La sustitución

Un jefe de espías goza, sin duda, de una vida laboral mucho más variada, intensa y entretenida que un jefe de contabilidad de costes, pero la naturaleza profunda de ambos empleos resulta esencialmente idéntica. A fin de cuentas, ambos, el de la oreja avizor y el de los manguitos, no dejan de ser cargos de responsabilidad dentro de una organización jerárquica sometida a una autoridad orgánica central, la que les abona catorce pagas al año, a las que sumar pluses e incentivos, a cambio de que realicen el trabajo que se les encomiende del modo más satisfactorio posible para los jefes que en su día los nombraron. A esos efectos operativos, que la organización resulte ser pública o privada no deja de suponer lo de menos.

Y desde esa simple y prosaica perspectiva, la estrictamente profesional, la destitución fulminante de la responsable máxima del CNI habría semejado lógica, incluso insoslayable, hace varios meses, cuando el Gobierno tuvo constancia cierta de que un muy grave error de seguridad, yerro achacable a funcionarios bajo la autoridad directa de la señora Paz Esteban, acarreó consecuencias en extremo nocivas para la seguridad nacional de España. Hace varios meses, digo. Así, cuando, por ejemplo, el rey de Marruecos obtuvo la confidencia casi instantánea de que el presidente de la República Saharaui estaba recibiendo tratamiento médico en Zaragoza, instante en el que resultó obvio que algo fallaba de modo aparatoso en el contraespionaje español, se hubiera entendido una inmediata depuración de responsabilidades en el CNI.

Pero, sin embargo, nada de eso sucedió cuando entonces. Bien al contrario, a la señora Paz Esteban se la mantuvo en el cargo pese a disponer sus superiores en el Ejecutivo de conocimiento exhaustivo sobre importantes errores en el desempeño de su función. Lo que vendría a corroborar que lo en verdad determinante para que se haya producido la sustitución (ahora se dice así) de la defenestrada Esteban no ha sido su ejecutoria en el cargo, sino la imperiosa necesidad para el Gobierno de convertir en rentable políticamente su cabeza, ahora seccionada de un tajo por la vía de urgencia. Y por eso el cese a destiempo. Nunca el separatismo catalán había llegado tan alto, ni el Gobierno de España tan bajo.

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