Godard

«Los libros me dijeron cosas que no me decían los vivientes». Jean-Luc Godard dejaba caer ese homenaje a la literatura en el año 1997. «La literatura es un refugio. A ella debo mi conciencia moral». Ahora, ha muerto. Y se cierra un tiempo en la historia del cine: tiempo del rigorismo innegociable. Ese tiempo que nació con el teológico Robert Bresson; el que iba a trastrocar el cine a inicio de los sesenta; el que fue, de inmediato, silenciado. Se cierra el paréntesis. Transit. Pero, en las pantallas, hace mucho que aquella anomalía había sido alisada. Godard, es cierto, perseveró. Impávido. Haciendo, como siempre, lo que le dio la gana. Y no escuchando a nadie. Era demasiado grande para ser borrado. Y demasiado intratable para halagarlo. Se le fingía respeto. Hay modos más eficaces de matar a un director de cine que pegarle un tiro en la nuca.

A Godard se le reverenciaba. Como invisible. Como animal de filmoteca o rareza de museo: mausoleos ambos; solemnes, bellos mausoleos. Me trae, ahora que ha muerto, el recuerdo de W. H. Auden acerca del perfecto malditismo en la cultura de nuestro tiempo. Si el maldito es lo bastante precario, se le aniquila y sale gratis. Si alcanzó a poseer prestigio, se le archiva en el respetable catálogo de los excéntricos. Y sale casi gratis. Más vale que te toque lo segundo. Duele menos. Pero te borra igual: despojo para la posteridad, privado de presente. Ver a Godard en filmotecas o en archivos digitales es un réquiem por el cine. Por ese cine que fue patria sentimental de quienes, a través del rostro de Jean Seberg, que voceaba el New York Times en los Campos Elíseos, supimos que el único amor al cual seríamos fieles iba a ser el de la pantalla y la sala a oscuras. De preferencia, en blanco y negro. Y jamás –¡jamás!– su sucedáneo doméstico: pantallas hogareñas con perfume de sopa revenida, sobre las cuales evocar un primer amor sería obsceno.

1962. Ruido de cafetería. En plano y contraplano, dos rostros hablan: sobre la palabra justa, sobre el amor, el error, la mentira. Y es difícil dictaminar qué es lo más seductor: si la inteligencia pausada de ese caballero de cierta edad que se llama Brice Parain, profesor y filósofo, o la belleza, inteligente y pausada, del rostro jovencísimo de Anna Karina, actriz, a partir de ese instante, legendaria. Con esas dos inteligencias, corpóreas tanto como espirituales, construyó Jean-Luc Godard su más bella escena. La que a mí –no soy el único– me conmovió cuando era joven. La que no olvidaré: Vivre sa vie, en cualquier cine de barrio. Si alguien piensa que Godard, y Parain, y Karina hicieron eso para los museos o las filmotecas, es que no conoció nunca la penumbra gozosa de una sala de cine.

Godard se ha ido. Con la gravedad sobria de los sabios. Y lo ha hecho igual que lo hizo todo: como le dio la gana. Porque los libros le decían cosas que no dicen los vivientes. Se acabó. Fundido a negro.

Godard

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