Seguramente que en estos tiempos Alberto Núñez Feijóo no olvida que Simón Pedro después de negar tres veces a su Maestro terminó su vida como pilar de la Iglesia y santo en los cielos. La redención que trajo Jesús de Nazaret permitió borrar este y otros escarnios. También son tiempos para aquellos que creen en el amor fraterno que viene con cada Jueves Santo, y siempre con la misma leyenda tan bella como inútil, si de política y políticos se trata: amar es servir. (Por cierto, ¿dónde está ese proyecto de amor para España que anunció Yolanda Díaz en la Fiesta del PCE?)

Pero quién puede hablar de amor, y menos fraternal, cuando en el escenario de esta historia imperfecta y pequeña que somos tiene un papel destacado Pedro Sánchez. Al presidente del PP le bastó con una visita a La Palma -primera mentira-, y otra a La Moncloa para saber la afición de este paladín al engaño. Tan es así que para acertar con el personaje es suficiente con que, una vez terminada la reunión, dar la vuelta al argumento y pensar justo lo contrario. Hace unos días escuché de un conocido contar como propia una historia que me había ocurrido a mí, pero él la hizo suya con maestría, con naturalidad, y encima la adornó para hacerla amena y divertida. He ahí, pensé, a un maestro de la paparrucha: jamás se inmutan por mucho que su interlocutor esté al tanto de la bola. Y sí, en es preciso instante pensé exactamente en la misma persona que ustedes en este momento.

Cuando llegó a la residencia del presidente, Sánchez ya lo había negado la segunda vez. Creía Feijóo que iba a una reunión de caballeros. Iba, me cuentan, mosqueado e inquieto porque entendía que ese encuentro debería de hacerse con un orden del día, con un papel en el que estuviera escrito de qué iban a hablar. No hizo falta. El País lo publicó antes de que él se montara en el coche con destino a la reunión, así que es de suponer que, como los malos estudiantes antes del examen se lo fuera viendo por el camino. Así entiende Sánchez las formas, en realidad, de la misma manera que el fondo: distraído y chapucero. Creo que el gallego no dijo al terminar eso de que no sabía a qué había ido allí porque tiene vergüenza y porque un reconocimiento de este jaez habría hecho que el aroma a pasteleo que tiene la baja política terminará afectándole. En política hay que tener mucho cuidado de con quien te juntas, aunque sea el presidente.  

Consejos llevo que para mí no tengo

La tercera vez llegó pronto. Justo cuando Feijóo se marchaba ya estaban sus afectos y secuaces -periodistas incluidos-, proclamando que el presidente le había hablado del peligro de Vox, de la maldición de la extrema derecha, de las ventajas que tendría para España una derecha sosegada, y de que él no defraudaría si el PP tejiera un cordón con los de Abascal. Paparruchas otra vez.

El domingo, ayer mismo como quien dice y en este mismo periódico, Ana Carvajal contaba con precisión el último envite del presidente en un mitin: «Me entenderé con Feijóo si rechaza el chantaje de Vox y de la corrupción». Y la militancia, siempre tan predispuesta y reflexiva, rompió a aplaudir. Menos mal que a La Moncloa te meten y sacan los votantes y no los militantes. 

Entre la realidad y el deseo

Y claro, en política no hay tiempo para la lírica, entre otras cosas porque la mentira nunca iluminó un buen verso y menos un poema. Con permiso de Luis Cernuda, casar la realidad y el deseo es más que improbable, imposible. La realidad, que no es la misma cosa que la actualidad, es la que es, y camina siempre lejos de los deseos. No son estos los que te hacen triunfar, y sí una percepción atenta y descarada y valiente de la realidad. El razonamiento del presidente es lastimoso, como si el no se viera sometido al chantaje del que habla con sus amigos del club Frankenstein. Que alguien a quien le recuerdan continuamente que es presidente con el apoyo del Bildu, independentistas, nacionalistas aprovechateguis y una buena parte de la extrema izquierda -incluida la que está más allá de la extrema izquierda- sea tan exquisito con las alianzas del PP y pretenda marcarle el camino sonroja al más tranquilo. ¡Pero hombre, Pedro, hombre!

Los votantes de Vox, fundamentales para el PP

El deseo de Feijóo es conocido: con Vox ni a por una herencia. Pero la situación es otra. Y ya hemos dicho que se triunfa con la realidad y no con los deseos. ¡Ay si pudieran volver atrás socialistas y conservadores franceses! Diga lo que diga el rehén de Gabriel Rufián -ese señor catalán que asegura que son tiempos propicios para  pasar de la moral a la utilidad,-  Feijóo no puede ignorar a Vox si un día quiere saber qué se siente al cambiar el colchón en La Moncloa. Cuando gane, claro. Y para eso hay que contemplar el marco que ofrece la realidad y no las apetencias. Y menos los remilgos.

Y para eso hay que evitar que determinada opinión hablada y publicada te marque la senda, por mucho que esto pueda complicar el trabajo de este presidente del PP empeñado en el dialogo, las formas y la madurez en su devenir político. Es este es su territorio, y de ahí Sánchez lo quiere sacar. Y eso sí lo sabe hacer. No ha de faltar mucho para que le culpe a de poco dialogante o de estar en manos de Díaz Ayuso. Poco.

Imposible asumir la opinión de aquellos que creen que este Gobierno es el peor desde la Guerra Civil. Hay muchos imposibles ente el PP y Vox, pero quizá sean los mismos que entre algunos socialistas y los de Otegi y Rufián

Vox es un partido de extrema derecha, pero cientos de miles de sus votantes recelan de esa etiqueta, y sobre todo se alejan un poco más del PP cada vez que desde la calle Génova alguien, un carromero cualquiera, se lo recuerda. No son lo mismo militantes, votantes y dirigentes. Son estos últimos quienes se encargan de recordarlo con sus oscuras amistades internacionales y sus insensatas intervenciones en el Congreso. Imposible sentarse a la misma mesa de tipos tan estrafalarios como el avinagrado diputado que recientemente comparó a Sánchez con el führer y al ministro Bolaños con Goebbels. Imposible asumir la opinión de aquellos que creen que este Gobierno es el peor desde la Guerra Civil. Hay muchos imposibles ente el PP y Vox, pero quizá sean los mismos que entre algunos socialistas y los de Otegi y Rufián.

Feijóo no es un recién llegado a esto, lo que incomoda a Sánchez. Su palabra no está desgastada. Por eso sabe que una cosa son los dirigentes de Vox y otra muy distinta los votantes de ese partido. Esos votos, una gran mayoría de ellos, estuvieron una vez en el Partido Popular, y esos son los que hay que buscar al margen de las barbaridades que dicen -¡y cómo las dicen!-, algunos de sus dirigentes. Cuanto antes lo asuma el PP, mejor. Cada vez que Sánchez le hable de Vox sáquele Feijóo el catálogo de las excrecencias políticas que le acompañan, y a ver quién gana en este muladar en que se ha convertido el espectáculo de la política. Nadie le va a enseñar al líder del PP lo obvio, que para hacer tortillas hay que romper huevos. No ir a la investidura de Mañuecoporque una parte del gobierno es de Vox no es otra cosa que aplazar lo inevitable. Cuanto menos tarde Feijóo en asumir que Vox le hará falta con la misma determinación que ERC, PNV y Bildu le hacen falta a Sánchez, mejor. Un político adulto puede jugar a los dados con su existencia, pero no negar la verdad.

Qué tristeza da hoy ver al socialismo y al centro derecha franceses instalados en la irrelevancia. Así están porque, entre otras razones, les pudo la ansiedad y el deseo y no supieron leer la realidad. Sí, lo sé, no es lo mismo. Pero París está muy cerca de Madrid. Como te digo una “co” te digo la “o”, que diría Sabina.

Y ahora y siempre que el Cristo de la Salud nos ampare.      

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