Muchos no creyentes –en Dios y las iglesias, naturalmente, porque no creyentes en tonterías, farsas, mentiras y memeces somos muchos más—, admiramos al papa Ratzinger. No sabemos apenas nada de él, salvo sus escritos, que son más que numerosos y densos. Se le ha acusado de muchas cosas, desde ser un moderno Atanasio martillo de herejes desde la Congregación de la Fe a silenciador de la pederastia en la Iglesia alemana y universal. Sí, sí. Acusa que algo queda en esta época donde lo mostrado publicitariamente ha terminado devorando a lo demostrado rigurosamente.

Lo que molesta sobre todo de este Papa que acaba de cumplir 95 años, siendo ya de hecho el Papa más longevo de la historia de la Iglesia, es que es un pensador de calado. Recuérdese su debate con Jürgen Habermas, el considerado heredero de la escuela de Fráncfort y sostenedor ideológico de la socialdemocracia europea. Tal y como ocurrió en otra famosa controversia pública, la de Bertrand Russell y el jesuita Frederick Copleston en la BBC, qué lujo de radiodifusión, en 1948, sobre la existencia de Dios. Ambos fueron diálogos de altura intelectual, sin recurrencia a las demagogias ni a la imbecilidad, algo tan frecuente hoy que asusta. Hoy todo se despacha con un tuit.

En uno de sus escritos, el papa Ratzinger, que se titula Verdad y Libertad, hace un análisis de lo que ha ocurrido en la Europa de los últimos 100 años. Se refiere el Emérito a la idea de libertad que rezuma el famoso texto de Marx en el que, más que ingenuamente, dice que en el estado de la sociedad comunista del futuro será posible «hacer una cosa hoy día y otra mañana, cazar en la mañana, pescar en la tarde, criar ganado en la noche y criticar después de la cena, simplemente a gusto de cada uno…». O sea, que la libertad en «no tener que hacer cosa alguna que no deseemos llevar a cabo. Dicho en otros términos, la libertad significaría que nuestra propia voluntad es la única norma de nuestra acción y no sólo podemos desearlo todo, sino además tenemos la posibilidad de realizar los deseos de esa voluntad.» Que tal afirmación es de un simplismo que avergüenza, es evidente, además de ser contraria la experiencia histórica real.

A pesar de la trayectoria del marxismo y el comunismo, muy bien intuida por el individualismo de los liberales y algunos anarquistas y el personalismo de los cristianos, los partidos totalitarios de corte comunista consiguieron tejer una bandera política en torno a una libertad futura, nunca presente, que supondría la mayor liberación humana internacional. Ciertamente a los ignorantes de las claves del marxismo, puede engañárseles con el cuento de que el marxismo es una nueva religión para pobres y sufrientes cuando en realidad no es otra cosa que una teoría de la historia y de la economía que tiene como ejes los modos de producción y las relaciones sociales que se establecen en ellos. Para el marxismo, moral sólo es lo que contribuye a la extensión y aceleración de su necesaria y exacta teoría. Lo de la ayuda a los pobres, al proletariado, es sencillamente un disfraz muy útil, pero disfraz.

La gran aportación que el marxismo ha recibido en el siglo XX ha sido la inyección cristiana de la esperanza en un reino de Dios en la tierra y la concepción de la liberación del «pueblo» de Dios. La frialdad del marxismo en cuanto a la cercanía ética a los más desvalidos ha sido caldeada por quienes pretendieron incrustar el marxismo en la teología católica como el aristotelismo fue insuflado en la doctrina cristiana en el siglo XIII.

Pero todo eso duró poco aunque persiste en Iberoamérica y algunos otros lugares. Dice Ratzinger: «Con la caída del ‘socialismo real’ de las naciones de Europa Oriental, no han desaparecido enteramente esas esperanzas, que subsisten silenciosamente en distintos lugares buscando un nuevo rostro. Junto con el fracaso político y económico no ha habido una verdadera derrota intelectual, y en ese sentido la interrogante planteada por el marxismo está todavía lejos de resolverse». Y en esto estamos.

El viacrucis de este año en el Coliseo de Roma ha equiparado, lo haya querido el Vaticano o no, la agresión de Rusia con la defensa de Ucrania originando un escándalo que deja ver el fleco latente de la interpretación comunista. Pero Ratzinger no lo hubiera consentido. Los agresores no pueden estar al mismo nivel de los agredidos. Antes hay que dejar de herir y hay que pedir perdón compensando los daños. Pero eso implica hacer de la cultura y la verdad una lucha incansable porque sin los cimientos de la democracia y la libertad. Lamentablemente, pocos, muy pocos, están en ello.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí