Pablo Planas

El presidente del Gobierno contempla a las turbas sin inmutarse. A su persona los manifestantes de uno u otro signo le parecen un magma indisoluble. Él, afirma, está en la corriente central española y «la calle» le importa un huevo. Para él, «la calle» es bajarse del coche oficial a jugar una partida a la petanca con subalternos y figurantes. Igual que Putin. Pero a diferencia de Putin, Sánchez todavía no puede prohibir las manifestaciones en su contra. De momento sólo las puede cambiar de lugar. Tiempo al tiempo.

La manifestación independentista de la cumbre franco-española del pasado jueves en Barcelona fue un acto de los Coros y Danzas de la Generalidad catalana para agasajar a Macron, un «arreusku» a la catalana, patadita al aire. Las organizaciones separatistas —breve resumen: creadas y coordinadas por Convergencia (ahora JxCat) y la ERC convergente ante la mirada cómplice/pasiva del PSC— exhibieron sus especialidades escenográficas alentadas por la sombra de Waterloo. En el campo de batalla sólo comparecieron los generales de la ANC y Òmnium partidarios de Puigdemont y el beato Oriol rodeado por una cohorte de guardaespaldas de la «Generalitat». O sea, seis mil quinientos «activistas» contra treinta porteros de discoteca con formación karateka. Ganó Junqueras, aunque los titulares digan que el jefe de Aragonès tuvo que salir por piernas. El proceso ya no está en «la calle», sino en las instituciones del Estado. Se trata del Poder Judicial, amigos.

Publicidad

La manifestación del sábado en Cibeles fue otra cosa. Gente absolutamente descoordinada clamando contra un golpe de Estado en marcha, pero que aún no ha llegado a su punto culminante. Golpe de Estado contra la libertad de los españoles y la igualdad entre españoles, contra los más elementales derechos fundamentales, contra «la igualdad ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social». La Constitución de España no es la Biblia, pero las ideas de libertad e igualdad emanan de la Biblia. No son un invento español del tipo de que Cervantes escribió en catalán la historia del hidalgo caballero.

A Sánchez le provocan la misma inquietud ambas manifestaciones. Pero la de los separatistas fracasó y la de los «igualitarios» fue un éxito contra los elementos. Se han producido más titulares sobre la «lapidación» de Junqueras que sobre la manifestación a favor de la libertad. Pero mientras la primera mostraba la fatiga y la mezquindad del separatismo, la segunda era algo muy diferente. En primer lugar porque Pedro Sánchez gobierna con los separatistas en contra de quienes salieron a «la calle» en Madrid (y un día después en Barcelona) a la defensiva.

A la mayoría de los españoles les cuesta salir a «la calle». Y los sucesivos gobiernos ejercen un control cierto sobre las calles, pero no en materia de delincuencia sino de disidencia. Las grandes manifestaciones separatistas de la pasada década fueron convocadas y monitorizadas desde el poder. Cuando España se tira a «la calle» es porque el próximo episodio parece irreversible. Fue lo que ocurrió el 8 de Octubre de 2017 en Barcelona. O lo que pasó cuando ETA, la banda terrorista representada ahora por un partido político que sustenta a Sánchez, asesinaba, secuestraba y extorsionaba en nombre del País Vasco y su lengua.

La izquierda y el nacionalismo son los dueños de «la calle». Lo eran durante los años de plomo y lo siguen siendo. Lo demostraron durante la guerra de Irak y durante el 11-M. En Irán matan a las mujeres por enseñar un mechón del cabello, pero las protestas en España son residuales. En cambio las manifestaciones contra las guerras de liberación del golfo Pérsico registraron récords de participación. La publicidad es un concepto marxista. También la contrainformación. Treinta mil personas en Cibeles según la Delegación del Gobierno en la Comunidad de Madrid. No hay nada más redundante que una delegación del Gobierno en la sede de su Gobierno. Gracias a la fotografía se sabe que la manifestación de Madrid fue un clamor a pesar de los llamamientos del PP para no ir y de las llamadas de Vox para ir contra Feijóo. Otra cosa muy diferente es que la gente no haya salido a «la calle» en masa por la inflación. Eso es cosa de los sindicatos que avalan el control sanchista del territorio.

Quienes reman en contra de las manifestaciones espontáneas a favor de la igualdad ante la ley dicen confiar en la manifestación de las urnas y en la capacidad de sus interventores electorales. Obvian, entre muchos otros detalles, que la empresa que recuenta los votos es de los socialistas. «La calle» sigue siendo suya. Los manifestantes de Cibeles no tienen nada que ver con los que insultaban a Junqueras. Para nada. Los de Madrid están dispuestos a jugarse el tipo. Los de Barcelona son profesionales de la cosa. Sanchistas catalanistas.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí