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Mi columna de esta semana en Invertia se titula «Futuro y telemedicina» (pdf), y trata de proporcionar una visión equilibrada sobre la telemedicina como tendencia absolutamente segura y consolidada en la práctica médica – sobre todo a partir de una pandemia que convirtió a buena parte de la sociedad en usuarios intensivos de videoconferencia – y de evitar, como aparentemente está ocurriendo a raíz de las protestas de la sanidad madrileña, que sea vista como algún tipo de «medicina de segunda» que únicamente se utiliza en caso de necesidad.

La telemedicina es una disciplina cada vez más implantada en la práctica médica, y lo es porque proporciona un compromiso muy bueno de cara al diagnóstico y tratamiento de muchas enfermedades. Pretender que la atención médica va a ser más deficiente debido al hecho de que se desarrolla parcialmente a través de telemedicina es, como tal, una falacia, porque a día de hoy, las posibilidades de la tecnología permiten un despliegue de herramientas diagnósticas muy interesante más allá de la simple cámara.

Obviamente, existen actos médicos más y menos adecuados para el uso de la telemedicina, y eso es algo que se puede discutir, sobre todo si se parte de una posición informada, de profesionales abiertos al cambio y con la formación adecuada, y de una propuesta de discusión técnica, no radicalizada. Se discute con investigación, no con pancartas. La idea de algunos de que la telemedicina va a ser «tratar a todos los enfermos a través de una pantalla de vídeo» y que se va a conminar a los médicos a llevar a cabo «un diagnóstico simplemente viendo al paciente en la tele» es una auténtica barbaridad: hablamos de médicos que asisten a un paciente no simplemente viéndolo por una pantalla, sino con la asistencia de un personal de enfermería perfectamente preparado y puesto en valor, y con herramientas diagnósticas que permiten tener una visión clara de las circunstancias. En la medicina de hoy, salvando los procedimientos quirúrgicos, el médico hace realmente muy poco con sus manos, y generalmente se limita a interpretar una serie de métricas obtenidas de aparatos diagnósticos. Pretender que el médico está ahí, al otro lado de la pantalla, y tiene que «arriesgarse a diagnosticar al paciente por su cara bonita» es de una simpleza manifiesta.

Por otro lado, buena parte de los actos médicos se desarrollan sin que el facultativo llegue siquiera a poner una mano encima al paciente. Infinidad de visitas médicas tienen como objetivo y desenlace la petición de unas pruebas analíticas o la interpretación de sus resultados. En todos estos casos, insistir en que el acto médico como tal sea una visita presencial es una barbaridad que únicamente incrementa la fricción para todos los implicados, con la posible salvedad, que obviamente existe, de personas que no sean capaces de sentirse cómodos utilizando la tecnología. De hecho, las videoconsultas y las consultas telefónicas se han convertido, sobre todo tras la pandemia, en una opción muy popular entre los pacientes, sobre todo entre personas jóvenes. Pretender que ese tipo de medicina es intrínsecamente de peor calidad solo porque se desarrolla a través de un canal electrónico es, simplemente, un rechazo a la adopción tecnológica propio de un ludita.

Si el resultado de las protestas de la sanidad terminan teniendo como resultado que la sanidad pública se retrase en su adopción de la telemedicina, o que los pacientes la rechacen por considerarla «medicina de segunda», habremos hecho algo verdaderamente malo, que va en contra de las tendencias de la sanidad en todo el mundo, y que, sobre todo, carece de lógica considerando las posibilidades que la medicina apoyada por la tecnología adecuada tiene a día de hoy. La telemedicina va a ser, en el futuro, algo que contribuirá sensiblemente a mejorar la prestación sanitaria, que nos proporcionará muchísima paz mental en infinidad de situaciones, y que formará parte de la rutina tanto de los profesionales de la sanidad como de los pacientes. No la descalifiquemos alegremente ni la pongamos en la mira de ninguna protesta. Simplemente, no tiene ningún sentido.

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