fiestuqui

A Isabel Díaz Ayuso, por allá en noviembre de 2020, se le montó un lío por estar sentada en la terraza de un bar tomándose el aperitivo con su madre y por no llevar mascarilla, a pesar de que estaba permitido. Meses antes, durante sus vacaciones por Extremadura, las mismas hojas parroquiales del sanchismo la criticaron por estar tomándose una cerveza y no llevar mascarilla en la terraza de otro local. Por supuesto que ella no calló: “Se trata de una Mahou en un bar de carretera, con mi coche, con mi presupuesto familiar, a dos horas de Madrid”.

Mientras ocurría esto hace dos años, ahora la primera ministra finlandesa, la socialista Sanna Marin, ha sido ampliamente criticada por sus sus fiestuquis con coleguis en la residencia oficial que, como aquí con La Moncloa, la Mareta y el Falcon, pagamos todos los ciudadanos de nuestros bolsillos.

Según los voceros globalistas de la izquierda debemos pedir perdón por la campaña propia de acosadores repugnantes a la finlandesa. Decía además esta semana la ministra portavoz, Isabel Rodríguez, que su camarada ideológica tiene derecho de disfrutar de su tiempo libre como cualquier ciudadano. Apostilló que los comentarios no se hubieran hecho nunca si en lugar de haber sido una primera ministra hubiera sido un primer ministro.

A todo ello hubo que sumar la campaña de los soporíferos activistas mediocres de la izquierda que trataron de hacer las clásicas gracietas en las redes sociales para, por supuesto, ridiculizar a quienes con todo el derecho del mundo despreciaron la actuación de la amiga de Sánchez en Finlandia.

Hemos asistido con ello a un nuevo caso de libro de la habitual doble vara de medir de la izquierda. En primer lugar, la que establece que hay que creer a las mujeres líderes, por encima de todo, siempre que sean de izquierdas. Cualquier crítica vertida por un hombre a las mismas será considerado como acto propio de un depredador de la extrema derecha.

Si, por el contrario, quien monta la fiestuqui se llama David Cameron o Díaz Ayuso, hay que quemarlos vivos en la hoguera. Con el primero han podido ya, mientras que las siete vidas que tiene la presidenta madrileña junto a su astucia y olfato, la hacen inexpugnable.

Al primer ministro británico le crearon un serial llamado partygate y como ocurre en la derecha europea, fueron los suyos los que terminaron por sacrificarle. Como ocurre en el PP y como ha ocurrido en la derecha italiana, francesa o alemana. Sólo los EEUU constituyen una excepción y habría que aprender de su ya cierre de filas habitual con sus líderes republicanos porque sino la izquierda tiene cogida la medida para aplastar y machacar a sus rivales.

La estrategia es de libro: coger declaraciones del afectado o actos donde han participado para ridiculizarlos y caricaturizarlos. Y seguir así sin descanso y sin piedad. En el caso además de la derecha da igual además que la víctima potencial sea hombre o mujer.

¿Quién no recuerda el “café con leche in Plaza Mayor” de Ana Botella o el “caloret” de Rita Barberá? Fueron puntos de inflexión en sus carreras políticas. Los momentos empleados desde las terminales mediáticas de la izquierda para arremeter contra sus respectivos liderazgos. La gran diferencia entre ellas y Sanna Marin es que la última es un icono woke de la generación de Instagram, una mujer que presume de haberse criado con dos mujeres homosexuales, pero que ha sido cazada chotéandose de los finlandeses en mitad de una fiesta en la residencia oficial exhibiendo lo peor de la sociedad consumista que la izquierda dice luchar.

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