un insulto

Dice Bolaños que «lecciones al Partido Socialista, cero, cero, ninguna». Esta semana también han dicho lo mismo Pilar Alegría o Diana Morant, o la inefable María Jesús Montero. Asimismo Sánchez ha utilizado ese eslogan: «pocas lecciones» o directamente «lecciones, ninguna». Y así repiten una y otra vez el argumentario dictado desde Moncloa. De hecho, es una apuesta persuasiva lógica, porque al PSOE hay muchas lecciones que darle. Y esta semana particularmente.

De momento en el PSOE no han entendido, o no quieren aceptar, que el problema de los acuerdos con Bildu o incluso Esquerra, sus socios preferentes, no es el qué sino con quién y por qué.

Claro que no es un drama transferir la competencia de Tráfico a Navarra. Eso se pactó hace más de 20 años entre PP y su partido equivalente en Navarra, UPN. Nadie ha tenido después la necesidad de activarlo. El PSOE, de hecho, ha gobernado desde entonces más de una década, haciendo más de diez presupuestos, y nunca pulsó esa competencia. Sánchez miente cuando lo plantea como imperativo constitucional. De ser así, él llevaría cuatro años en la inconstitucionalidad. Pero es falso. Aquí no se trata de purismo constitucionalista, sino entreguismo a Bildu en el mercadeo presupuestario. Y para Bildu, sacar a la Guardia Civil de su territorio mágico de Euskal Herria no es una cuestión de competencias o de gestión del Tráfico, sino un símbolo poderoso de la claudicación del Estado que aspiran expresamente a debilitar. Esto es obvio.

Ahí tienen una lección que sí deberían aprender en el PSOE. Y en particular Bolaños.

Esquerra Republicana, el socio preferente, se anota el gran triunfo de la reforma de la sedición en ese mercadeo persa. Es el partido que coprotagonizó con Puigdemont el golpe del 1-O de 2017; que no fue impulsado por el PP, aunque en Moncloa ahora estén tonteando con esa tesis ridícula para blanquear a sus socios, sino por los indepes. Además de Puigdemont, lo pilotaba Oriol Junqueras, secundado por Rovira, Rufián y la tropa de las treinta monedas de plata. Sobradamente conocido que un  año después del golpe posmoderno de 2017, el PSOE hizo la moción y convirtió en socio preferente a uno de sus promotores a cambio de relegitimarlo.

«Unos y otros, desde los extremos populistas, no actúan por ética sino por instinto»

El problema no es reformar el delito de sedición, por supuesto. Eso es técnicamente defendible. El problema, claro está, es de nuevo con quién y por qué. Pactar la reforma de un delito con quienes han cometido ese delito y anuncian su propósito de volver a cometerlo –Ho tornarem a fer ha sido incluso campaña– se define por sí mismo: exponer al Estado por intereses electoralistas propios.

He ahí la lección que sí debiera aprender Sánchez y toda la tropa del PSOE. Dime con quién… Convertir en tus socios preferentes a quienes han atentado contra el orden constitucional, contra el Estado e incluso contra la vida de los compatriotas, es una opción moral. Léase inmoral.

Todo esto es un insulto a la inteligencia. Y esa es la clase de insulto que realmente debería preocupar a la ciudadanía. Por supuesto, también otros insultos o exabruptos, como los que Vox ha dedicado a la ministra de Igualdad. Inaceptable. Eso sí, de Ana Botella dijo Iglesias que era «una mujer cuyo único mérito proviene de ser esposa de su marido y de los amigos de su marido», o sea, básicamente lo mismo, pero ahí no había ningún progresista solidario y ninguna progresista solidaria, nadie para poner pie en pared. Cero sorpresa. Unos y otros, desde los extremos populistas, no actúan por ética sino por instinto; no por principios sino por ideología; en definitiva por tribalismo. No practican el no es no frente al insulto, sino no si es uno de los nuestros. A las demás se les puede azotar hasta sangrar o se les puede llamar palmeras, como hizo Rufián, que en el Congreso espetó a Borrell: «Llevo mucho tiempo queriendo decirle esto: usted es el ministro más indigno de la democracia española… y los ha habido muy indignos. No es un ministro, usted es un hooligan… una vergüenza para su grupo parlamentario». Pero obviamente no es un discurso insultante, porque Esquerra, el partido que pidió a ETA que excluyera a los catalanes de sus asesinatos, es una fuerza progresista.

«El caso es sacar tajada con oportunismo. No les importa el insulto sino su rentabilidad»

Los medios que hacen de corifeos del sanchismopopulismo parecen no enterarse de estos insultos desde la izquierda –claro que ellos mismos practican el tiro verbal al blanco contra Ayuso, tal vez la política más insultada desde hace años, sin duda no menos que Irene Montero– o del tribalismo identitario en Cataluña o Euskadi. Se desentienden de las agresiones indepes a los estudiantes de S’ha acabat!, de los ongietorris y todo el catálogo de miserias, y blanquean a Iglesias y al partido que trajo la guerrilla verbal como dinámica a la política española.

Es tan obvio el tacticismo de Moncloa, la estrategia diseñada por su laboratorio de marketing, que ayer coincidían Sánchez e Irene Montero con la misma frase: «Insultos del hooliganismo político de la derecha y la ultraderecha». Mientras el PP apoyaba a Irene Montero, desde el Gobierno mezclaban al PP en el insulto de Vox con el sintagma de «insultos de la derecha y la ultraderecha». El caso es sacar tajada con oportunismo. No les importa el insulto sino su rentabilidad.

Por demás, lo que sí es un insulto, un verdadero e inequívoco insulto, es Mertxe Aizpurua denunciando  el «acoso brutal» sobre Irene Montero. La portavoz de Bildu, condenada por colaborar con ETA, que ejerció de verdadera acosadora señalando víctimas, ahí está dando lecciones como socia preferente del Gobierno Sánchez que denuncia «violencia política». Y los socialistas le bailan el aurresku a cambio de sus cinco votos.

¿De verdad creen en el PSOE que no se les puede dar ninguna lección?

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