La elección italiana

La política italiana, como la francesa, tiene un interés añadido al de su dimensión demográfica y económica y es el de su carácter vanguardista. Hay estados, como España, que consideran que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Aguantamos con lo que tenemos a pesar de sus deficiencias. Somos poco dados a la ilusión y mucho al conformismo. Ese, sin embargo, no es el caso de nuestros vecinos, siempre más abiertos a rechazar lo que no funciona y a dar una oportunidad a iniciativas sin contrastar.

El tradicional sistema político italiano estaba tan vinculado a la Guerra Fría que se vino abajo con el derribo del Muro, la desintegración de la Unión Soviética y el Tratado de Maastricht. A partir de ese momento vienen ensayando reformas constitucionales, cambios en la ley electoral y, sobre todo, nuevas formaciones políticas y coaliciones de todo signo.

Con la experiencia del tiempo transcurrido podemos concluir algo que los maestros de la ciencia política explicaron hace años. El problema no estaba ni en la Constitución ni en el sistema electoral. La clave reside en la clase política y en la organización de los partidos. Vaya por delante que la clase política acostumbra a ser un fiel reflejo de la sociedad a la que representa. Los políticos ni son mejores ni peores que sus connacionales.

Desde la desaparición de los partidos democristiano, socialista y comunista la sociedad italiana ha ido dando la oportunidad de gobernar a un buen número de sucesores. Berlusconi, con su Fuerza Italia, fue el único que pudo gobernar una legislatura completa, apoyándose en su control de los medios de comunicación y en una nueva forma de hacer política que adelantaba el nuevo populismo. Los demás aguantaron lo que pudieron, que fue muy poco. Al final todos han fracasado, dejando a la sociedad a la que sirven huérfana de liderazgo y de programa.

En las elecciones celebradas este pasado domingo la victoria ha corrido a cargo de una coalición de partidos de centroderecha, en la que no encontraremos ningún partido clásico de este signo. Lo más parecido sería Fuerza Italia, de Berlusconi, pero no resulta fácil equipararlo a la democracia cristiana alemana o a los populares españoles, por mucho que forme parte del Partido Popular Europeo. ¿Significa este resultado que Italia ha girado a la derecha? ¿Acaso vuelve el fascismo, como nos da a entender la presidenta de la Comisión en otra de sus desafortunadas intervenciones? En realidad, no. Italia ha dado el poder al partido neofascista capitaneado por Meloni porque está por estrenar. Los otros dos partidos de la coalición han cosechado unos malos resultados porque en su día tuvieron la oportunidad de gobernar y lo hicieron mal.

Un dato relevante ha sido el de la participación, casi diez puntos menor. Lo vivido desde el fin de la Guerra Fría ha sido una sucesión de fracasos, sólo amortiguados por el liderazgo de la Unión Europea. Un liderazgo que resulta en ocasiones agobiante por la ausencia de una política nacional con suficiente apoyo parlamentario. Los italianos están cansados y, aún siendo una sociedad con conciencia política, tienden a refugiarse en sus actividades privadas.

Meloni tiene una oportunidad que el tiempo nos mostrará si sabrá o podrá aprovechar. Esperemos al recuento de votos definitivo, a la presentación de su programa y a la formación de su Gobierno. No lo tiene fácil. Italia, como España, no se está recuperando de la crisis provocada por la COVID-19, a diferencia de la mayor parte de los Estados miembros de la Unión, y el escenario internacional augura días convulsos. Sabe perfectamente que la confianza que ha recibido es muy limitada, que no ha sido convocada para ejercicios ideológicos sino para sacar al país del atolladero.

La elección italiana

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