libertad en Twitter

Tras la resaca electoral que prosigue a la fiesta de la democracia muchos nos hemos topado, de forma más o menos implícita, con la idea de lo mal que votan los demás. Éric Zemmour, candidato a las presidenciales del Hexágono, declaró el pasado domingo a Le Figaro que los amantes de Francia habían perdido las elecciones. Unas horas antes, el progresista Max Pradera defendía apasionadamente en Twitter la necesidad de un sufragio censitario basado en la formación política del votante. En contraste con estos conatos de censurar por ineptos a los que no piensan como uno, Elon Musk nos dejaba esta reflexióndespués de comprar la red social del pajarito: “Espero que hasta mis peores críticos permanezcan en Twitter, porque eso es lo que significa la libertad de expresión.”

En abstracto y de boquilla resulta sencillo afirmar aquello de “no estoy de acuerdo con lo que dice, pero defenderé con mi vida su derecho a decirlo”, frase que normalmente se atribuye a Voltaire pero que, por lo visto, pertenece al filósofo Helvecio. La obra que sí cabe atribuirle a Voltaire es Cándido, en ella parodia a Leibniz por defender que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Quizá debería haber incluido en su caricatura a todos aquellos que se creen fieles devotos de la famosa sentencia que normalmente se le atribuye.

Porque sí, en el fondo la libertad de pensamiento, de expresión y de voto nos resultan, aunque nos cueste reconocerlo, contraintuitivas. Es fácil discrepar pacíficamente sobre quién revolucionó profundamente la música del siglo XX -el jazz o los Beatles, no barajen otra alternativa- o qué tipo de ingrediente -carne o pescado- hace la paella más sublime (ni se planteen la mezcla, no me sean herejes). Ahora bien, cuando se trata de decidir qué leyes nos gobernarán, qué tipo de educación se impartirá a nuestros hijos y, sobre todo, en qué se irá el dinerete que entregamos a Hacienda, ahí ya cambian las cosas.

Hemos querido conjurar los totalitarismos con el fantasma del pensamiento débil y líquido, creyendo ingenuamente que el peligro radicaba en la consistencia de las propias ideas

En Occidente llegamos a la idea -y puesta en práctica real- de la democracia liberal anteayer y aún hoy arrastramos la sombra de los actos fallidos que representaron los totalitarismos. Hemos querido conjurar estos últimos con el fantasma del pensamiento débil y líquido, creyendo ingenuamente que el peligro radicaba en la consistencia de las propias ideas, cuando lo problemático merodea por otros lares.

Nuestras creencias nos parecen fuertes siempre o, al menos, cabales. Esto es inevitable, e incluso necesario para la vida práctica. ¿Qué sentido tendría votar a Le Pen y después alegrarse con la victoria de Macron? ¿Quién regala su papeleta a Feijóo y después celebra que Sánchez revalide su mandato? Se vote a quien se vote, lo racional es pensar que depositamos nuestra confianza en la mejor opción, o la que menos nos deprime. ¿Qué tipo de escenario tan lamentable y decadente produce un votante al que lo mismo le da uno que veintiuno? Tan malo es el fanatismo ideológico como un alto grado de abstencionismo político. Así pues, pensar que los demás se equivocan al votar no es malo en sí mismo. Los problemas vienen cuando olvidamos que el “votáis mal” precisa de unas matizaciones que evitan que el sistema reviente, aparentemente ahogado en su propio éxito.

¿Cómo creen que hemos llegado al tipo de sociedad que tenemos si no es por una sucesiva y constante acumulación de aciertos y errores colectivos? 

Una de ellas consiste en asumir la falibilidad de los criterios y asunciones que cada uno tenemos a la hora de elegir gobernantes. La segunda matización es algo de lo que es consciente cualquiera que no sea un eremita: ni nuestra santa voluntad ni nuestros puntos de vista individuales son ni pueden ser ley. Desde estos dos matices el concepto “qué mal votan los demás” se coloca en un contexto cabal, pues nos recuerdan que el todo no es simplemente la suma de las partes, y que ese todo se nutre precisamente de la suma de contradicciones y correcciones mutuas que acaba trayendo la “inteligencia colectiva”, por decirlo de alguna manera. De este último concepto me dirán muchos lectores que es un oxímoron, una contradicción flagrante, pero ¿cómo creen que hemos llegado al tipo de sociedad que tenemos si no es por una sucesiva y constante acumulación de aciertos y errores colectivos? A base de confiar en quienes prometen paraísos en la tierra ya les digo yo que no.

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