La vida de Urdangarin

Iñaki Urdangarin y un confesor espiritual. Las conversaciones con el capellán de Brieva que aliviaron la soledad del exduque de Palma en una prisión donde, en principio, iba a pasar cinco años confinado. Como el hombre de Alcatraz, solo que con una sotana cerca y una bicicleta estática en la celda en lugar de un gorrión. Hasta ahora, la vida en sombras del que fuese duque de Palma estaba, como en el caso de otros ilustres reclusos, llena de incógnitas. ‘Relato de un naufragio’, un ‘non-fiction’ a la española con el que Nacho Gay, director de Vanitatis, se estrena en el ámbito literario, resuelve muchas de esas preguntas. El libro, que llega a las librerías el 16 de noviembre, ofrece al lector una mirada inédita sobre aquellos dos años y medio de cárcel; una narración de flashbacks, de saltos hacia adelante y hacia atrás, en las que el hilo conductor es la relación entre un sacerdote charlatán y el marido de una infanta de España que se enfrenta a las horas más amargas de su vida. Aunque, a lo largo de las más de 300 páginas, también descubriremos que quizá fueron menos amargas de lo que se cree.

placeholderPortada de ‘Relato de un naufragio’. (Edit. La Esfera de los Libros)
Portada de ‘Relato de un naufragio’. (Edit. La Esfera de los Libros)

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‘Relato de un naufragio’ también es la historia, basada en documentación real, del trato que recibió Iñaki Urdangarin entre rejas. La génesis, el punto de partida, es el documento que el exjugador de balonmano escribió nada más entrar en Brieva; un escrupuloso listado con las preocupaciones que le iba a transmitir al padre Galán, que así se llama el sacerdote que le proporcionó socorro a su maltrecha conciencia. En esos papeles destacaba una palabra por encima de todas: MATRIMONIO. Página 130 de ‘Relato de un naufragio’: “El día que se conocieron, él llevaba unas notas que había escrito concienzudamente la noche anterior. En ellas, estaban resumidas, por puntos, todas sus preocupaciones una vez que se había convertido en un interno más en Brieva, el único sin número de celda, por cierto (…) El padre Galán pasó casi una hora durante aquel primer encuentro intentando descifrar, a pesar de sus crecientes problemas de vista, cuál era el concepto que Iñaki había subrayado varias veces con bolígrafo en ese revelador e íntimo documento”.

El capellán, un personaje afable y casi berlanguiano, era la única persona con la que tenía relación el recluso, aparte de los funcionarios. Las principales preocupaciones que mostraba Iñaki Urdangarin en el documento eran cómo salvar su matrimonio estando en prisión y cómo el caso Nóos y su escarnio público iban a afectar a la relación con sus hijos y con su madre. Sus ‘botes salvavidas’, eso sí, estaban concentrados alrededor del amor con la hija del emérito. Tras entregar dichos papeles al cura, Urdangarin se enfrentó a las preguntas de este sin anestesia; a cuestiones que ya hacían presagiar que algo no iba bien entre la pareja: “No, no me refiero a los problemas que te trajeron aquí. Quería saber si, en alguna ocasión, le fuiste infiel a tu esposa (…) -Jamás he traicionado a mi esposa, contestó de forma decidida, firme y segura, ¡jamás!-”, muestra uno de los diálogos que dan forma a la historia.

Como la prensa se encargó de desvelar, el domingo 24 de junio de 2018, seis días después de la entrada de Iñaki Urdangarin en prisión, la infanta Cristina acudió a verle por primera vez. Una visita desmenuzada por ‘Relato de un naufragio’ como si se tratase de una secuencia de ‘La escopeta nacional’ en pleno siglo XXI; la realeza poniendo los pies en territorio comanche. Doña Cristina tuvo acceso a un encuentro privado en una celda que tampoco hacía honor a ese nombre (además de comodidades varias, en ella se llegó instalar una bicicleta estática frente al televisor por el “mantenimiento de la salud mental del penado”). Página 126: “Recibió a todas y cada una de sus visitas -por cuestiones de seguridad, qué duda cabe- en su pequeño apartamento de soltero en medio del agreste campo abulense, una especie de casa rural sin mucha solera, pero que hizo también las veces de sala de visitas, de enfermería, de juzgado de guardia… Aquello era como el café Gijón, no dejaba de entrar y salir gente, más o menos culta, para charlar con Iñaki sobre cualquier cosa”.

En las inmediaciones de aquel ‘café Gijón’ de presidio, el padre Galán tuvo ocasión de conocer a la hija de don Juan Carlos: “Quienes pueden refrendar ese primer encuentro de la Borbón y el cura recuerdan cómo él, dado con frecuencia a las chanzas de juglaría en la sala del trono, al saludarla fingió una especie de genuflexión y tomó la mano de la doña, la cual besó ligeramente. Al contemplar tan bochornoso espectáculo de varietés para adictos a las chirigotas de los Monty Python, la hija del rey observó al cura como mira Hannibal Lecter a la bella y joven Clarice en ‘El silencio de los corderos’ (…) Al padre Galán siempre le pareció, por lo poco que vio en aquel año y medio de visitas, que a ese matrimonio le faltaba algo. Él trataba mucho con novios que estaban a punto de desposarse y, sinceramente, esta pareja no funcionaba -o no lo parecía a ojo de buen casamentero- igual de bien que aquellas. Eso sí, el capellán nunca dudó de Iñaki, lo hizo más de Cristina, porque las conversaciones que mantuvo con su amigo dejaban deslizar un sentimiento de decepción de Urdangarin como marido por el comportamiento de su esposa en los últimos años, al contrario de lo que piensan casi todos los mortales: que ella ha sido siempre la víctima y él el verdugo”.

La lectura de ‘Relato de un naufragio’ no solo aporta la vida en prisión de un hombre que lo tuvo todo y lo perdió en un nanosegundo. En sus páginas también nos encontramos con las consecuencias que tuvo dicho naufragio para los inevitables pasajeros de ese barco llamado Urdangarin: su madre y sus hijos. Ellos también formaban parte del listado de preocupaciones que el exduque entregó al inefable padre Galán. Juan, el hijo mayor, fue quizá el mayor superviviente de la defenestración mediática. El libro revela una anécdota que tuvo lugar durante la estancia de la familia en Washington y que, bien leída, pone los pelos de punta: “Los insultos en el patio de la escuela se sucedían, también en los cumpleaños. Pero hubo una tarde en el club de tenis de Barcelona en la que la cosa se les fue a los chavales de las manos (…) Le gritaban. Le insultaban. Él echó a correr despavorido; un vaquero a galope huyendo de los indios. Entonces, los niños empezaron a tirarle pelotas y algunas de ellas le golpearon en la cabeza”.

La estancia en Brieva no perjudicó, sin embargo, la buena relación con Pablo, el hoy exitoso y guapo jugador de balonmano que “de los cuatro hijos, es el que mejor relación ha fraguado con su padre, quizá porque les une un cordón umbilical inquebrantable, que radica en el hecho de que el joven ha seguido los pasos de su ídolo en el mundo del balonmano”. No son tan estrechos los lazos con Irene, que “no convive con Iñaki desde los trece años, por lo que ha desarrollado una muy especial relación de complicidad y necesidad mutua con su madre, la infanta Cristina, y simpatizaba más con ella que con él. Es esta niña la que ha procurado a Urdangarin, en los últimos años, los mayores desasosiegos nocturnos, porque nunca ha sabido cerrar el abismo que se empezó a abrir entre él y la pequeña de la casa”.


Otra de las visitantes a aquella celda de televisión y bicicleta estática fue Claire Liebaert, madre del penado. Los testigos de las escenas entre madre e hijo hablan de las mismas como si fuesen reproducciones de La Piedad. El hijo condenado buscando refugio en su madre como si se tratase de un James Cagney vascuence en un melodrama carcelario de Douglas Sirk: “Se abrazaban durante diez minutos seguidos’, asegura un funcionario de Brieva (…) Aquella sintonía, más bien dependencia emocional, resultaba poco asumible a ojos de casi todos. Pero cuando tu mundo se viene abajo, cuando ya no te fías de nadie -ni siquiera de tu esposa-, cuando dudas de todo y vives en un territorio sin certezas, en ese momento lo único que no puedes poner en cuarentena, reformulando la duda metódica de Descartes, es el amor de una madre (…) No es de extrañar, por tanto, que eligiera a Claire como la tercera de sus preocupaciones al entrar en prisión y así lo hiciera constar en aquel folio maltrecho que escribió durante su primer cambio de luna en el talego”.

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Nacho Gay, escritor de ‘Relato de un naufragio’ y director de Vanitatis (Marina G. Ortega)
‘Relato de un naufragio’ muestra a Urdangarin como un Ícaro que quiso volar demasiado alto y acabó pagando cara su ambición; confinado y sin el fulgor del guapo jugador de balonmano que enamoró a una infanta de España: “Aunque iba bien aseado y olía a perfume, era un caballero sin lustre, un tipo cansado, que parecía haber pasado los últimos tres meses de su vida en una isla desierta, deshidratándose, echándose años encima”. También como uno de los elementos que cambiaron para siempre el concepto que tienen los españoles sobre su familia real. Ya se lo dijo el propio Urdangarin a su hoy exmujer: “Sois cada vez más como la familia Addams, ¿no crees? Siempre que se abre la puerta de Zarzuela aparece un muerto”. Palabra de duque; palabra de un náufrago.

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