Lo que pasa verdaderamente

Las cosas no dejan de suceder porque nos neguemos a verlas. En España pasan muchas cosas, pero verdaderamente una. Camina hacia su final la peor legislatura democrática. No es fácil soportar tanta bajeza y tanta mentira.

Si alguien atendiera a lo que ofrecen la inmensa mayoría de los medios de comunicación podría conocer mucho de lo que sucede en España. Entre otras cosas, que la inflación es muy elevada, que el paro es insoportable, que la energía y los combustibles se encarece día a día y que el Gobierno es incapaz de superar la crisis. Pero también creería que es un mal general y que la culpa es de la guerra de Ucrania. Quizá también podría saber que las relaciones entre el Gobierno y la oposición son pésimas, pero distribuiría las culpas a partes iguales o incluso pensaría que es la oposición la responsable. Si se fija con atención, percibiría que el Gobierno se encuentra dividido y que lo forma una coalición populista de socialistas y neocomunistas, apoyados por nacionalistas y separatistas. Incluso en un alarde de sagacidad, atisbaría en el presidente del Gobierno unas ansias ilimitadas de poder.

Todo esto nos pasa, pero no es verdaderamente lo que nos pasa. Esto tiende a ocultarse No es solo la existencia de un puro poder arbitrario que solo busca perpetuarse. Existe un proyecto, de naturaleza totalitaria, que persigue la destrucción de los principios y valores clásicos que han forjado la realidad histórica de España y, muy especialmente, de la religión católica. Unas leyes ya han sido aprobadas. Otras están en curso. Entre ellas, las leyes de eutanasia, aborto, memoria histórica, memoria democrática, «trans», secretos oficiales… Se trata de imponer a toda la sociedad la ideología de una parte de ella. Pero la misión del Gobierno no es conformar las conciencias ni adoctrinar a los ciudadanos. Como afirmó Michael Oakeshott, su misión es más bien la de un árbitro que aplica a todos las reglas del juego. Y si se convierte en jugador es seguro que terminará por hacer trampas. Un Gobierno democrático no puede decidir sobre asuntos de ciencia, moral, religión, historia o arte. Su misión consiste en la búsqueda de soluciones justas para los conflictos sociales. Algunos gobernantes aspiran a convertirse en sacerdotes de una nueva «religión política». Naturalmente, es una vía que conduce, más o menos rápido, pero de manera inexorable hacia la tiranía.

Tocqueville advirtió de que el despotismo constituye el mayor peligro en los tiempos democráticos. Si este despotismo democrático llegara a instaurarse, tendría otras características que el antiguo. Sería «más amplio y más benigno y degradaría a los hombres sin atormentarlos». Dejaría libres los cuerpos para apoderarse de las conciencias.

Esto es lo que no se quiere ver No estamos gobernados por una izquierda normal en Europa. En ningún otro país existe un gobierno de Frente Popular apoyado por separatistas. En ningún otro país gestionan la libertad los enemigos de la libertad. En ningún otro gobiernan los enemigos de la Nación. Esto constituye una grave patología. Pero la política nunca es lo fundamental. Se trata siempre de un orden superficial de la vida de las sociedades. Si una crisis es solo política, nunca será muy grave. Todo esto no sería posible si no existiera previamente una grave crisis que afecta a las profundidades de la vida social española. Y como toda crisis profunda posee naturaleza moral. Cuando se pierde la concordia política es que antes se ha destruido la concordia nacional. ¿Existe entre nosotros un gran proyecto nacional? Si España ve amenazada su unidad y se desangra, es que la respuesta es negativa.

Esto es lo que verdaderamente nos pasa. La solución sólo puede proceder del éxito de un proyecto educativo lento y difícil que no puede dirigir el Gobierno, sino las minorías ejemplares: la reforma intelectual y moral, es decir, espiritual.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí