en las dos últimas elecciones, tiene derecho a soñarse como la novena presidente de la República francesa. Dentro de 5 años cumplirá 58, una edad donde las ideas suelen madurarse mejor y las pasiones ceden espacio a la razón pura.

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